Buscar el reconocimiento y el aplauso de los demás

De manera inconsciente tratamos de conseguir la aceptación y el reconocimiento de los que nos rodean. Entra dentro de la lógica humana pensar que nos merecemos la consideración de los demás porque a todos nos gusta que nos valoren de manera positiva.
Cuando entregamos nuestro tiempo ilusionados o centramos todas nuestras atenciones en un trabajo confiamos en el aplauso y el elogio. No son pocas las ocasiones que ante un cometido que nos encomienda nuestro superior, un favor que nos pide un familiar, un amigo o un conocido nos sintamos también utilizados, con independencia del fin último o de que beneficie a otros más que a nosotros mismos. Nos molesta y desagrada que una vez hemos cumplido con la misión que nos han encomendado nuestro esfuerzo no sea apreciado o que nos aparten porque nuestra presencia ya no se considera lo suficientemente útil. Estos prejuicios oprimen nuestro corazón y fomentan en nuestro corazón el rencor y el resentimiento cuya consecuencia es la amargura interior. Ceder ante el pesimismo es llevar la aflicción al corazón. La amargura nos sitúa frente a nuestra propia debilidad como si fuera una losa pesada que es imposible trasladar.
Medito con frecuencia donde radica mi libertad interior: en no estar supeditado a los juicios ajenos, en no verme condicionado por esas compensaciones y esos aplausos de terceros que no son más que reconocimientos pasajeros que el mundo ofrece y tienen fecha de caducidad porque la vida -lo he aprendido muy bien- no es más que una montaña rusa. La libertad interior supone ponerse en manos de la providencia divina, libre de las cargas de los juicios y las opiniones humanas. Lo sustancial es conocer la voluntad de Dios en mi vida, insertarla plenamente en su voluntad, en su amor; ver a Dios, orientarse en Dios, conocer a Dios. Es todo lo contrario a la exaltación del yo, de la búsqueda vanidosa y efímera del reconocimiento de los demás, del vivir supeditados por la opinión del mundo, tratando de agradar siempre a los demás. Así han sido muchos años de mi vida -y todavía estoy en camino-, tratando únicamente de brillar incapaz de asumir los sentimientos y las actitudes de Cristo.
Por eso en un mundo tan sofisticado y materialista como el actual maravilla que sigamos admirando a las personas sencillas, a esas que fácilmente nos ganan el corazón. Doy gracias al Señor porque en los últimos tiempos haya puesto tanta gente así en mi camino que han aplacado mi soberbia y mi falta de generosidad. Gentes anónimas, sencillas, amorosas, llenas de Dios en su corazón. A mí también me gustaría ser así, un hombre sencillo y humilde de corazón, y soy consciente de que para lograrlo se requiere mucha renuncia, mucho amor, mucha generosidad, mucho perdón y mucha oración.

Captura de pantalla 2015-03-22 a las 23.10.06

En este día quiero, Señor, ofrecerte mi vida y examinar todas mis acciones que me alejan de Ti. ¡Te pido, Padre, que sea capaz de ser con sencillez lo que tu pides que yo sea! ¡Dame la capacidad para ver como tú ves a los hombres! ¡No permitas, Señor, que ponga mi confianza en lo mundano ni que me desespere en la miseria! ¡Señor, que comprenda que lo transitorio es innecesario y que el verdadero tesoro es la eternidad! ¡Señor, que menosprecie cualquier halago y vanidad y que sea mayor el regocijo que tengo de permanecer a tu lado!

Disfrutemos con la música de Henry Purcell, uno de los más destacados músicos barrocos que ha dado Inglaterra. Comparto con vosotros este bellísimo Jubilate Deo:

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s