En el espejo de María Magdalena

Símbolo de la pecadora arrepentida —en definitiva lo que somos todos—, la Iglesia celebra hoy la figura de santa María Magdalena. De ella no me interesa la literatura que ha generado a lo largo de los siglos —repleta de elucubraciones e invenciones— sino la inmensidad de su espiritualidad, profunda y tan cercana al Señor. Esta mujer, que formaba parte del grupo de mujeres que seguían a Jesús junto a sus discípulos, se mantuvo fiel a Cristo hasta su muerte en la Cruz. Ella fue la primera en anunciar la Resurrección del Señor tras encontrarse con Él en el sepulcro.
Impresiona el profundo amor que sentía por el Señor. Como se vacío su alma tras Su muerte en la Cruz, qué profundo desengaño tuvo durante aquella dolorosa Pasión, con qué desesperanza vivió los tres días hasta la Resurrección. Pero un domingo por la mañana, sin compañía alguna, acude al Sepulcro donde se encontrará cara a cara con Cristo. Ella será la que llevará la esperanza a los apóstoles y a todos los discípulos amargados por tanto dolor y desconfiados de la Palabra del Maestro. Ella será la que perseverando en la esperanza transmitirá la fuerza de la esperanza. Es así porque en el corazón de María Magdalena el amor hacia Cristo era un amor ardiente, en absoluto impostado, nada egoísta. Era la donación del amor hacia el Amor. Un amor diferente a Pedro, a Tomás, a Juan o a cualquiera de los seguidores del Señor. Era un amor que implicaba todo el ser. Era el verdadero amor cristiano, la entrega absoluta, el amor auténtico.
Impresiona también la pureza de ese corazón, del corazón de una mujer pecadora —¡Jesús le expulsó siete demonios!—, que amaba profundamente. Tal vez hasta el encuentro con el Señor ese corazón no había sido capaz de abrirse a los demás, darse sin condiciones, entregarse sin contrapartidas. Su alma era, en cierto modo, una especie de vacuidad llena de fuego que clamaba compungida ser llenada por el amor, la misericordia y la esperanza. En Cristo se sintió amada y en ese Amor fue capaz de corresponder a tanto señorío. Permitió que Cristo, el Buen Pastor, entrara en lo más profundo de su corazón herido y aceptó que se hiciese en ella la voluntad del Padre. Me siento muy identificado con la fe de María Magdalena. La suya es una fe más firme que la de cualquiera de sus doce apóstoles en el inicio de la historia de la Iglesia. Todos huyeron e, incluso el que debía ser la roca sobre la que sustentará la Iglesia, le negará tres veces. Pero ella resiste, confía, espera. Su ejemplo es un canto de esperanza para todos los cristianos que creemos en la fuerza del Amor del Padre. Es una llamada a vivir nuestra fe desde la confianza, desde la simplicidad, desde la entrega, desde la pequeñez de nuestra historia, desde la oscuridad de nuestro pecado, desde la llaneza de nuestro pasado, desde la humildad de nuestro presente. A María Magdalena le bastó comprender la inmundicia de su pecado, el ser consciente de su realidad como pecadora, para convertirse en una mujer santa, ejemplo en la Iglesia que fundó Cristo al que tanto amara.
A imitación de María Magdalena, hoy es un día adecuado para dejarnos llenar por Cristo, para experimentarlo en nuestra vida como hizo ella, que aceptó que Dios entrara en su vida para librarle de todos los males pasados y con este gesto tan sencillo y al mismo tiempo tan valiente se cubrió de paz, de bien, de felicidad y de esperanza.

Maria Magdalena

¡María Magdalena, piadosa y valerosa discípula de Jesús, que sepa seguir tu ejemplo de conversión verdadera, que mi vida sea un testimonio de verdad y de esperanza, de arrepentimiento sincero, modelo para todos los que me rodean! ¡Que sepa como tu dar amor y recibir amor, no temer ante las dificultades de la vida! ¡Señor, que como María Magdalena, me ponga a tus pies para encontrar tu amor, tu paz, tu consuelo y tu misericordia! ¡Que como María Magdalena, que tuvo la fortuna de anunciar a tus apóstoles tu Resurrección, que yo sea también una luz en este mundo para llevar tu nombre a los que no te conocen! ¡Señor, como María Magdalena, que sepa reconocer todos los pecados del pasado e iniciar una nueva vida más llena de ti! ¡Quiero serte fiel, Señor, como fue María Magdalena en el Calvario, firme en mi apostolado, enérgico en mis convicciones, dulce en mi amor hacia los demás! ¡Quiero crecer en el amor, Señor, y corresponder a tu amor dando amor! ¡Y como María Magdalena quiero ver tu rostro Señor en este caso en todos los que me rodean y exclamar con orgullo cada día «He visto al Señor» en un actitud de gratitud cotidiana!

Disfrutamos hoy del kyrie de la Missa Marie Magdalene del compositor Alonso Lobo:

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