Disponibilidad para dejarse llenar por Jesús

Comenzamos un nuevo mes, en este caso julio. Y cada comienzo es una renovación de nuestra vida. Cuando uno cierra la Biblia se llena de gozo al leer las últimas palabras que coronan este itinerario de la historia de la creación. El texto exclama «Ven, Señor Jesús». Es como decir, «¡Manifiéstate, Señor!» pero no lo hagas al final de los tiempos, sino hazlo ahora, entre nosotros, en nuestra vida cotidiana, en nuestro apostolado del día a día, en el mundo que vivimos, en el seno de nuestras familias, en nuestros entornos profesionales.
La principal función de la vida es ofrecer vida al Reino de Dios inserto en la historia. Para eso es necesario conocer lo que Dios quiere de mí, aquí y ahora, predisponerse a asumir los retos que nos tiene encomendados, y que se haga su voluntad y no la mía. Aquí surge la gran cuestión de la disponibilidad del corazón, de la voluntad, de la vocación como cristiano. El deseo firme de que en nuestra vida se cumpla lo que rezamos en el Ángelus al mediodía recordando las hermosas palabras de María: «Hágase en mí según tu palabra».
Disponibilidad para dejarse llenar por el mismo Cristo, vivir a la luz de Dios, aparcar los apegos para ahondar en la verdad de la voluntad del Padre. Ser fiel a lo que el Señor espera de mí, abandonarse a sus deseos para cumplir siempre su voluntad. Entender que estamos a la merced de Cristo, disponibles a su llamada, siempre predispuestos a lo que Dios espera de nosotros.
Eso pasa por vivir intensamente la vocación de cristiano porque no es una llamada que proviene de un desconocido, es una propuesta que viene directamente de Dios. La pregunta es: ¿Estoy siempre disponible a la voluntad de Dios? ¿Comprendo y asumo los signos que Dios pone en mi vida? ¿Deseo que en mi vida se haga en mi según Su Palabra, según Sus deseos, según Su voluntad? Porque está sí que es la disponibilidad auténtica del cristiano.

J.M.W.Turnerddd

¡Aquí estoy, Señor, disponible a acoger tu voluntad! ¡Cuánto me amas, Dios mío! ¡Y cuanto haces para que yo también te ame, Señor, y cuántas veces me olvido! ¡Aquí estoy, Señor, con mi corazón dispuesto! ¡Concédeme, Señor, el don de comprender bien quién eres para mí! ¡Pero sabes que muchas veces tengo miedo a decirte que sí! ¡Y te esquivo, y me alejo, y me escondo para no escuchar tu llamada! ¡Espíritu Santo, ayúdame a no resistirme a la llamada de Dios, a comprender lo que Él desea de mí! ¡Que tu gracia, Espíritu de Dios, me empuje en la medida de mis fuerzas! ¡Ilumíname para elegir lo que el Señor desea de mí y cómo actúa en mí! ¡Aquí estoy, Señor, dispuesto a todo! ¡Necesito comprender que estás en mí! ¡Dispuesto a amarte, a servirte, a alabarte, a darte gracias! ¡Sólo Tú, Señor, me puedes transformar! ¡Quiero abrir las puertas de mi corazón para que hagas en mí una obra de tu amor! ¡Hazme capaz de escuchar tu voz y atender a tu Palabra! ¡Aquí estoy, Señor, para vivir en ti, para abandonarme en tus manos misericordiosas, para dejarme amar por ti! ¡Hazme pobre, Señor, y concédeme la humildad de la Virgen para pronunciar un fiat generoso, sencillo y amoroso!

Del inglés Henry Purcell propongo escuchar su maravillosa obra Hear my prayer, O Lord (Escucha mi oración, Oh Señor), que es lo que le pedimos al Señor para que acoja nuestra voluntad:

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