¿Qué espera Dios de mí?

Viajamos mi hijo pequeño y yo en tren. A mitad de trayecto, mientras contemplamos el paisaje, me pregunta: «Papá, ¿por qué he nacido?». La pregunta es más compleja de contestar que el «¿Cómo he nacido, papá?». Le explico que ha nacido porque papá y mamá se quieren y deseaban tener un hijo al que quererle mucho más. Y que Dios nos ha querido dar este gran regalo que es él. Más tarde en la oración también me pregunto: ¿Por qué he nacido yo? ¿Qué espera Dios de mí? ¿Qué hago yo en este mundo para dejar la huella de Dios a las personas con las que me encuentro cada día?
Nadie nunca nos ha preguntado si deseábamos haber nacido. Somos el producto de la relación de dos personas, pero estamos en este mundo porque Dios ha querido que así sea. En nuestro nacimiento no hemos llegado con las manos vacías. Venimos cargados con una mochila repleta de dones, los dones con los que Dios ha querido obsequiarnos. Sin embargo, estos dones no son frutos maduros sino que se trata de pequeñas semillas que, sembradas desde nuestro nacimiento, hemos de regar y abonar cada día con el fruto de nuestro trabajo, de nuestro esfuerzo, de nuestras ilusiones, de nuestra oración y con el acompañamiento y la ayuda de tantos que caminan junto a nosotros, nos aman y nos ayudan y, sobre todo, de la vida sacramental. Todo unido nos hace crecer para dar frutos de eternidad.
Lo importante es que cada una de las personas que estamos en este mundo tenemos que ser el reflejo de la bondad de Dios. Cada uno con su propia personalidad, originalidad y carácter. Con sus propias esperanzas y anhelos. Pero, en definitiva, el reflejo de la bondad de Dios.
Hay un elemento que une a todos los creyentes: la misión de utilizar esos frutos maduros para transmitir la buena nueva de Jesús. Todo cristiano tiene que ser portador de amor, alegría, de esperanza, de generosidad, de libertad, de solidaridad, de entrega, de perdón, de amor, de ilusión… Ningún cristiano puede renunciar a esta llamada que hace Dios en nuestra vida. Por tanto, nuestra vida, nuestra propia vida es la que habla por nosotros, pero no lo hace desde la palabra, de los hechos, de los acontecimientos de nuestra vida. Lo que nosotros hagamos como cristianos hablará por nosotros.
La madre Teresa de Calcuta decía siempre que “no se acerque a vosotros nadie que no se convierta en alguien mejor y más feliz”. Esta es la misión de nuestra vida. Y este principio es el que responde al gran interrogante de nuestra existencia: ¿qué espera Dios de mí? Sencillamente, ser la imagen de Dios ante los demás.

crecimiento (1)

¡Gracias, Señor, por la vida! ¡Bendito seas, Señor, Dios todopoderoso que me has formado en el vientre de mi madre y que habías pensado en mí antes de mi nacimiento! ¡Bendito sea el gran regalo de la vida que puedo disfrutar gracias al
cuidado recibido de mi padres que me ha ido formando por voluntad tuya! ¡Señor, Dios mío, te doy gracias por mi existencia, por haberme creado de la nada! ¡Pero también, Señor, te pido perdón como hijo que no merece este título cuando no vivo de acuerdo a tus deseos sino a las debilidades de mi naturaleza pecadora! ¡Ayúdame, Señor, a revivir cada día en tu Presencia y hacer siempre Tu voluntad! ¡Te ofrezco también cada una de las vidas inocentes que ha sido despreciadas por sus padres! ¡Perdónales, Señor! ¡Te pido por mis hijos, Señor, para que sean buenos cristianos! ¡Madría, Madre de todos los vivientes, te confío la causa de la vida! ¡Ayúdanos a anunciar con amor y alegría al mundo el Evangelio de la vida! ¡Ayúdanos, también, a ser testimonio de gratitud, de alegría, de verdad para construir la civilización del amor para alabanza y gloria de Dios!

No me mueve mi Dios para quererte, versionado por la hermana Glenda:

https://www.youtube.com/watch?v=4rWrzqHLubA

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