¿Temo a la muerte?

Alguien ateo me pregunta si temo a la muerte. Respondo con seguridad que «no» porque la muerte para mí, en este peregrinaje terreno, no es el fin sino el comienzo de la vida verdadera, la vida que anhelo con esperanza: la plenitud en Dios en la vida eterna.
Mi interlocutor se queda contrariado ante la rotundidad de mi respuesta pero desde la iluminación que otorga la fe el cristiano debe contemplar siempre la muerte con mirada de eternidad, de serenidad y de confianza no con los ojos con los que el mundo la vislumbra. Sabiendo lo que nos espera al traspasar el umbral de la muerte uno puede quedar aferrado a esta vida que, en definitiva, es lo único que conoce.
Desde el día de nuestro nacimiento, sobre cada uno de nosotros pende una sentencia de muerte consecuencia del pecado. Hay un recurso a esta sentencia: sabemos que resucitaremos para la vida eterna. Es una esperanza que nos debe llenar de gozo. Incluso mucho más, si tomamos las palabras de san Pablo: «el que resucitó a Jesús de entre los muertos dará también vida a vuestros cuerpos mortales; lo hará por medio de su Espíritu, que ya habita en vosotros».
¡Cómo me gustaría actuar siempre con miras de eternidad! ¡Pero cuesta tanto saber discernir entre lo bueno y lo malo, entre lo positivo y lo negativo, entre lo agradable y lo áspero de las experiencias, de lo hermoso y lo grotesco de la vida! ¡Nos esforzamos en vivir en la comodidad! ¡Nos desgastamos por tener más, invertimos tiempo, esfuerzo y dinero para acaparar más, para ser más, para vivir mejor! ¡Encontramos placer en el cine, en la gastronomía, en la música, en la lectura, en los viajes, en el deporte, en el sexo, en el arte, en el teatro, en compartir con los amigos…! ¡Nos reconocemos por la familia que tenemos, por los amigos que forman nuestro núcleo íntimo, por las posesiones que hemos conseguido o heredado, por el fruto de nuestro trabajo, por el reconocimiento social…! ¡Pero esta mirada es egoístamente terrenal!
No tiene por qué ser algo negativo, pero ¿Cuántas veces al día pienso en la eternidad? ¿Cuántas veces me planteo que el cielo es mi destino y que no hago más que vivir inmerso en lo temporal, en lo cotidiano del día a día, en los problemas que me agobian y no me dejan vivir, como si fuese un ser inmortal que siempre voy a quedarme en la tierra luchando por sobrevivir, como si fuese un Matusalén del siglo XXI batiendo récords de longevidad? ¿Cuántas veces al día me planteo que debo buscar las cosas de arriba, donde está el Señor, y no tanto las de esta tierra? ¿Por qué no me doy cuenta con más frecuencia de que mi vida tiene sus límites y que tarde o temprano me llegará la muerte? ¿Y si esa experiencia me puede sobrevenir en cualquier momento, estoy preparado para recibirla?
¡Tememos y rechazamos a la muerte porque nos falta fe, porque nos produce incertidumbre caer en el abismo de la nada, de lo que no conocemos, de lo que ignoramos! ¡Todo eso nos produce pavor! ¿Pero cómo es posible temer la muerte si el mismo Cristo cruzó su umbral desde la Cruz y es Él quien nos guía para que traspasemos esa oscuridad sin miedo y con confianza?
Para mí, como cristiano, la muerte es una esperanza, prueba de mi precariedad y mi debilidad, pero una esperanza en definitiva. Por eso debo sacar el mayor provecho a esta vida mortal para ejercitar todas las obras de misericordia que pueda ofrecer a mí alrededor, ser testimonio del Evangelio y dador de amor sin contrapartidas porque el día que me sobrevenga la muerte, ya no tendré oportunidad de rectificar. Y cuando el Señor me despierte del letargo de la muerte para someterme al juicio final, me juzgará según el amor que haya sabido practicar en la vida terrenal. ¡Ilumíname, Señor, para entenderlo bien!

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¡Gracias, Señor, porque no abandonas nunca al que confía en tí! ¡Gracias, Señor, por la vida! ¡Gracias, Señor, porque cada día puedo acudir a ti para mendigar tu amor y misericordia! ¡Gracias, Señor, por las semillas de la fe que has plantado en mi corazón y que ha esparcido el Espíritu Santo para que vayan dando frutos! ¡Gracias, Señor, por la salvación que tu nos regalas y que no son merito nuestro sino un regalo de tu amor! ¡Te pido, Señor, que sepa aprovechar cada momento de mi vida para alcanzar la salvación que nos has prometido! ¡Espíritu Santo, envíame tus siete dones para que en mi libertad sepa actuar en mi peregrinaje por la vida! ¡Soy consciente, Señor, que nos serás Tú quien me envíe al cielo o al infierno sino que serán mis actos los que me salven o me condenen! ¡Padre de bondad, que me has creado a imagen y semejanza tuya y has entregado Jesucristo a la muerte por salvarme del pecado, te pido me concedas la gracia de vivir vigilante siempre en oración, para que el día que me llames salga de este mundo sin pecado y pueda descansar en la eternidad cogido a Ti!

