Ofrecer el esfuerzo diario

En el andén de la estación mientras te encuentras paciente para subirte al tren que te llevará de regreso a casa observas como cientos de personas deambulan de un lado a otro aporreando smart phones o utensilios de última tecnología, manteniendo conversaciones telefónicas, contestando whatsApps o escuchando música. Lo mismo sucede cuando te sientas en el vagón. En todas esas personas hay casi siempre un denominador común, seriedad, rictus lacónicos, caras de cansancio. Miras a la gente y bajan los ojos o te desvían la mirada. Me viene a la memoria El Principito de Saint Exupery cuando el joven rubio interpela, extrañado con alma de niño, al serio hombre de negocios que cuenta estrellas. ¡Qué equivocados estamos, qué necios somos, qué ciegos estamos, qué egoístas somos!
Ir por el mundo ¡sí!, por supuesto, pero con alegría, ofreciendo ese esfuerzo diario a Dios para su mayor gloria y redención de las almas. Como me gustaría ir llamando uno a uno y exclamar: ¡¡Cristo ha resucitado, en verdad ha resucitado!!
Santificar el día es convertir en santa la actividad humana de trabajar, de darse a los demás, de sonreír, de hacer bien las cosas pequeñas, de relacionarse con los que nos rodean, de amar, de servir, de ofrecer el cansancio del día a día… teniendo siempre presente a Dios en todo. Solo con esto el rictus cambia porque cuando hay paz y alegría en el corazón todo sale hacia el exterior ¡y el rostro cambia!

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¡Padre, que al entrar en mi lugar de trabajo, en casa o allí donde vaya sepa ofrecértelo todo y darte gracias! ¡Te pido, Señor, que me bendigas con tu orden perfecto, tu paz y tu gracia para sacar adelante mis proyectos y de los que dependen de mí! ¡Te pido, Padre, que bendigas todo lo que se decida, se haga, se piense y se converse en mi entorno con el fin de que sea para gloria tuya! ¡Bendice todos mis proyectos, Señor; todas las ideas y todo lo que realice que más que grandes logros personales sean, sobre todo, testimonios de tu gloria! ¡Bendice también, Señor, a los que trabajan y viven conmigo, a mis amigos, a mis familiares, a mis clientes, a proveedores, a jefes y a todos aquellos con los que me relacione a lo largo del día! ¡Te pido, Señor, me des un corazón humilde y generoso para tratar a la gente con respecto, cariño y amabilidad y no ser indiferente a lo que necesiten de mí! ¡Permite, Señor, que hoy y todos los días sea un ejemplo, que sonría con frecuencia, que de mi boca salgan palabras amables, que no alimente ni rumores ni críticas y que sepa dar apoyo a las necesidades de todos! ¡Dame, Señor, una mente abierta a cualquier idea y proyecto y respetar lo que piensan y dicen los demás! ¡Y, sobre todo, Señor, ayúdame a hacer el bien y a actuar correctamente! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío!

https:/¡Ven Espíritu Santo, ven!

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