¡Ábreme la puerta de tu corazón!

El viernes, saliendo de una reunión me venía cómodo entrar a saludar al Señor y en ese momento comienza la Eucaristía. El sacerdote, anciano, antes de dar la bendición dice: «Abramos la puerta de nuestro corazón al Señor». ¡Ábreme la puerta del corazón! Y pienso que esto es lo que nos pide cada día Jesús. Es increíble como el Señor se acerca silencioso a nuestra vida y nos susurra: «¡Ábreme la puerta de tu corazón!». Impresiona como, dándole la espalda tantas veces, el Señor quiere hacernos partícipes de su proyecto de vida. Lo único que nos pide es que abramos la mente, el corazón, el alma, los oídos, los brazos… y escuchemos y atendamos sus señales. La espera de Dios es radicalmente amorosa, es un amor callado y silencioso, que da libertad para que cada uno responda a su llamada.
Esta sencilla plegaria del comienzo de la Eucaristía me llega al corazón. Habla de amor, de fe y de entrega. Y, al regresar de comulgar, no puedo más que exclamar: «Quiero sentirme pobre y pequeño, Señor, como lo fue tu Madre, para que así Dios pueda hacer algo nuevo en mí». La salida del templo es gozosa porque me he sentido, en mi pequeñez, muy amado por ese Señor que ha alimentado con la Eucaristía mi corazón.

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¡María, Señora del amor hermoso, ayúdame a convertirme en un verdadero hijo de la espera, de una espera auténtica que quiere recibir todo de Él y que no se desanime por ser pequeño! ¡Regálame, María, aunque sea un poco de tu fe para que no vacile ni el amor ni en la fe, para que sepa prepararme bien para la llegada de Tu Hijo! ¡Levanta mi fe, Señor, cuando dude de tus promesas y aumenten mis pesares! ¡Haz, Señor, más inmensa mi fortaleza cuando me acosen las dificultades! ¡Dirige mi corazón hacia Ti, Señor, cuando mi interior se acobarde y mi espíritu desfallezca! ¡Sostén mi cabeza cuando se incline y no sea capaz de mirarte! ¡Reorienta mi alma, Señor, cuando me encierre en mi mismo! ¡Reanima mi afán por encontrarte cuando me conforme con lo que veo! ¡Recondúceme, Señor, si me desvío del camino y no soy capaz de buscarte! ¡Hazme ver tu grandeza, Señor, cuando me incline por otros valores! ¡Acércame, Señor, a la humildad y la sencillez cuando me crea único, auto suficiente e invencible!

Hoy nos deleitamos con el Himno a Dios Padre del compositor inglés del barroco Pelham Humphrey:

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