¿Llorar por mis pecados?

De camino a una reunión entro en un hospital para visitar a un amigo al que han operado. Antes de subir a la habitación entro en la capilla del centro hospitalario. En el interior hay una mujer sollozando. Para mí ha sido también un día duro, de esos que definirías “para ponerse a llorar”. En la entrada varios folletos, uno de ellos con una oración de santa Mónica de consuelo a los que vierten lágrimas.
Lloró también Jesús como lo hacemos los hombres. Las lágrimas de la gente le conmovían. Se estremeció al ver a la viuda de Naim llorando, lloró con la pecadora que llegó a la casa de Simón, lloró por Jerusalén o cuando contempló el desconsuelo de sus amigas Marta y María tras la muerte de Lázaro. Forma parte intrínseca de su humanidad, de esa naturaleza que le hace sufrir con lo mismo que sufrimos todos, prueba manifiesta de que era verdadero hombre y mostrándonos que en toda vida hay alegría y dolor, sufrimiento y esperanza aunque a veces uno se pregunte cómo es posible que puedan ser bienaventurados los que lloran. Incluso, en qué medida puede ser feliz alguien herido por la soledad, el sufrimiento, la enfermedad, el infortunio o la pérdida de un ser querido.
Nuestro llanto, de cualquier tipo, es acogido siempre por Dios que manifiesta en todo momento su consuelo y su amor. Si somos capaces de recibirlo con un fe profunda y con confianza ciega, esa prueba en apariencia tan amarga y difícil de soportar acabará convirtiéndose en una bendición. La dureza del sufrimiento que destruye la alegría terrena nos hará comprender la necesidad de elevar la mirada al Cielo para comprender que en Dios reside el verdadero consuelo.
El dolor de Cristo —sus lágrimas son testimonio de su aflicción— le llevó a resucitar a aquel amigo querido y devolvérselo a sus fieles hermanas; los llantos de Cristo en el huerto Getsemaní, los instantes previos a la Pasión, abandonado ya por todos, y el hiriente sufrimiento en la flagelación primero y en la cruz después, testimonian la gloria de la Resurrección y la victoria sobre la muerte.
Me pregunto hoy porque me lamento tanto por mis problemas y no lloró más por mis pecados. Ya sabemos que el profeta Isaías anunció que la venida del Mesías sería para consolar a los tristes y ofrecer a los afligidos de Sión perfume de alegría en vez de llanto, cantos de alabanza en vez de desesperanza.
Llorar por nuestro pecado supone llevar al corazón la verdadera tristeza de la contrición, del sentido del agravio a Dios, del arrepentimiento sincero, de la necesidad de mendigar el perdón de Dios. ¡Cómo nos cuesta llorar nuestros pecados! ¡Cómo nos cuesta entender que el verdadero dolor, el que desgarra de verdad el corazón, por la comisión del pecado, causa también a Dios un profundo dolor! ¡Qué pocas veces pedimos al Espíritu Santo que nos de la gracia de llorar nuestros pecados! ¡Llorar nuestros pecados! ¡Y no lo hacemos porque los edulcoramos siempre, los acaramelamos con excusas vanas, dándoles una capa de color llamativo para que no se vislumbre que están repletos de miseria! ¡Y qué pocas veces lloramos ante ese Cristo clavado en la Cruz que murió para la remisión de nuestros pecados! ¡Qué ingratos somos los hombres ante el que es el Amor verdadero!

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Comienzo la oración de hoy con la oración impresa en el folleto de Santa Mónica: “Oh Dios, consuelo de los que lloran, que acogiste piadosamente las lágrimas de santa Mónica impetrando la conversión de su hijo Agustín, concédenos, por intercesión de madre e hijo, la gracia de llorar nuestros pecados y alcanzar tu misericordia y tu perdón. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén”. ¡Señor, que sea capaz de llorar mi pecado, de arrepentirme de verdad para romper ese corazón de piedra y convertirlo en un corazón de carne, sensible a la verdad y que rechace el mal! Por eso, hoy confieso ante Dios todopoderoso que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Por eso ruego a santa María, siempre Virgen, a los Ángeles, a los Santos y a vosotros, hermanos, que intercedáis por mí ante Dios, Nuestro Señor.

Jesús secó mis lágrimas, cantamos hoy con Óscar Medina:

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