¡Cuánto cuesta amar de verdad!

Viajando en coche escucho como un locutor le pregunta a un psicólogo, autor de un libro de autoayuda sobre el amor, qué es amar al prójimo. La respuesta me parece decepcionante porque el entrevistado plantea que el hombre es dueño del control de su corazón y éste le permite ser caritativo y gestionar sus emociones. ¡Qué profundamente equivocado! Olvida algo fundamental: cuando el Espíritu establece su morada en el corazón del hombre, es imposible distinguir entre amor a Dios y amor al prójimo, ya que oración y caridad fraterna son dos realidades unidas entre sí. Es la oración la que suscita en el corazón la caridad. Un corazón caritativo es aquel que arde de amor por todo. No olvidemos que un hombre que no cesa de orar, aún por los enemigos de verdad, y por aquellos que le hacen mal, movido por la piedad infinita que brota de su corazón, es el que se asimila a Dios.
De ahí surge el verdadero amor por el prójimo. El psicólogo plantea que “debemos hacer un esfuerzo” para amar a los demás o para vencer una antipatía, resumiendo que el amor al prójimo depende exclusivamente de nuestra buena voluntad. Algo de razón tiene aunque obvia que el amor fraternal surge de nuestra oración, que tiene que sentirse en lo más profundo de nuestro corazón, que es desde donde se derrama el amor.
Con el amor al prójimo sucede lo mismo que con la oración; si pretendemos que surja del exterior, con el esfuerzo de la inteligencia o la voluntad, el fracaso será estrepitoso. Este amor no es una virtud moral porque antes de amar a Dios y al prójimo hay que sentir primero que Dios me ama. La caridad, no lo olvidemos, es fruto de la pascua de Cristo en nuestra vida. Así es fácil comprender que un corazón plenamente insertado en la vida del Espíritu experimente ayudado de la oración diaria un verdadero amor al prójimo. Sólo un corazón sencillo es capaz recibir amor y dar amor.

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¡Señor, manso y humilde de corazón, dame la gracia de adquirir un corazón dócil, paciente y bueno! ¡Dame la capacidad de amar al prójimo! ¡Haz mi corazón semejante al tuyo! ¡María, Madre de Misericordia, llena mi corazón de tu paz y de tu amor, para que sepa amar a mis semejantes como Tú amas a tus hijos! ¡Señor, cuánto me cuesta en tantas ocasiones comprender a los demás! ¡En tantas ocasiones, Señor, cuando hago algo con mi mejor intención otros no lo ven bien o no entienden mi intención, me critican y me juzgan y me entra el desánimo! ¡Tú lo sabes, Señor! ¡Dame fuerza de voluntad para entregarme por amor! ¡Necesito, Señor, tu aliento y tu fuerza para no venirme abajo y seguir haciendo el trabajo que tú me encomiendas! ¡Entrégame Tu corazón, María, para amar más a los demás!

Os presento esta maravillosa y delicada Chanson d’amour renacentista francesa titulada L’amour, la mort et la vie de Clément Janequin que nos habla del amor a los que nos rodean:

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