Hoy escuchamos el Coro de los Peregrinos de la ópera Tannhaüser de Richard Wagner:

Dios en la maleta

Me encuentro con un amigo misionero que lleva más de cuatro décadas al servicio de los demás en diferentes continentes. Primero en Asia, más tarde en el corazón de África y, actualmente, en el altiplano boliviano. Los años no pasan para él y se lo digo con gozo porque uno de los aspectos del evangelizador es la alegría, que en su caso forma parte de su carácter de hombre jovial y bueno, siempre con un aspecto digno y alegre.
En los diferentes países donde ha ofrecido su ministerio ha creado escuelas para niños, centros de trabajo, cursos para matrimonios, escuelas de evangelización… Ese es el trabajo que la Iglesia le encomienda. Ahora está de vacaciones, pero sigue ofreciendo su servicio a la comunidad.
Todos somos misioneros en nuestra tierra. Es cierto que el Señor llama a ciertas personas a partir a tierras lejanas, dejando atrás familia y amigos, para llevar la Palabra de Dios. Pero Jesús quiere que todos seamos testimonio de Él en nuestro entorno familiar y social, en el medio donde nos desenvolvemos social y profesionalmente, en cada una de nuestras responsabilidades diarias, incluso en aquellos momentos de asueto y de vacaciones. Y al igual que Dios no se toma nunca vacaciones, el testimonio evangelizador de cada uno no debe detenerse en el periodo vacacional. No existe el cristianismo a tiempo parcial porque a Cristo no se le puede seguir a medias. El cristiano lo es durante las cuatro estaciones del año, los trescientos sesenta y cinco días, en todos y cada uno de los momentos de su vida.
Cada uno vivirá sus vacaciones de manera diferente. Unos en la montaña, otros en la playa, otros trabajando, algunos en la ciudad, pocos surcando los mares… La rutina de nuestra vida cambia pero lo importante es no descuidar nuestra vida espiritual.
Las vacaciones deben ser también tiempo para nutrir el espíritu, para llenarlo de Dios. Meterlo en el lugar preferente de nuestra maleta.
No es cuestión sólo de distender el físico, se trata fundamentalmente de vivir de una manera nueva nuestras relaciones con Dios y con los que nos rodean tomando el tiempo que esto requiere. Es un periodo propicio para llenar nuestra vida con momentos de oración y de meditación; es tiempo para crecer en el encuentro personal con el Señor; para rezar en familia; para profundizar en la Palabra; para meditar la Sagrada Escritura; para leer libros formativos; para vivir la Eucaristía diaria; para reflexionar sobre nuestra propia vida; para entregar nuestro corazón a Dios. Se trata de vivir en cristiano.
¡Pongamos al Señor en la maleta estas vacaciones y llevémoslo con nosotros para disfrutar de este tiempo de asueto que Él también nos regala!

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¡Señor, gracias por acompañarme en este tiempo de descanso que es un regalo de tu amor! ¡María, en este inicio de las vacaciones que se avecinan ayúdame a aprender de Jesús la humildad verdadera para experimentar la paz interior y ser capaz de consolar a quienes recorren con fatiga el camino de la vida! ¡Bendice, Señor, las vacaciones para que se conviertan en un tiempo fecundo para la vida de familia, para el encuentro con nosotros mismos y con los demás, para la brisa suave de la amistad y del diálogo, para la lectura que siempre enriquece, para las visitas culturales que abren horizontes… para llenar, en definitiva, nuestro corazón de Ti! ¡Haz, Señor, que este tiempo de descanso se convierta en un periodo de santidad para buscarte siempre, para que haya espacios de oración y reflexión para analizar lo que ha sido esta primera parte del año, para compartir la fe con los demás, para participar cada día de la mesa de tu Eucaristía, para que nuestras vacaciones de verano sean un tiempo santo para remar mar adentro y encontrarme más íntimamente contigo! ¡Acompáñame, Señor, en este tiempo en el corazón para que sepa aprovechar en positivo cada momento que tu me ofreces!

