El apego a la vanagloria

r¡Retuiteamos con avidez. Aspiramos por los me gustas de Facebook. Subimos fotografías en Instagram para dejar constancia de lo que hacemos… Las redes sociales son una escuela de egos que alimentan nuestra vanidad. Esperamos que nuestras experiencias personales sean aplaudidas. Que reconozcan nuestros éxitos personales y profesionales. ¡Qué difícil es librarme de no tener siempre la razón! ¡De ser mejor que los demás! ¡De lanzarme a buscar siempre el tener más! ¡De agriar mi carácter por esa necesidad de saciar mi vanidad! ¡O por dedicar tanto tiempo y energía para ganar la fama ante los demás!
Buscar la excelencia personal no es en sí algo negativo. Pero si nadie se enterase, ¿actuaríamos de igual modo?
Enfrentarse al espíritu de la vanagloria es una de las luchas que pasan desapercibidas por la sutilidad con la que se introduce en nuestro corazón. Pasión difícil de reconocer porque es esa forma de soberbia que busca la gloria vana pero llevada a un grado muy superficial, en esa línea tan fina de aparentar lo que no en realidad no se es, en esperar alcanzar los bienes que no se poseen, en asentarse en la dinámica de los actos desviados. Se nos advierte siempre que no hagamos las cosas por egoísmo o vanidad sino con humildad, considerándonos inferiores a los demás. Ni el más sencillo ha dejado nunca de ser tentado por esta actitud que afecta a tantos principios de nuestra vida, en esa necesidad tan humana de recoger aplausos y buscar recompensas mundanas.
Las acometidas de las otras pasiones son más visibles y manifiestas y eso permite enfrentarse a ellas con mayor facilidad porque el alma es consciente de que tiene en frente a un adversario y puede rechazarla con oración, perseverancia y la acción del Espíritu. Sin embargo, por la multiplicidad de formas con que se inocula el veneno de la vanagloria la batalla para derrotarla es siempre más compleja y complicada.
Nos vanagloriamos de nuestro trabajo, de nuestros éxitos, de nuestro apostolado, de nuestra belleza, de nuestras propiedades, de nuestro porte, de nuestro conocimiento, de nuestro yo, de nuestras obras, de nuestros ayunos, de nuestras virtudes, de nuestra oración… Somos tan estupendos que pensamos que todos centran su mirada en nuestro yo. El demonio es tan sibilino que trata de confundir y embrollar nuestros pasos y decisiones en la maraña de la vanagloria.
Así, la vanagloria es como la comida basura que llena nuestro estómago pero lo destruye por dentro. En términos de virtud alimenta nuestra alma pero la empobrece espiritualmente.
Derrotar la vanagloria exige una lucha continúa para erradicar de nuestra vida las cosas vanas que nos llenan, las cosas falsas que nos desvían, las cosas poco sólidas que nos debilitan, las cosas aparentes que potencian nuestra soberbia. Actuar con sencillez de corazón para no destruir el mérito de nuestras acciones. No complacerse en las cosas bien hechas sino ponerlas como agradecimiento de la bondad de Dios. Buscar sólo la merced que procede del Padre. Dejar que sea Él quien conozca nuestros motivos y predisposiciones, porque en definitiva es sólo Dios el testigo de la verdad de nuestros actos… La clave estriba en estar siempre atentos, evitando el naufragio de nuestro yo cuando las alabanzas y recompensas terrenales nos hacen perder de vista lo que realmente importa y nuestra vida parece estar hecha solo para aparentar.
Una vida sin vanagloria es una vida centrada interiormente en el Señor, con una oración humilde y de corazón centrada en un diálogo sincero con Él, unas obras de misericordia amparadas en la realidad del Evangelio y no en el aplauso del teatro del mundo, hacer las cosas para que sólo Dios lo vea pues a nadie más importa. Y, sobre todo, experimentar a Dios en nuestra cotidianeidad. Para que nuestro espíritu crezca para Dios.
Quien tiene un encuentro con el Señor no necesita del envanecimiento ante sus semejantes porque de su corazón desaparece el anhelo de la gloria humana y del deseo de convertirse en alguien importante ante los hombres. Ahí está la verdadera satisfacción: alcanzar la gloria a los ojos de Dios.

caravagio

¡Señor, me glorío en Ti y te declaro mi salvador y mi redentor! ¡Sin ti, Señor, no hay vida eterna! ¡Señor, el mundo está infectado por el pecado de la vanidad y la vanagloria que tanto nos aleja de Ti pues pensamos que no te necesitamos para nuestras cosas! ¡Ayúdame, Señor, a ser menos orgulloso, menos prepotente, menos autosuficiente, menos vanidoso! ¡Ayúdame, Señor, a permanecer siempre orante para vivir conforme a tu Palabra y tu ejemplo, para buscar el camino de la santidad! ¡Espíritu Santo, espíritu omnipotente, lléname del don de Temor de Dios para no dejarme llevar por la tentación de la soberbia y para librarme del orgullo, la vanidad, la ambición y la presunción! ¡Ayúdame Espíritu Santo a conocerme de verdad, a compadecerme de mi pequeñez! ¡Líbrame, Señor, de cualquier alabanza sobre mi mismo y saca a la luz todo mi pecado para que sea capaz de verlo claramente y sepa vivir no por recibir el favor de los demás sino tu perdón y misericordia! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío!

Lobe den Herrn, meine Seele, BWV 143 (Alaba, alma mía, al Señor) es el título de esta cantata de J. S. Bach que disfrutamos en este inicio de semana:

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