¡Que te alabe por siempre, Señor!

Acudimos a Dios de manera recurrente para pedir —¡incluso exigir!— que solvente esa situación difícil que nos amarga la vida. ¿Pero cuantas veces damos gracias a Dios alabando las obras que ha hecho Él por nosotros?
La oración de alabanza a Dios surge de la profundidad de la fe, de la confianza ciega en la providencia divina, de la verdadera alegría, de la esperanza en ese Cristo que nos acompaña en cada acontecimiento —positivo o negativo— de nuestra vida. Hemos nacido para alabar, para dar gracias por todo porque en Dios vivimos y Él acepta que surjan en nuestra vida situaciones difíciles e, incluso, traumáticas que forman parte del plan amoroso que tiene pensado para cada uno. Aceptarlo y creerlo exige mucha oración y humildad. Es necesario profundizarlo en la oración, ponerlo diariamente ante el altar durante la Eucaristía, sentirlo en el corazón, vivificarlo en la esperanza y, sobre, interiorizarlo espiritualmente.
Dios habita en cada uno de nosotros. En lo más profundo de nuestro corazón. Llama a la puerta de nuestra vida cada día, cada hora, cada minuto. Sólo nos pide que le prestemos atención, que le hablemos, que le sintamos, que le amemos, que le alabemos. Y que lo hagamos con la seguridad de un hijo pequeño con su padre, con la intimidad de un amigo, con la confianza de un aliado fiel. Dios nos invita a entrar en Su Presencia, a penetrar en el plan maravilloso de su providencia. Por eso la alabanza implica aceptar todo lo que nos sucede —precariedad económica o laboral, una desgracia, una situación compleja, una enfermedad, una separación…— como parte de ese plan de Dios en nuestro caminar cotidiano. Pero sin agradecimiento a Dios la alabanza no es posible porque ésta es gratitud, es desinterés, es gozo y alegría.
En el silencio de mi oración me gusta recitar con frecuencia los salmos 34, 103, 138 y 150, bellos poemas e himnos de alabanza y adoración que me acercan a ese Dios todopoderoso, bondadoso y santo que ama la justicia y está lleno de misericordia con este hijo suyo que nada es y que tanto se cree.
Y alabamos a Dios porque Él ama la alabanza; porque como Señor de señores, merece nuestra adoración; porque Dios demanda que le adoremos y le rindamos honores; porque somos criaturas creadas por Él y toda criatura debe dar alabanza a su creador; porque cada vez que le alabamos nuestro corazón se llena de Él; porque cada alabanza es una bendición para nuestra vida; porque robustece nuestra esperanza y evitamos que se seque nuestra fe; porque con la alabanza destruimos a Satanás que no soporta que alabemos a Dios y quiere apartarnos de Él; y porque nuestra principal ocupación en el cielo será adorar junto a los ángeles y a los santos a ese Dios sentado en el trono y al cordero sentado a su diestra.
Por eso cuando alabamos al Señor, sintiendo su cercanía paternal, hemos de desprendernos de nuestro yo, de nuestros egos, de esas máscaras que sólo cubren nuestra miseria, olvidarse de nosotros mismos, dejando de lado nuestros problemas e intereses para centrar la mirada en Dios. Contemplándole a Él, desde lo más profundo de nuestro ser, es cuando surge esa mirada de amor, esa alabanza sincera, ese dar gracias de corazón, esa admiración por su increíble generosidad y misericordia.
Hoy te invito a levantar la mirada al cielo, entrar por sus puertas con acción de gracias y por sus atrios con alabanza y ponerse ante la presencia de Dios y alabar a ese Padre que se sienta en el trono y que merece todo honor, toda gloria y todo poder. ¡Hoy te invito a saciar tu sed de Dios para que tu copa rebose de una profunda alegría!

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¡Dios, Padre Todopoderoso! ¡Te alabo y te bendigo y doy gracias por todo lo que has hecho en mi vida! ¡No te pido que quites de mi vida los obstáculos sino que me des fortaleza para superarlos! ¡Te alabo, Señor, porque recorriendo los acontecimientos de mi vida observo tu mano providente, tu amor y tu misericordia! ¡Y te doy gracias, porque nos has regalado a Jesús, mi salvador, mi hermano, mi amigo, mi redentor! ¡Bendito seas, Padre de bondad, porque soy tu siervo, porque Tu me has elegido y porque en tu infinita misericordia te has inclinado sobre mi miseria muriendo en la Cruz! ¡Tu eres santo, Señor, Dios mío, y haces maravillas y te doy gracias porque Tu eres el altísimo, el rey del cielo y de la tierra! ¡Tu eres el bien, Señor, todo el bien, el sumo bien, Señor Dios vivo y verdadero! ¡Tu eres mi esperanza, mi alegría, mi riqueza, mi quietud, mi gozo, Señor, porque eres caridad, amor, sabiduría y deleite! ¡A ti, Padre, mi alabanza por siempre! ¡Y te alabo y te bendigo por mi mujer, por mis hijos, por mi familia, por mis amigos, por los sacerdotes y consagradas, por mis hermanos en la fe, por habernos dado a tu Madre, por la Iglesia santa, por el trabajo, por mis cualidades y mis defectos, por mis fracasos y mis éxitos! ¡Por todo ello, bendito seas Señor! ¡Quiero, Padre bueno, abandonarme siempre a tu voluntad, experimentar la unidad, compartir siempre el pan y el vino con aquellos que he dañado o que me han dañado a mi! ¡Quiero, Padre de bondad, ser un verdadero discípulo de Jesús, y expandir tu Palabra, y exaltar tu nombre y promover el gozo de vivir junto a Ti y hacerlo con mi testimonio cristiano, humilde y sencillo, coherente y dócil a tu voluntad! ¡Ayúdame, Señor! ¡Mi alabanza a Ti, Padre, porque obras maravillas! ¡Y eres paciencia y humildad, y eres paz y alegría, y eres belleza y templanza! ¡Bendito seas, mi Señor, Dios mío, porque tu amor por mi es infinito! ¡Tu me haces feliz, mi Señor! ¡Bendito y alabado seas por siempre! ¡Gracias, Señor, gracias por tu amor, por la fe que me permite vislumbrar lo invisible, creer en lo increíble y abrazar lo imposible! ¡Lo que Tu quieras, Dios mío, cuando Tu quieras y como Tu quieras!

Y alabándote, te adoramos cantando:

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