Reconozco mi falta de originalidad, pero os dejo con el verano de las Cuatro Estaciones de Vivaldi:

Ofrecer el esfuerzo diario

En el andén de la estación mientras te encuentras paciente para subirte al tren que te llevará de regreso a casa observas como cientos de personas deambulan de un lado a otro aporreando smart phones o utensilios de última tecnología, manteniendo conversaciones telefónicas, contestando whatsApps o escuchando música. Lo mismo sucede cuando te sientas en el vagón. En todas esas personas hay casi siempre un denominador común, seriedad, rictus lacónicos, caras de cansancio. Miras a la gente y bajan los ojos o te desvían la mirada. Me viene a la memoria El Principito de Saint Exupery cuando el joven rubio interpela, extrañado con alma de niño, al serio hombre de negocios que cuenta estrellas. ¡Qué equivocados estamos, qué necios somos, qué ciegos estamos, qué egoístas somos!
Ir por el mundo ¡sí!, por supuesto, pero con alegría, ofreciendo ese esfuerzo diario a Dios para su mayor gloria y redención de las almas. Como me gustaría ir llamando uno a uno y exclamar: ¡¡Cristo ha resucitado, en verdad ha resucitado!!
Santificar el día es convertir en santa la actividad humana de trabajar, de darse a los demás, de sonreír, de hacer bien las cosas pequeñas, de relacionarse con los que nos rodean, de amar, de servir, de ofrecer el cansancio del día a día… teniendo siempre presente a Dios en todo. Solo con esto el rictus cambia porque cuando hay paz y alegría en el corazón todo sale hacia el exterior ¡y el rostro cambia!

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¡Padre, que al entrar en mi lugar de trabajo, en casa o allí donde vaya sepa ofrecértelo todo y darte gracias! ¡Te pido, Señor, que me bendigas con tu orden perfecto, tu paz y tu gracia para sacar adelante mis proyectos y de los que dependen de mí! ¡Te pido, Padre, que bendigas todo lo que se decida, se haga, se piense y se converse en mi entorno con el fin de que sea para gloria tuya! ¡Bendice todos mis proyectos, Señor; todas las ideas y todo lo que realice que más que grandes logros personales sean, sobre todo, testimonios de tu gloria! ¡Bendice también, Señor, a los que trabajan y viven conmigo, a mis amigos, a mis familiares, a mis clientes, a proveedores, a jefes y a todos aquellos con los que me relacione a lo largo del día! ¡Te pido, Señor, me des un corazón humilde y generoso para tratar a la gente con respecto, cariño y amabilidad y no ser indiferente a lo que necesiten de mí! ¡Permite, Señor, que hoy y todos los días sea un ejemplo, que sonría con frecuencia, que de mi boca salgan palabras amables, que no alimente ni rumores ni críticas y que sepa dar apoyo a las necesidades de todos! ¡Dame, Señor, una mente abierta a cualquier idea y proyecto y respetar lo que piensan y dicen los demás! ¡Y, sobre todo, Señor, ayúdame a hacer el bien y a actuar correctamente! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío!

https:/¡Ven Espíritu Santo, ven!

¿Me creo perfecto?

Uno de los aspectos que más me impresionan de la figura del apóstol san Pablo, ese espejo que tenemos los cristianos para fortalecer nuestra fe, es su confesión de que de una manera reiterada tenía que luchar contra los demonios que combatían su espíritu. San Pablo se declara en la carta los Filipenses como un ser imperfecto, consciente de su absoluta vulnerabilidad, confesión que reitera en la carta a los Corintios; se considera el primero de los pecadores, aspecto que incide cuando escribe a Timoteo; e, incluso, duda de que algún día pueda llegar a salvarse, como manifiesta en la epístola a los Romanos. Si Paulo de Tarso, apóstol del cristianismo y uno de los mayores protagonistas de su expansión tras la muerte de Cristo, mantiene consigo mismo una idea tan profunda de su pequeñez, ¿en qué situación me encuentro yo, hombre con pies de barro, que se cree tan perfecto, con una vida interior tan ínfima, tan pobre, tan angostada?
Pensar en san Pablo es entender que el pecado vive en mí a pesar de mis desvelos por desterrarlo de mi alma y de mi corazón, cautivo como estoy a los estímulos del pecado, con una experiencia espiritual que no es más que una retahíla de fracasos y de caídas permanentes, con negaciones constantes al Señor…
Asumiendo la vida del apóstol siempre hay esperanza. Y esa esperanza viene de Dios. De ese Dios hecho carne, de esa salvación prometida, de ese cumplimiento para que yo pueda salvarme, de ese gesto impresionante de morir en mi lugar para que yo pueda redimirme del pecado. Contemplo la Cruz y veo la grandeza de ese Cristo yaciente, su santidad, su muerte redentora, la grandeza de ese gesto y no me queda más que exclamar con convincente gozo: ¡Gracias, Dios mío, por darme a Jesucristo, que se ha ofrecido a si mismo sin mancha, y me hace entender que estoy en este mundo para servirte a Ti como un verdadero hijo tuyo!
Mi camino es imperfecto aunque tantas veces me crea un ser superior pero si hay algo que Dios tiene claro es lo que quiere de mí y cómo conseguirlo. Y todo pasa por desterrar la soberbia del corazón para vivir entregados a Él y a los demás con humildad, amor, servicio y generosidad. Y cuando me crea perfecto… basta con tratar de leer los renglones torcidos que Dios escribe en mi vida para entender por donde debe ir mi transformación interior.

