«¡Esta vida es un asco!»

Alguien al que aprecias se sienta contigo a tomar un café, o a disfrutar de un frugal ágape a mediodía o te lo encuentras al salir de la oficina. Y entre conversación y conversación, tratando de solucionar el mundo, compartiendo experiencias, te espeta convencido que «¡Más claro el agua, está vida es un asco! ¡Así, no vamos a ninguna parte!». Y uno se queda perplejo pensando cómo alguien puede pensar así.
Y te pones en su situación porque a veces es difícil entender porque uno se siente una piltrafa y todo lo que sucede a su alrededor puede considerarse como «un asco». Y es complicado identificar los factores que contribuyen a este sentimiento. Porque no es raro que la infelicidad de los que quieres afecten a tu propio ánimo. O la situación política no sea la que deseas. O has sufrido momentos de estrés o de dificultad económica, profesional o de salud. O porque alguien que amas está sufriendo. O porque resulta difícil dominar las emociones. O porque has perdido a ese ser querido. O porque tienes problemas con tus amistades, con tu pareja o con tus hijos…
Nada justifica que la vida sea un asco. Cuando alguien asegure que la vida es un asco rectifícale haciéndole ver que incluso lo peor y lo mejor de uno no es suyo, que su vida y la tuya forman parte de la plenitud de Dios. E invítale a ponerse en oración. A tomar conciencia de que Dios está con uno; que se va a desbordar en el alma a impulsos de esperanza, de amor, de alegría, de fe; y recomiéndale que comience la oración humillándose, siendo consciente de la propia pequeñez, de la propia miseria y del propio pecado. Y lo ofreces a Dios, y le pides su gracia, y dejas que te toque el corazón, lo más profundo del corazón. Y permites que Dios ore en ti y contigo. Le prestas tu mente, tu alma y tu corazón. Le haces partícipe de tus sentimientos y tus emociones. Te pones bajo el influjo de su mirada amorosa y misericordiosa. Y poniendo en consideración todo en los pies de barro de la soberbia uno comprende que la vida no es un asco, sino un don, una gracia; y que todo lo que sucede, mirado con ojos de eternidad, es una bendición que viene de lo alto.

12.03

¡Señor, te doy las gracias desde mi corazón sencillo y agradecido por todas las bendiciones que cada día derramas en mi vida! ¡En tus manos, Señor, está mi vida, mis sueños, mis anhelos, mi esperanza! ¡Moldeálos, Señor, para que seas tu quien los materialices en mi vida! ¡Tengo toda mi esperanza puesta en ti, Señor, por eso no me preocupa el mañana del que siempre te ocupas tú! ¡Gracias, Señor, por el regalo de la vida que con todas las dificultades llenas de luz y de alegría! ¡Mi vida está en tus santas manos, Señor, utilízame como instrumento tuyo! ¡Soy una obra perfecta tuya, Señor, haz que tu Espíritu more en mi para que mi corazón se convierta en un sencillo sagrario que te custodie siempre! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío!

Nada te turbe nos recuerda Santa Teresa de Jesús en esta bella musicalización de Taizé:

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