Si en cada gesto no hay amor…

Nos gusta que nos aplaudan, que reconozcan nuestro trabajo, que alaben nuestros escritos y nuestros comentarios, que encomien nuestros gestos, que elogien nuestros esfuerzos… Buscamos hacer cosas que llamen la atención para que ensalcen nuestro ego, incluso en el campo espiritual y de trabajo en la Iglesia. Lo que hacemos no tiene valor si en cada gesto no hay amor, si cada una de nuestra acciones no está impregnada de un sentido sobrenatural.
¿Cuesta verdad? ¡Cuántas veces he hecho yo las cosas buscando el aplauso de los demás! ¡Cuantas veces me ha sido imposible aparcar mi yo para revestirme con el oropel de la vanidad! En la vida uno va a aprendiendo —asimilando, sería más exacto— que hay que dejar de lado todo lo accesorio para centrarse en aquello que es esencial: cada gesto, cada mirada, cada palabra… se ha de convertir en el momento más hermoso de mi vida. Es la manera de amar y dar amor, de sonreír y dar alegría, de testimoniar y ser ejemplo de coherencia cristiana. El camino de la santidad cristiana pasa, por encima de todo, en la capacidad de amar y de irradiar amor. No nos damos cuenta pero esa llamada que hemos atendido con amor, es oración; ese asiento que hemos cedido en el metro, es oración; esa conversación con el pesado de turno, llevada con amor, es oración; ese plato que preparo con alegría, es oración; esa ropa que plancho sin quejarme, es oración; ese embotellamiento que soporto sin malhumor, es oración… Cuando uno trabaja también está orando porque en ese momento uno está haciendo una ofrenda a Dios de si mismo. Es la santidad a través de los pequeños ofrecimientos cotidianos. Es la ocasión, sin grandes hazañas y hechos heroicos, de demostrar a los demás a través de nosotros el rostro bondadoso y afable de Dios.
Amar es el mejor acto de caridad que puede ofrecer el hombre. No reservarse nada para sí, darlo para Dios, en esa entrega cotidiana a través del servicio a los demás.

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¡Señor, que mi vida pueda estar jalonada de pequeños gestos realizados con amor verdadero! ¡Que todos mis actos tengan como principio mi amor a Ti! ¡Que cada minuto de mi vida sea una oportunidad para darme a Ti, para ser tuyo, para ser santo en las dificultades de mi día a día! ¡Espíritu Santo, ayúdame a vivir de manera heroica lo ordinario de mi vida! ¡Fácilitame el camino para que cualquier cosa que haga en mi vida se transforme en una ofrenda a Dios! ¡Ayúdame a vivir la Eucaristía diaria como si fuera la última y la única de mi vida para entregarme a Jesús, poner mi corazón sobre al altar y entregar mi vida, mis cosas y de todas las personas que me rodean, a mis amigos y los que me quieren mal! ¡Espíritu Santo, dame el don de la piedad, para convertir mi vida de oración, mi vida profesional, mi vida familiar y mi vida de apostolado en una unidad! ¡María, Señora del amor hermoso, ayúdame a ver en cada persona con la que me cruzo un hermano de Tu Hijo, ayúdame aunque me cueste a tratarlo con afecto y respeto, a ponerme a su pies y ayudarle! ¡Señor, quiero ser santo y cuánto me cuesta vaciarme del orgullo y la vanidad, qué difícil me resulta desprenderme de mi yo! ¡Cógeme de tu mano, Señor, para ir siempre unido a Ti!

Merece la pena deleitarse con este Credo cantado por un coro gregoriano. Llena el alma y reconforta el espíritu. Disfrutadlo, es oración a través del canto:

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