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¡Señor, sé que lo que te agrada de mi es que sea sencillo, mi pequeñez, mi humildad, mi camino paso a paso! ¡Bendice, Tú Señor, mi caminar! ¡Perdóname, Señor, por las ocasiones en que no me someto a tu voluntad sino que hago lo que creo que es más conveniente para mí si tenerte en cuenta a Ti! ¡Perdóname, Señor, por esas obras pecaminosas que me apartan de tu corazón inmaculado! ¡Perdóname, por los acuerdos con el enemigo que me hacen ver el pecado como algo liviano y trivial! ¡Te pido, Señor, que selles mi mente, mi espíritu, mi cuerpo y mi alma con tu sangre! ¡Señor de misericordia, abre mi ojos para que siempre sea capaz de descubrir el mal que hago! ¡Toca con tus manos mi corazón para que me convierta sinceramente a Ti! ¡Restaura en mi corazón tu amor, Señor, para que en mi vida resplandezca con gozo la imagen de tu Hijo Jesucristo! ¡Señor, tu exclamaste que querías la conversión del pecador; aquí estoy yo Señor para confesar mis pecados y reclamar tu perdón! ¡Ayúdame, Señor, a escuchar tu Palabra, a hacerla mía! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, dador de vida, a comportarme con sinceridad en el camino del amor y la entrega a los demás, y a crecer en Jesús en todos los acontecimientos de mi vida! ¡No tengas en cuenta mis negaciones, Señor, y mírame cada vez que caiga con tu mirada de amor misericordioso porque sabes que esto mueve a mi corazón a prometerte fidelidad!

Del compositor barroco italiano Giacomo Carissimi te presento hoy la Sinfonía de su oratorio a cinco voces, dos violines y bajo Vanitas vanitatis.

¡Ábreme la puerta de tu corazón!

El viernes, saliendo de una reunión me venía cómodo entrar a saludar al Señor y en ese momento comienza la Eucaristía. El sacerdote, anciano, antes de dar la bendición dice: «Abramos la puerta de nuestro corazón al Señor». ¡Ábreme la puerta del corazón! Y pienso que esto es lo que nos pide cada día Jesús. Es increíble como el Señor se acerca silencioso a nuestra vida y nos susurra: «¡Ábreme la puerta de tu corazón!». Impresiona como, dándole la espalda tantas veces, el Señor quiere hacernos partícipes de su proyecto de vida. Lo único que nos pide es que abramos la mente, el corazón, el alma, los oídos, los brazos… y escuchemos y atendamos sus señales. La espera de Dios es radicalmente amorosa, es un amor callado y silencioso, que da libertad para que cada uno responda a su llamada.
Esta sencilla plegaria del comienzo de la Eucaristía me llega al corazón. Habla de amor, de fe y de entrega. Y, al regresar de comulgar, no puedo más que exclamar: «Quiero sentirme pobre y pequeño, Señor, como lo fue tu Madre, para que así Dios pueda hacer algo nuevo en mí». La salida del templo es gozosa porque me he sentido, en mi pequeñez, muy amado por ese Señor que ha alimentado con la Eucaristía mi corazón.

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¡María, Señora del amor hermoso, ayúdame a convertirme en un verdadero hijo de la espera, de una espera auténtica que quiere recibir todo de Él y que no se desanime por ser pequeño! ¡Regálame, María, aunque sea un poco de tu fe para que no vacile ni el amor ni en la fe, para que sepa prepararme bien para la llegada de Tu Hijo! ¡Levanta mi fe, Señor, cuando dude de tus promesas y aumenten mis pesares! ¡Haz, Señor, más inmensa mi fortaleza cuando me acosen las dificultades! ¡Dirige mi corazón hacia Ti, Señor, cuando mi interior se acobarde y mi espíritu desfallezca! ¡Sostén mi cabeza cuando se incline y no sea capaz de mirarte! ¡Reorienta mi alma, Señor, cuando me encierre en mi mismo! ¡Reanima mi afán por encontrarte cuando me conforme con lo que veo! ¡Recondúceme, Señor, si me desvío del camino y no soy capaz de buscarte! ¡Hazme ver tu grandeza, Señor, cuando me incline por otros valores! ¡Acércame, Señor, a la humildad y la sencillez cuando me crea único, auto suficiente e invencible!

