¡A Jesús por María!

Tercer sábado de junio con María en nuestro corazón. Movidos por los recuerdos de Nuestra Señora comenzamos con ilusión y esperanza este sábado. Me decía un amigo que siente un amor tan profundo por la Madre de Dios que toda su espiritualidad gira en torno a Ella; el amor a María, la madre de Nuestro Señor, hemos de intentar mantenerlo siempre libre de los excesos y las exageraciones.
El verdadero devoto de la Virgen no es aquel que colecciona más prácticas, más palabras, más oraciones, más devociones sino el que se preocupa de darle a través suyo mayor gloria a Dios y no a Ella. Siguiendo, simplemente, el ejemplo de la Virgen como cuando declaró con estas bellas palabras: «Mi alma glorifica al Señor mi Dios, goza mi Espíritu en Dios mi Salvador».
Es verdad que la Iglesia puso a María, a la muerte de Cristo, en un lugar elevado, muy próximo a nosotros. El corazón nos permite felicitar con gozo a la Madre de Dios que es bienaventurada de todas las generaciones. Pero la devoción a María nos ha de llevar a fortalecer nuestra fe, a profundizar nuestra responsabilidad como cristianos, a acoger nuestra vocación de hijos de Dios, a buscar la faz de Dios en nuestra vida.
La Virgen en su pequeñez, en su sencillez, en su humildad, en su generosidad nos muestra como la fe nos hace solidarios con la acción de Dios. Gracias a María, medianera de todas las gracias, podemos conocer la inmensa misericordia que Dios siente por cada uno de nosotros, con nuestros faltas y pecados, con nuestras virtudes y capacidades. Gracias a María, siguiendo su ejemplo de total disposición a la voluntad del Padre, podemos expulsar de nuestro corazón la altivez, la soberbia, el egoísmo, la vanidad, el endiosamiento… Gracias a María, ejemplo de entrega amorosa, podemos extender nuestros brazos para acoger a los que sufren, a los desconsolados, a los tristes, a los que están solos. Gracias a la mirada de María podemos mirar con amor, esperanza y misericordia a los que nos rodean.
La verdadera devoción a la Madre, acomodadora de misericordia, perdón y gracia, es la fidelidad al Padre, procede de esa fe auténtica y verdadera que reconoce la excelencia de María movida por este amor filial y maternal que Ella representa. Un amor auténtico permite amar lo que el otro ama. En definitiva, es a través del amor a María como uno puede llegar al amor a Cristo, ya que Él es el verdadero centro de nuestra vida. ¡A Jesús por María!

Sacrados Coarzond

¡María, Madre de Dios y Madre nuestra, eres toda belleza! ¡Que seas siempre me espejo, Señora! ¡Renueva en mi el deseo de ser santo, que en cada una de mis palabras resplandezca siempre la verdad, el deseo de hacer el bien, la generosidad, que cada una de mis obras sea un canto a la caridad y la autenticidad, que en mi cuerpo y en mi corazón sólo quepa la pureza, que mi vida sea un reflejo del esplendor del Evangelio! ¡Ayúdame, Madre, a estar siempre atento a la llamada de Tu Hijo, a escuchar la voz del Padre, a estar muy atento a las necesidades de las personas que me rodean, a atender con generosidad al sufrimiento de los enfermos y los necesitados, que no me distraiga ante la llamada del oprimido y no sea indiferente a la soledad de los que pasan por mi lado! ¡María, Madre de Dios y Madre nuestra, eres toda belleza! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío!

Del compositor español Francisco Guerrero escuchamos en este sábado su breve Tota pulchra es María:

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