Renovar cada día mi bautismo

Hace unos días fui con mi hijo pequeño a la iglesia donde fue bautizado para recoger su partida de bautismo. Se trata de un monasterio románico fundado en el siglo X por la orden benedictina de gran belleza, con un recoleto claustro y una iglesia de nave única con planta de cruz griega, ábside y cimborrio. Pero no es de arquitectura de lo que quiero hablar sino de lo bonito que fue explicarle a solas cómo tuvo lugar su bautismo y la experiencia de amor de los que participamos aquel día: los familiares, amigos y el sacerdote al que tanto queremos.
El bautismo, el sello con que el Espíritu Santo nos marca para el día de la redención, es un hecho fundamental en nuestra vida que tenemos la obligación de recordar, valorar y llevar íntimamente unido en el corazón. Aquella tarde me permitió reflexionar que cada aniversario de nuestro bautismo puede ser también una ocasión para tomar conciencia de cómo está la dimensión interior de nuestra alma. De cómo está el estado de nuestro corazón. Cuál es el estado de nuestra relación con Dios y con los demás. El gran riesgo que tenemos los hombres es que llegamos a vivir de manera superficial. Nuestras vidas penden siempre de un hilo, de la mediocridad de la conciencia, de ese actuar en el que el pecado se adentra en nuestro corazón y nos destruye por dentro.
El bautismo, que nos limpió del pecado, que es fundamento de toda vida cristiana y pórtico de la vida en el espíritu, nos hace ver las riquezas que Dios ha colocado de manera gratuita en nuestro interior: esa capacidad de lucha, de resistencia, de perdón, de entrega, el deseo de progresar, de amar, de ser generosos, de servir, de entregarse a los demás… Estas riquezas que Dios no has regalado hemos de ir puliéndolas cada día. Somos un tesoro escogido por Él y debemos custodiarlo con amor y responsabilidad.
En el bautismo, que abre la puerta a los otros sacramentos, se esconde el misterio de cada ser humano creado por Dios. En el bautismo recibimos la fuerza del Espíritu Santo, que Dios ha vertido a manos llenas sobre cada uno de sus hijos con una generosidad desmedida e intensa. Ese Espíritu no sólo es una fuente de luz, de esperanza y de amor, es también una fuente creadora. Es la misma fuerza que Dios utilizó para crear el mundo de la nada, que permitió a Jesús resucitar de entre los muertos tras su ignominiosa muerte en la Cruz. Una fuerza que provocó en los seguidores de Jesús, especialmente en los primeros discípulos, salir alegres a anunciar a todos los rincones del mundo la Buena Nueva de Jesucristo resucitado. Una fuerza que provocó un cambio radical en sus vidas y la necesidad de explicar a todos cuál es el camino de la verdad y la vida.
Todos los bautizados tenemos la necesidad de comprender cada día que hemos de nacer de nuevo en busca de la esperanza, la alegría y la luz que proviene de Dios. El bautismo impide la tristeza y la desolación en el cristiano. Impide el sufrimiento y la amargura.
Fue una tarde hermosa ir acompañado de mi hijo a este pequeño monasterio porque me hizo revivir no sólo su bautismo sino también ser consciente de la fuerza de mi propio bautismo —¡nos convierte en miembros del Cuerpo de Cristo, hijos adoptivos de Dios, partícipes de la naturaleza divina, templos del Espíritu Santo, coherederos de Cristo!— que llevado a la oración me permite exclamar al Espíritu Santo: «¡Ven Espíritu Santo! ¡Ven Espíritu Santo y lléname Señor con tu preciosa unción, guía mi corazón y guía mi vida! ¡Purifícame, lávame, renuévame y restáurame, Señor!».

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¡Gracias, Señor, por hacerme hijo tuyo! ¡Gracias, Señor, por hacerme miembro de tu santa Iglesia! ¡Te doy profundas gracias, Dios mío, por ver que mis hijos siguen el camino de la fe y quieren ser cristianos de verdad! ¡Me propongo, Señor, hacer lo posible por acompañarles con mi palabra, con mis gestos y con el ejemplo de mi vida! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a ejercer este trabajo con coherencia y verdad! ¡Quiero hacer profesión de mi fe siempre y en todo lugar, Señor, y renunciar al pecado, y a la pereza y el egoísmo, y a la envidia y a creerme mejor que los demás y a todo lo que me lleve a hacer el mal! ¡Jesús, estoy contigo! ¡Y creo en Ti, Dios Padre, y en Tu Hijo Jesucristo, que vino a nosotros para ser nuestro amigo, y en el Espíritu Santo que es el que nos da la vida! ¡Padre de bondad, Tú que impulsas con tu Espíritu a los que creemos en Ti, fortalece a todos los miembros de mi familia en el propósito de cumplir con constancia las promesas bautismales! ¡Que no me olvide nunca, Dios mío, que la gracia que recibí del bautismo no sólo me hace hijo tuyo y me une a Cristo en la Iglesia, sino que me compromete como testigo y apóstol de tu Reino! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío!

Para esta meditación que tiene como tema el bautismo os presento la cantata del maestro alemán Johann Hermann Schein titulada Christ unser Herr zum Jordan kam (Cristo Nuestro Señor vino al Jordán) que versa sobre el bautismo del Señor.

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