Hoy nos deleitamos con el Himno a Dios Padre del compositor inglés del barroco Pelham Humphrey:

En nuestro corazón… los abuelos

La liturgia celebra hoy la memoria de los padres de la Santísima Virgen y abuelos de Jesús, san Joaquín y santa Ana, un matrimonio santo, de fe profunda y honda confianza en Dios, que supieron educar a María en el camino de la fe, preparándola para la misión que el Padre tenía pensado para ella y alimentando en su corazón un amor íntimo con el Creador.
San Joaquín y santa Ana testimonian la grandeza de los valores del ser humano y marcan el camino a tantos abuelos de este mundo —de los que son su patronos— en ese papel tan destacado que desempeñan en la educación de sus hijos y de sus nietos. Pero son también testimonio vivo de la ancianidad de nuestro mundo. Nuestros ancianos portadores de experiencias y conocimientos que se convierten en patrimonio de las familias y de la sociedad. Dejan constancia que con el paso de los años la vida se convierte en un don gratuito de Dios.
En este día merece la pena tener muy presente a nuestros abuelos. Los míos han sido siempre un referente de profundidad humana, de fe, de sabiduría, de testimonio, de coherencia, de apoyo… Su sola presencia constituía para mí una alegría inmensa, un orgullo, una seguridad. Los consideraba el patrimonio sobre el que surgía el árbol de mi vida. En una sociedad que evita la vejez por todos los medios, el envejecimiento de mis abuelos supuso para mí una lección de vida. Ellos dignificaban la palabra «anciano» con sus gestos, sus palabras y sus actitudes. Y con ese cariño que siempre sentía con su mirada.
En este día los tengo muy presentes. Con independencia de la relación que hayamos tenido con ellos, en este día veneremos a nuestros abuelos como hacemos con esos padres santos de Nuestra Señora. Veamos en ellos el modelo sobre el que la Virgen enderezó el camino. Veamos en su disposición y su entrega nuestro propio camino.
En este calor que es la familia los padres hemos de transmitir a nuestros hijos el cariño y el amor a los abuelos, patrimonio de nuestra familia.

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¡Amado Jesús, te pido que al igual que hiciste con tus abuelos san Joaquín y santa Ana, contemples a todos los abuelos del mundo con el mismo amor! ¡Protege a todos los abuelos del mundo, llénalos de tu amor y misericordia para que sean nexo de unión en las familias, en la sociedad y en Tu Iglesia! ¡Protege también a todos los ancianos del mundo! ¡No permitas Señor que pierdan la alegría de vivir, que sean excluidos, ignorados y abandonados! ¡Haz Señor que todos ellos sean portadores de sabiduría y amor y que encuentren en sus familias el amor y el respeto que merecen! ¡Señora, tu que amaste tanto a tus santos padres, protege a todos los abuelos del mundo e intercede ante tu Hijo por todas las familias de este mundo!

Para ilustrar esta meditación nos deleitamos con la Canción del abuelo, una hermosa pieza para guitarra de Atahualpa Yupanqui.

Peregrinar es caminar en la tierra

Recuerdo un viaje en familia a Santiago de Compostela coincidiendo con el Año Santo Compostelano. Significó para nosotros abrir nuestro corazón, entrando por el Pórtico de la Gloria para abrazar al Apóstol acompañados de tantos peregrinos en búsqueda de la experiencia de la gracia, del perdón y la redención, de la caridad y el amor. Peregrinamos a Santiago no tanto por abrazar al Apóstol, lo hicimos para encontrarnos con el Señor.
Cada año, un día como hoy, la mirada de Santiago se postra sobre cada uno de nosotros, manifestándonos que Dios existe, que nos ha regalado la vida y que nos llena de su gracia y de su amor al tiempo que nos marca el camino para sentir su presencia en nuestra vida.
Caminar. Peregrinar. Ningún caminante puede abandonar sus razones de vivir y de seguir adelante. Llegar a la tumba del Apóstol, amigo y testigo del Señor, marca en ese peregrinaje personal hacia la casa del Padre. En ese comenzar siempre de nuevo, caminando de comienzo en comienzo, sedientos de Dios; necesitados de salud, de amor, de consuelo y de esperanza; necesitados de salvación y de perdón; necesitados de que la misericordia del Señor venga sobre cada uno de nosotros.
Peregrinar es caminar en la tierra. En su momento no fui consciente de que la tumba del Apóstol tenía una significación única en la Iglesia. Que esa tumba es el signo que ayuda a fortalecer nuestra fe como creyentes. Lo he ido comprendiendo a medida que mi fe se ha ido fortaleciendo y mis creencias han sobrepasado la tibieza de tantos años de vida acomodaticia en lo que se refiere a Dios.
Para Santiago el apostolado no fue un privilegio. Fue, sin duda, un don, una misión, una entrega para la que el Apóstol comprometió su vida. La identidad de un apóstol —cualquiera de nosotros está llamado a ser apóstol— revela la identidad del cristiano. Y el compromiso es dar testimonio del amor de Dios manifestando al Señor por medio de la caridad, del amor, del perdón, de la entrega y del compromiso, ofreciendo aquella visión de la vida que dimana del Evangelio, aunque tantas veces nos genere incomodidades.
Tu y yo estamos llamados a cambiar el mundo; tu y yo estamos llamados a continuar la obra de Cristo en la tierra en nuestra familia, en nuestro entorno social, en nuestro trabajo… en definitiva, en todos los ámbitos de la vida. Tu y yo estamos llamados a ser apóstoles en el siglo XVI. Es la llamada de Cristo que no podemos desoír. Es un reto maravilloso y parte de nuestro peregrinaje vital.

