Las caricias de Dios

Leo en una antología de poemas de Jorge Guillén, el poeta e intelectual católico vallisoletano, unos versos hermosos. «Pero más, más ternura trae la caricia. Lentas, las manos se demoran, vuelven, también contemplan». Pienso cuánto estamos los hombres necesitados de ternura. De recibir una caricia amorosa, tierna, afectiva, amiga, fiel… Toda caricia estremece el alma. Imagino también como serían las caricias de la Virgen al niño Jesús y ya, en la vida pública, a ese Cristo que recorre Galilea para anunciar la Buena Nueva a todo el que la quiera acoger en el corazón.
Pienso en las múltiples caricias de Dios en mi vida —¡cada día al despertarme, a media mañana, por la tarde y antes de dormir!— que multiplican en mí tantas fuerzas renovadas, tanto brío en el decaimiento y tanta esperanza en la desazón. Caricias que dejan constancia del milagro de la vida porque las caricias de Dios alimentan la alegría de vivir.
Doy gracias también por esas caricias sutiles y suaves del Señor repletas todas ellas de grandes y pequeñas bendiciones. Y como esas mismas caricias eliminan el dolor de mi corazón y cierran las heridas de mi alma. Caricias que demuestran como Dios me ama con amor eterno para hacerme comprender que todo es un don que viene de Él, que todo es una caricia de su amor.
Y como esas mismas caricias consuelan mi desazón después de mi encuentro con Dios en la confesión. Porque las caricias del perdón de Dios son caricias de amor, de consuelo y de misericordia, son caricias de olvido ante tanto agravio y ofensa a Él.
Como esas caricias me abren a la esperanza para ser consciente de las maravillas que Dios me regala para alcanzar la felicidad, para no sufrir por el futuro y situar mi alma en lo que verdaderamente es trascendente y relativizar lo pasajero de este mundo.
Hoy, como todos los días, es la oportunidad para dejarse acariciar por Dios. Para no apartar el rostro, ni cerrar las manos, ni ladear el cuerpo. Es el momento para sentir la ternura de Dios en nuestra vida que se manifiesta en sus caricias cotidianas. Para sentir en el silencio de la oración las caricias de ese Dios que nos ama y nos espera, para renovar nuestra fe y nuestra esperanza en Él.

ciego

¡Gracias, Buen Jesús, por todas las caricias cotidianas! ¡Gracias por todas las oportunidades que me ofreces cada día para hablarte, para obedecerte y hacer tu voluntad! ¡Perdóname, Señor, por las veces que te has acercado a mí y me he apartado, las veces que me has llamado y me he hecho el sordo! ¡Perdóname, Señor, porque tantas veces me he creído el dios de mi vida, y me he comportado de manera prepotente e indiferente hacia ti y hacia los demás! ¡Te entrego, Señor, mis cosas negativas pero también lo bonito de mi vida! ¡Te ofrezco mi trabajo, mis sueños, mis triunfos y mis caídas, mi salud y la de mi familia y mis amigos, mis esperanzas y mis anhelos! ¡Administralo todo Tú, Señor! ¡Espíritu Santo, dame los dones necesarios para aceptar siempre la voluntad de Dios en mi vida! ¡Lléname de Ti, Señor, para que siempre sea un reflejo tuyo allí donde vaya! ¡Señor, Tú que haces siempre las cosas nuevas, que perdonas siempre y que amas hasta la muerte en la Cruz, no permitas que me aleje de Ti! ¡Qué siempre pueda sentir, Señor, las caricias de tu amor!

Del compositor austriaco Anton Bruckner escuchamos en este este domingo la romántica Misa nº 2 en mi menor escrita por encargo del arzobispo de Linz:

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2 comentarios en “Las caricias de Dios

  1. Hermoso, lo leido y lo vuelvo a leer.
    Al llegar el final del día reviso y descubro cuales fueron sus caricias, es un ejercicio que me ayuda a hacerme más conciente del amor que Dios me tiene. Pero también a ser para otros la caricia de Dios.
    Gracias por esta hermosa reflexión.

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