¡No te avergüences de mi, Señor!

Cada día al abrir los ojos es la oportunidad magnífica para dar gracias a Dios por el nuevo día. Alabarle por el don de la vida que nos regala. Bendecirle por esa bondad infinita. Adorarle por todo lo que nos ofrece lo bueno y lo malo —que es negativo a los ojos que no tienen una mirada de Cruz—. Es tiempo también para pedir perdón y proponerse mejorar lo que ayer hicimos mal.
Cada día es una llamada a la santidad personal. La oportunidad de ser mejores, más comprometidos, más llenos del Espíritu Santo. La ocasión para vivir en la confianza, en la esperanza y en la fe.
Y de suplicarle al Señor: «¡No te avergüences de mi, Señor!». No te avergüences de mi falta de autenticidad y compromiso. No te avergüences de mi falta de amor y misericordia. No te avergüences para la cantidad de veces que me he comprometido a serte fiel y te he fallado estrepitosamente. No te avergüences por mis promesas incumplidas. Por mis buenas intenciones rotas por la comodidad del día a día, por mi egoísmo y mi soberbia. No te avergüences porque mi «sí» siempre tiene algún pero y muchas condiciones.
Aspiro a la santidad pero estoy a años luz de lograrla. Por eso, estoy convencido de que el Señor, en su misericordia infinita, no se avergüenza de ningún pecador que asume su derrota para levantarse con la mirada puesta en la verdad de su vida. Que aspira a una santidad en su vida cotidiana. Pero no hay que olvidar que es Dios a través del Espíritu Santo quien sopla en nosotros para hacernos santos. Y es Cristo, en su bondad infinita, el que a través de su Sagrado Corazón anhela Su Santidad conmigo.
Por eso no basta con abrir los ojos y dar gracias, y alabar, y bendecir y adorar al Señor al levantarse. La santidad va acompañada acción y contemplación. Y la contemplación surge de la oración humilde y confiada. Confiar en Cristo, explicarle todos los anhelos e ilusiones, las tristezas y frustraciones, los problemas y las alegrías, las desviaciones del camino y los atajos de la virtud. Confiar en Jesús es entregarle toda la vida, es abrirle el corazón para confiarle la verdad de nuestra vida.
Por eso no basta con abrir los ojos y dar gracias, y alabar, y bendecir y adorar al Señor al levantarse. Es necesario dejar entrar a Jesús en nuestro corazón de piedra y ser serviciales con los demás, dar amor gratuito, vivir la caridad sin contrapartidas, dejar el poso de la palabra amable, la belleza de la sonrisa sincera, el reflejo de la mirada cariñosa, el abrazo de la fidelidad verdadera.
Por eso no basta con abrir los ojos y dar gracias, y alabar, y bendecir y adorar al Señor al levantarse. Es necesario dejarse llenar por el Espíritu Santo. Dejar que fluya el Espíritu en nuestra alma. Dejar que el Espíritu de Dios hable a través de mí, actúe a través de mí, piense a través de mí, ame a través de mí.
Por eso no basta con abrir los ojos y dar gracias, y alabar, y bendecir y adorar al Señor al levantarse. Se requiere dejarse iluminar por la luz de Dios. Esa luz transparente, viva, bella, que alumbra todo cuanto hacemos y todo lo que nos rodea. Esa luz que permite vislumbrar la figura de Cristo, Él que es la luz del mundo, el que le sigue no anda en tinieblas sino que tiene la luz de la vida.
Por eso le pido al Señor que no se avergüence de mí. Que hoy, y mañana y pasado sea capaz de abrir la puerta de mi corazón, acogerle a Él y a los demás, dejar que el viento del Espíritu esparza su gracia, elimine el polvo de mi pecado y deje entrar la gracia de Dios.
¡Es un anhelo hermoso, ya lo sé, Señor! Pero si mañana me olvido de todo lo que hoy te digo: ¡No te avergüences de mí, Señor, porque soy débil y tiendo a desfallecer!

la misericordia de dios hacia los gentiles

¡Gracias Dios mío por este nuevo día que me regalas! ¡Tu que eres misericordioso y omnipotente, Señor, abre mis ojos de ciego y permite que descubra todo aquello que hago mal para mejorar cada día! ¡Espíritu Santo, abre mi corazón al bien, a la sinceridad, para convertirme al Señor con verdadera devoción! ¡Restaura cada día en mi corazón el amor y la fidelidad a Jesús! ¡Y cuando falle, no te avergüences de mí! ¡Mi anhelo es la santidad, Señor, por eso te pido que siga tus huellas para aprender cada día más de Ti! ¡Que no pase ni un minuto de mi vida sin pensar en Ti, en darte gracias, en alabarte y en bendecirte! ¡Y cuando esté cansado, agotado, triste, desalentado, agobiado o menesteroso de tu misericordia, cuando mi egoísmo y mi soberbia me ahoguen, cuando mis desánimos me mortifiquen, toma mi pobre corazón y restaúralo con tu infinita misericordia! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío!

Del compositor inglés Wauhgham Williams os propongo esta obra coral de sus Cinco canciones místicas, la hermosa Let all the world in every corner sing:

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