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¡Apóstol Santiago te pido hoy por el porvenir de nuestra nación; especialmente por aquellos desesperanzados por su angustiosa situación; por los dirigentes, para que no desfallezcan en sus responsabilidades y que conviertan la política en una actividad noble al servicio del bien común; por nuestro peregrinar a la luz de la fe; para que nos fortalezca la esperanza; por nuestro compromiso para acoger la gracia de Dios, para ser testigos de la alegría y la gratuidad en medio de la tiranía del individualismo y de la amargura, reconociendo en el día a día los dones de Dios en nuestra vida! ¡Apóstol Santiago, ayúdame a comprender las lecciones de ese Cristo de las encrucijadas de los caminos y de la vida, en el que Dios nos sale al encuentro como amigo, padre y guía!

Himno al Apóstol Santiago cantado durante el funcionamiento del Botafumeiro:

La página en blanco de mi vida

Cada día, cuando me despierto mi vida es como una página en blanco. Limpia, inmaculada, sin manchas, sin tachaduras de ningún tipo. Una página en blanco que debe ser escrita cada día. Unos días lo que quedará impreso en ella tendrá un poso de tristeza, en otros casos de sufrimiento o de dolor, de soledad o de oscuridad, de alegría y de triunfo, de gozo y de esperanza. Pero queramos o no esa página necesariamente debe ser escrita. Es como un reto. Un desafío. Una oportunidad. Un punto de partida. El inicio de un camino por explorar. Una oportunidad para cambiar. Una excusa para mejorar. Un inicio para darse a los demás. Un tiempo para olvidar las experiencias que hieren. Una pausa para aparcar lo que me desvía de la Verdad. Un espacio para acercarme más a Dios… Depende de cada uno el tono de las palabras que llenarán esa página en blanco porque lo que, en definitiva, uno está relatando es su propia vida. Su propio destino. Esa página en blanco es la página que cada día marca el rumbo de nuestra vida.
El blanco va asociado a la bondad, a la inocencia, a la luz, a la generosidad, al optimismo, a la inocencia, a la perfección, a la pureza, a la bondad, a la caridad… Son palabras que van íntimamente unidas a la imagen de Dios, a lo que el Señor nos pide para cumplir su misión en esta sociedad que escribe páginas llenas de manchas y borrones que rompen la idea que Dios tiene de la Creación.
Carpe Diem (Aprovecha el momento) leemos en el Eclesiastés, aunque quizá le dio gloria literaria el poeta Horacio y Hollywood universalizó con la película El club de los poetas muertos basado en el libro de Kleinbaum.
Dios quiere que llene la página de mi vida con alegría, con responsabilidad, con libertad, con moralidad, con objetivos sanos, con trabajo honesto, con conductas irreprochables, teniéndole en cuenta a Él; sembrando para dar fruto, edificando con bases sólidas, con confianza para aceptar las pruebas, guardando los mandamientos porque son los principios que deben cumplir los hombres.
Y si no soy capaz de llenar esa página en blanco, ahí está el Señor para ayudar a escribir la primera frase. “Señor, sin tí nada puedo”. Suele ocurrir que si no tengo nada que escribir en esa página en blanco es porque los objetivos de la vida pasan por anteponerlo todo al placer, a la diversión, a la falta de coherencia personal; cuando es el corazón el que dicta los criterios y las normas de conducta; cuando es mi ombligo el centro de todo, porque yo soy lo importante, yo soy verdaderamente el reclamo de todo, yo soy un dios en minúsculas; cuando la moralidad es filosofía más que un principio de vida cristiana; cuando Dios es un recurso para los momentos de dificultad y necesidad; cuando me dejo llevar por los impulsos y no por la razón; cuando la laxitud es mi norma de conducta habitual; cuando la vida está para disfrutarla y hay que hacerlo como si hoy fuese el último día de mi existencia.
Toda página en blanco es una oportunidad. Un reto. Un desafío. ¡Que el Señor me ayude hoy escribir los versos más bellos de mi vida!

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¡Señor, hoy me regalas un nuevo día que es una oportunidad para crecer a tu lado! ¡Gracias, Señor, por este acto de generosidad conmigo! ¡Gracias porque me otorgas la fuerza para empezar de nuevo, para escribir un capítulo ilusionante de mi vida! ¡Gracias porque puedo hacerlo a tu lado, gozando de tu presencia! ¡Gracias, Señor, porque a pesar de mis dificultades cotidianas y de los problemas que me abruman puedo empezar este día cogido de tu mano, con alegría, con entusiasmo, con esperanza y confianza renovadas! ¡Gracias, Señor, porque saber que estás caminando a mi lado me da una fuerza alentadora! ¡Te ofrezco mi persona y todas las personas a las que quiero, a los que te no te conocen y los que de ti reniegan! ¡Quiero que este día, Señor, sea una oportunidad para hacer bien mi trabajo, para que mis esfuerzos den fruto, para que mi persona sea un testimonio tuyo, para que sea capaz de transmitir paz, amor y alegría, para que mi trabajo sea un ejemplo! ¡Gracias, Señor, por tu amor infinito! ¡Qué haría yo, Señor, sin tu compañía! ¡Gracias, Señor, porque he podido escribir este folio en blanco! ¡Es fruto de mi amor por ti, pero has sido tú el que lo ha escrito!

