La república independiente de mi familia

Unos grandes almacenes se anuncian con el slogan «La república independiente de mi casa». La mía también es una república. ¿Pero cómo me gustaría que fuera esta república? Llena de amores. Porque toda familia debe ser una nación de afectos, un estado de alegría, un país del que te puedes sentir orgulloso, una patria con sensibilidades diferentes que trabajan por un fin único, un territorio donde prima la confianza. Yo reivindico para mi familia un estatus en Naciones Unidas porque en toda familia se debe amar la libertad y el respeto a los demás, reivindicar el derecho a la vida, y a la paz —en toda familia hay que acotar las discordias, las diferencias, las urgencias, los malos rollos, los enfados, los gritos…—, y ser especialistas en resolver conflictos por medios pacíficos —el perdón cuando te has equivocado, el «esto es mío, no me lo cojas», «el tu has dicho y no lo haces», el «obedece a la primera»—, y el esfuerzo por mejorar las condiciones de vida de las personas —«siéntate que estás cansada, ya te lo hago yo», los encargos, el orden, la puntualidad, el compromiso, el me fastidio para hacerte feliz, el mejorar las notas—, fomentar la amistad entre sus miembros —hablar con confianza, abrazar los sinsabores y compartir las alegrías, sufrir con las penas, ensalzar los buenos propósitos y descalificar las mentiras, aplaudir los pequeños logros y perdonar los despropósitos—, fomentar los valores cristianos y velar por el cumplimiento de las normas.
En mi pequeña patria ideal el gobierno corresponde a dos monarcas que deben confesar su gratitud a Dios por el bien sublime de nuestra unión matrimonial y de nuestros hijos, que reinan pero no son absolutistas porque creen en la capacidad de los miembros para ser respetuosos, cumplidores e independientes. Que dan gracias por poder revivir en la vida familiar y conyugal el mismo amor que Dios siente por los hombres, el mismo amor que Cristo siente por su Iglesia.
Mi pequeña patria no debe ser laicista sino un estado confesional que tiene a Cristo en el centro, que no se avergüenza de su fe, sino que la promueve entre sus miembros, con un lenguaje cristiano familiar y sencillo construyendo en torno a sus miembros un edificio espiritual que quier ser sólido, como una roca porque la fe es la roca sobre la que ha de edificarse la esencia espiritual de la familia cristiana. Que ama a la Iglesia y que sabe que en Cristo está la alegría, la sabiduría, el amor, la generosidad, la caridad. Y María, la llena de gracia, es la patrona de esta patria. Y las vierte cada día sobre todos sus integrantes. Y san José, el hombre justo, envuelto en el silencio, comprometido con la fe, es el patrón de este sencillo terruño que ha visto en su figura un espejo donde mirarse.
Y nuestra bandera debe ser el Amor, con mayúsculas, porque toda familia es un canto al cariño, al afecto, a la entrega generosa. Porque la familia, regalo de Dios, es una obra crucial en la Creación, el camino más importante por recorrer del que el hombre no se puede alejar. La familia es siempre perdón, siempre respeto, siempre escucha, siempre compasión, siempre comprensión, siempre comunicación, siempre amistad, siempre unión. La familia es, en definitiva, la esencia misma de Dios. Y los miembros de mi familia deben estar íntimamente unidos a Él.
Puedo intuir el pensamiento de cada uno de los lectores de esta meditación: esta pequeña Iglesia doméstica que es la familia no es perfecta. Tiene sus problemas, diferencias, enfados, sufrimiento, tristeza, falta de compromiso cotidiano… Pero yo afirmo: todo se suple con la entrega generosa y desinteresada y con la oración; es una pequeña escuela de oración, de amistad filial con Dios, un testimonio de caídas y volver a levantarse que la hace muy humana pero también muy de Dios. Y con fidelidad a la Eucaristía, centro de la vida cristiana.
La república independiente de mi familia debería ser un oasis que no quiere independizarse del más grande de sus soberanos: Dios, el rey que cuida de estos humildes súbditos que le rinden honores y alabanzas. Y yo, como ciudadano, ¿contribuyo para que sea así?

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¡Sagrada Familia de Nazaret os pongo frente a vosotros a mi familia! ¡Vosotros que sois el modelo de lo que debe ser una familia cristiana! ¡Iluminad todos nuestros actos para que sean un reflejo vuestro y seamos capaces de seguir siempre vuestros pasos! ¡Os pedimos a que nos ayudéis a rezar sin desfallecer para recibir la luz de Dios y la fortaleza que proviene del Espíritu Santo! ¡Que seáis el centro de nuestra familia! ¡Os consagro mi corazón y el de los míos para que entre nosotros no falte nunca el respeto, ni el amor, ni la caridad, ni la generosidad, ni la comprensión mutua! ¡Querida familia de Nazaret nos encomendamos a vosotros para nunca nos falte el pan de la Palabra ni de la Eucaristía! ¡Gracias, Padre, por mi familia, que en su imperfección es un regalo tuyo, bendícela siempre! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío! ¡Corazón Inmaculado de María, ruega por nosotros! ¡San José, padre adoptivo del Salvador, ten piedad de nosotros!

Esuchamos hoy el canto tradicional católico Jesu Dulcis Memoria compuesto por san Bernardo de Claraval:

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