«¡No digas nada, no vayas a ponerte en evidencia!»

¿Cómo reaccionas cuando te insultan en la cara? ¿O mentan a tu madre comparándola con una profesional del oficio más antiguo del mundo? ¿O faltan el respeto a tu mujer, a tu marido, a tus hijos o alguien de tu familia o de tu círculo íntimo? ¿Callas? ¿Miras hacia otro lado?
Y entonces, ¿por qué no levantar la voz cuando critican a la Iglesia o a significados miembros de nuestra comunidad, nuestros hermanos? Lo más fácil, lo más valiente, es el silencio. Pasar sin que a uno le salpique. ¿Cuántas veces has pensado o nos han recomendado: «¡No digas nada, no vayas a ponerte en evidencia!» o «¡Mejor callarse, no vayas a significarte!»? Y, entonces, salimos por peteneras. Y cambiamos de tema, puestos a cubierto con parlamentos que no nos comprometen. Somos miedosos del qué dirán, del que nos señalen. Es la cobardía del que no se compromete, del que prefiere no ser señalado como discípulo de la verdad. En el alma del cristiano no cabe la cobardía, ni lo pusilánime, ni el miedo, ni la abulia.
A pesar de que los tiempos no corren a favor en estas sociedades desacralizadas los cristianos somos el alma del mundo. Somos centinelas del mañana. Somos portavoces del camino, la verdad y la vida. No podemos permitir que nuestra voz quede aplacada, silenciada. Por cada boca cristiana que enmudece surgirán cientos de voceros que clamen contra Dios.
El Señor me —nos— pide que levante la voz en favor de su reino a fin de que se establezca la justicia, que prime el amor, que se hagan presentes las bienaventuranzas. El Señor no quiere que me avergüence de mi condición de cristiano. Que no tenga miedo a proclamar mi fe. Que no tema vivir en busca de la santidad porque todos estamos llamados a ser santos en la familia, en el seno de la Iglesia, en el trabajo, en la universidad, en la vida social, en soledad o en compañía. El Señor quiere que seamos luces en medio de la oscuridad, esperanza en las tinieblas. Que no nos neguemos a ser sal de la tierra para dar verdadero sabor a la vida. Que no nos agobie el marcar la diferencia. Que el crucifijo sea la señal que nos identifique, sin miedo a mostrarlo.
Sólo respetando a Cristo, comprometidos con Cristo, nos respetarán también como hombres y como cristianos. Esto, y con un testimonio de coherencia cristiana. Con una fe firme y decidida. Con una oración humilde y sincera. Con la alegría propia del cristiano.
No podemos convertirnos en meros espectadores de la realidad de nuestro mundo. El cristianismo es compromiso y sacrificio. Nadie actuará por nosotros mismos. No vale seguir a Jesús cuando todo es fácil. Si cuando Cristo asumió su compromiso de salvar el mundo hubiera renunciado a Su misión hoy no estaríamos nosotros aquí, bautizados por la gracia del Espíritu Santo.
Ser cristiano es más que ser discípulo de Cristo, es más que disfrutar de las bendiciones de Dios, es también padecer como Él padeció, es llevar en el cuerpo las marcas de Jesús.
El laico de hoy debe responder con gallardía a los desafíos de este mundo. Sin nuestra acción, sin nuestro compromiso Dios tiene las manos atadas. Dios necesita de nuestro esfuerzo, de nuestra libertad, de nuestra oración, de nuestra acción y nuestro compromiso. Quiere que saquemos nuestro orgullo de ser cristianos, que alcemos la voz en nuestros ambientes, que saquemos pecho por ser lo que somos como cuando proclamamos a los cuatro vientos que somos de ese o aquel equipo.
La Iglesia Católica, la Iglesia que Dios ha creado, la integramos todos los bautizados. Es nuestro santo y seña. ¿Vamos a renunciar a defenderla por el qué dirán o quedar en entredicho?

poisson-croix

¡Señor, ayúdame a ser valiente al anunciar el Evangelio y ser un verdadero granito de mostaza que de frutos abundantes! ¡A dejar atrás mi pereza espiritual, mi tibieza, mi pereza y mi indiferencia, para ser un verdadero apóstol tuyo! ¡Te entrego mi corazón para que lo fortalezcas, lo transformes y lo vigorices para no tener miedo a llevar a cabo mi labor misión de evangelización! ¡Espíritu Santo dame la fortaleza, el don de piedad, de sabiduría y de inteligencia para ser consciente de los desafíos que cercenan mi conciencia y mi responsabilidad! ¡Espíritu de bondad, ayúdame a vivir en plenitud y pasión mi vocación de cristiano! ¡Que nunca diga no a las cosas de Dios! ¡María, Madre de la gracia, enséñame a servir a la Iglesia y a la sociedad sin anteponer mis gustos y mis caprichos personales sino los designios de Dios! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío!

Del maestro de capilla catalán Joan Paul Pujol, que trabajó como músico en la catedral de Barcelona, te ofrezco en este domingo el himno Sacris Solemniis con textos de santo Tomás de Aquino.

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