¡No puedes permitirte la tristeza!

«¡Estoy triste!». ¡Esto no lo puede decir nunca un cristiano! La tristeza es el hacha de la fe, la sierra que corta toda confianza. La tristeza es la exaltación del amor propio en el corazón del ser humano. Sí, tenemos derecho a estar tristes por la pérdida de un ser querido, por las dificultades del día a día, por los agobios económicos, por la pérdida de algo valioso, por la infidelidad… Pero en toda actitud de tristeza la fe queda paralizada. El cristiano, cuyo signo es la alegría, no puede quedarse derrumbado desde el punto de vista espiritual porque entonces estamos diciéndole a Dios que no confiamos en él provocándole un dolor profundo.
Ese cuarto oscuro del alma que es la tristeza es impedimiento para nuestro crecimiento espiritual. Hemos de luchar denodadamente por aceptar nuestras caídas, los fracasos del día a día, las derrotas que nos presenta la vida, las pérdidas incluso insignificantes que barruntan nuestro camino. Todo ello es una vacuna contra el amor propio. Es la mejor manera de dirigir nuestra mirada a Cristo. Lo que se mira a la luz de la fe no puede provocar tristeza fundamentalmente porque el Señor nos acepta tal y como somos, con nuestras virtudes y defectos, con nuestras debilidades e imperfecciones. Él se ocupa de llenar el vacío con lo que nosotros no alcanzamos.
La tristeza puede acabar convirtiéndose en un vicio si uno no es capaz de aceptarse tal como es y detestar el mal que lleva dentro y el sufrimiento que le envuelve. Nadie puede aceptar en su vida la imperfección, lo debe hacer es a través de ella tratar de ser más sencillo, más humilde y tener más confianza en la obra que Dios ejerce en su vida.
Toda caída, cualquier tipo de tropiezo, puede fortalecer nuestra vida si va acompañada de un verdadero arrepentimiento. Es una oportunidad para crecer espiritualmente, para ser más humilde. Es la ocasión propicia para manifiestar la verdadera confianza en Cristo, que transforma el mal en bien y entender que Él espera de nosotros una contricción sincera para darnos su perdón y su misericordia.

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¡Señor, que mis caídas no sean motivo para entristecerme sino para crecer espiritual y humanamente! ¡Que tu misericordia, Señor, caiga sobre mi en cada una de mis constantes caídas! ¡Hazme ver siempre mi gran debilidad, Señor, y los provechos que puedo sacar de ella! ¡Señor, gracias por mis imperfecciones porque así entiendo que necesito de tu gran misericordia para crecer cada día! ¡Señor, ya sé que mis obras y mis pecados no te complacen pero acógeme entre tus brazos que soy una oveja pecadora, frágil y reincidente de tu rebaño! ¡Dame, Espíritu Santo, el don de la humildad para reconocer mi debilidad y mi pecado! ¡María, a Ti que Dios puso en tu corazón la morada del Espíritu Santo, intercede para que yo me convierta en un templo digno para recibir cada día a Tu Hijo! ¡María, Señora de la alegría, Tu que cantas siempre la bondad de Dios, te pido que un poco de tu alegría llene de luz mi corazón en el encuentro cotidiano con mi familia, mis amigos y mi entorno profesional! ¡Que aprenda de Ti, María, el don de la alegría, para caminar cada día con un corazón bendencido pese al sufrimiento y al dolor! ¡Sagrado corazón de Jesús, en vos confío!

El Salterio genovés es una colección de salmos métricos fechada en el siglo XVI. Os presento esta bella instrumentación del salmo 33, uno de los poemas de alabanza al buen Dios:

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