Hemos dicho que el blanco es transparencia, como el agua. Auf dem Wasser zu singen, D. 774 (Para cantar sobre el agua) es el título de este hermoso lied de Franz Schubert que ahora escuchamos:

¿Llorar por mis pecados?

De camino a una reunión entro en un hospital para visitar a un amigo al que han operado. Antes de subir a la habitación entro en la capilla del centro hospitalario. En el interior hay una mujer sollozando. Para mí ha sido también un día duro, de esos que definirías “para ponerse a llorar”. En la entrada varios folletos, uno de ellos con una oración de santa Mónica de consuelo a los que vierten lágrimas.
Lloró también Jesús como lo hacemos los hombres. Las lágrimas de la gente le conmovían. Se estremeció al ver a la viuda de Naim llorando, lloró con la pecadora que llegó a la casa de Simón, lloró por Jerusalén o cuando contempló el desconsuelo de sus amigas Marta y María tras la muerte de Lázaro. Forma parte intrínseca de su humanidad, de esa naturaleza que le hace sufrir con lo mismo que sufrimos todos, prueba manifiesta de que era verdadero hombre y mostrándonos que en toda vida hay alegría y dolor, sufrimiento y esperanza aunque a veces uno se pregunte cómo es posible que puedan ser bienaventurados los que lloran. Incluso, en qué medida puede ser feliz alguien herido por la soledad, el sufrimiento, la enfermedad, el infortunio o la pérdida de un ser querido.
Nuestro llanto, de cualquier tipo, es acogido siempre por Dios que manifiesta en todo momento su consuelo y su amor. Si somos capaces de recibirlo con un fe profunda y con confianza ciega, esa prueba en apariencia tan amarga y difícil de soportar acabará convirtiéndose en una bendición. La dureza del sufrimiento que destruye la alegría terrena nos hará comprender la necesidad de elevar la mirada al Cielo para comprender que en Dios reside el verdadero consuelo.
El dolor de Cristo —sus lágrimas son testimonio de su aflicción— le llevó a resucitar a aquel amigo querido y devolvérselo a sus fieles hermanas; los llantos de Cristo en el huerto Getsemaní, los instantes previos a la Pasión, abandonado ya por todos, y el hiriente sufrimiento en la flagelación primero y en la cruz después, testimonian la gloria de la Resurrección y la victoria sobre la muerte.
Me pregunto hoy porque me lamento tanto por mis problemas y no lloró más por mis pecados. Ya sabemos que el profeta Isaías anunció que la venida del Mesías sería para consolar a los tristes y ofrecer a los afligidos de Sión perfume de alegría en vez de llanto, cantos de alabanza en vez de desesperanza.
Llorar por nuestro pecado supone llevar al corazón la verdadera tristeza de la contrición, del sentido del agravio a Dios, del arrepentimiento sincero, de la necesidad de mendigar el perdón de Dios. ¡Cómo nos cuesta llorar nuestros pecados! ¡Cómo nos cuesta entender que el verdadero dolor, el que desgarra de verdad el corazón, por la comisión del pecado, causa también a Dios un profundo dolor! ¡Qué pocas veces pedimos al Espíritu Santo que nos de la gracia de llorar nuestros pecados! ¡Llorar nuestros pecados! ¡Y no lo hacemos porque los edulcoramos siempre, los acaramelamos con excusas vanas, dándoles una capa de color llamativo para que no se vislumbre que están repletos de miseria! ¡Y qué pocas veces lloramos ante ese Cristo clavado en la Cruz que murió para la remisión de nuestros pecados! ¡Qué ingratos somos los hombres ante el que es el Amor verdadero!

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Comienzo la oración de hoy con la oración impresa en el folleto de Santa Mónica: “Oh Dios, consuelo de los que lloran, que acogiste piadosamente las lágrimas de santa Mónica impetrando la conversión de su hijo Agustín, concédenos, por intercesión de madre e hijo, la gracia de llorar nuestros pecados y alcanzar tu misericordia y tu perdón. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén”. ¡Señor, que sea capaz de llorar mi pecado, de arrepentirme de verdad para romper ese corazón de piedra y convertirlo en un corazón de carne, sensible a la verdad y que rechace el mal! Por eso, hoy confieso ante Dios todopoderoso que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Por eso ruego a santa María, siempre Virgen, a los Ángeles, a los Santos y a vosotros, hermanos, que intercedáis por mí ante Dios, Nuestro Señor.

Jesús secó mis lágrimas, cantamos hoy con Óscar Medina:

En el espejo de María Magdalena

Símbolo de la pecadora arrepentida —en definitiva lo que somos todos—, la Iglesia celebra hoy la figura de santa María Magdalena. De ella no me interesa la literatura que ha generado a lo largo de los siglos —repleta de elucubraciones e invenciones— sino la inmensidad de su espiritualidad, profunda y tan cercana al Señor. Esta mujer, que formaba parte del grupo de mujeres que seguían a Jesús junto a sus discípulos, se mantuvo fiel a Cristo hasta su muerte en la Cruz. Ella fue la primera en anunciar la Resurrección del Señor tras encontrarse con Él en el sepulcro.
Impresiona el profundo amor que sentía por el Señor. Como se vacío su alma tras Su muerte en la Cruz, qué profundo desengaño tuvo durante aquella dolorosa Pasión, con qué desesperanza vivió los tres días hasta la Resurrección. Pero un domingo por la mañana, sin compañía alguna, acude al Sepulcro donde se encontrará cara a cara con Cristo. Ella será la que llevará la esperanza a los apóstoles y a todos los discípulos amargados por tanto dolor y desconfiados de la Palabra del Maestro. Ella será la que perseverando en la esperanza transmitirá la fuerza de la esperanza. Es así porque en el corazón de María Magdalena el amor hacia Cristo era un amor ardiente, en absoluto impostado, nada egoísta. Era la donación del amor hacia el Amor. Un amor diferente a Pedro, a Tomás, a Juan o a cualquiera de los seguidores del Señor. Era un amor que implicaba todo el ser. Era el verdadero amor cristiano, la entrega absoluta, el amor auténtico.
Impresiona también la pureza de ese corazón, del corazón de una mujer pecadora —¡Jesús le expulsó siete demonios!—, que amaba profundamente. Tal vez hasta el encuentro con el Señor ese corazón no había sido capaz de abrirse a los demás, darse sin condiciones, entregarse sin contrapartidas. Su alma era, en cierto modo, una especie de vacuidad llena de fuego que clamaba compungida ser llenada por el amor, la misericordia y la esperanza. En Cristo se sintió amada y en ese Amor fue capaz de corresponder a tanto señorío. Permitió que Cristo, el Buen Pastor, entrara en lo más profundo de su corazón herido y aceptó que se hiciese en ella la voluntad del Padre. Me siento muy identificado con la fe de María Magdalena. La suya es una fe más firme que la de cualquiera de sus doce apóstoles en el inicio de la historia de la Iglesia. Todos huyeron e, incluso el que debía ser la roca sobre la que sustentará la Iglesia, le negará tres veces. Pero ella resiste, confía, espera. Su ejemplo es un canto de esperanza para todos los cristianos que creemos en la fuerza del Amor del Padre. Es una llamada a vivir nuestra fe desde la confianza, desde la simplicidad, desde la entrega, desde la pequeñez de nuestra historia, desde la oscuridad de nuestro pecado, desde la llaneza de nuestro pasado, desde la humildad de nuestro presente. A María Magdalena le bastó comprender la inmundicia de su pecado, el ser consciente de su realidad como pecadora, para convertirse en una mujer santa, ejemplo en la Iglesia que fundó Cristo al que tanto amara.
A imitación de María Magdalena, hoy es un día adecuado para dejarnos llenar por Cristo, para experimentarlo en nuestra vida como hizo ella, que aceptó que Dios entrara en su vida para librarle de todos los males pasados y con este gesto tan sencillo y al mismo tiempo tan valiente se cubrió de paz, de bien, de felicidad y de esperanza.

Maria Magdalena

¡María Magdalena, piadosa y valerosa discípula de Jesús, que sepa seguir tu ejemplo de conversión verdadera, que mi vida sea un testimonio de verdad y de esperanza, de arrepentimiento sincero, modelo para todos los que me rodean! ¡Que sepa como tu dar amor y recibir amor, no temer ante las dificultades de la vida! ¡Señor, que como María Magdalena, me ponga a tus pies para encontrar tu amor, tu paz, tu consuelo y tu misericordia! ¡Que como María Magdalena, que tuvo la fortuna de anunciar a tus apóstoles tu Resurrección, que yo sea también una luz en este mundo para llevar tu nombre a los que no te conocen! ¡Señor, como María Magdalena, que sepa reconocer todos los pecados del pasado e iniciar una nueva vida más llena de ti! ¡Quiero serte fiel, Señor, como fue María Magdalena en el Calvario, firme en mi apostolado, enérgico en mis convicciones, dulce en mi amor hacia los demás! ¡Quiero crecer en el amor, Señor, y corresponder a tu amor dando amor! ¡Y como María Magdalena quiero ver tu rostro Señor en este caso en todos los que me rodean y exclamar con orgullo cada día «He visto al Señor» en un actitud de gratitud cotidiana!

Disfrutamos hoy del kyrie de la Missa Marie Magdalene del compositor Alonso Lobo: