¿Temo a la muerte?

Alguien ateo me pregunta si temo a la muerte. Respondo con seguridad que «no» porque la muerte para mí, en este peregrinaje terreno, no es el fin sino el comienzo de la vida verdadera, la vida que anhelo con esperanza: la plenitud en Dios en la vida eterna.
Mi interlocutor se queda contrariado ante la rotundidad de mi respuesta pero desde la iluminación que otorga la fe el cristiano debe contemplar siempre la muerte con mirada de eternidad, de serenidad y de confianza no con los ojos con los que el mundo la vislumbra. Sabiendo lo que nos espera al traspasar el umbral de la muerte uno puede quedar aferrado a esta vida que, en definitiva, es lo único que conoce.
Desde el día de nuestro nacimiento, sobre cada uno de nosotros pende una sentencia de muerte consecuencia del pecado. Hay un recurso a esta sentencia: sabemos que resucitaremos para la vida eterna. Es una esperanza que nos debe llenar de gozo. Incluso mucho más, si tomamos las palabras de san Pablo: «el que resucitó a Jesús de entre los muertos dará también vida a vuestros cuerpos mortales; lo hará por medio de su Espíritu, que ya habita en vosotros».
¡Cómo me gustaría actuar siempre con miras de eternidad! ¡Pero cuesta tanto saber discernir entre lo bueno y lo malo, entre lo positivo y lo negativo, entre lo agradable y lo áspero de las experiencias, de lo hermoso y lo grotesco de la vida! ¡Nos esforzamos en vivir en la comodidad! ¡Nos desgastamos por tener más, invertimos tiempo, esfuerzo y dinero para acaparar más, para ser más, para vivir mejor! ¡Encontramos placer en el cine, en la gastronomía, en la música, en la lectura, en los viajes, en el deporte, en el sexo, en el arte, en el teatro, en compartir con los amigos…! ¡Nos reconocemos por la familia que tenemos, por los amigos que forman nuestro núcleo íntimo, por las posesiones que hemos conseguido o heredado, por el fruto de nuestro trabajo, por el reconocimiento social…! ¡Pero esta mirada es egoístamente terrenal!
No tiene por qué ser algo negativo, pero ¿Cuántas veces al día pienso en la eternidad? ¿Cuántas veces me planteo que el cielo es mi destino y que no hago más que vivir inmerso en lo temporal, en lo cotidiano del día a día, en los problemas que me agobian y no me dejan vivir, como si fuese un ser inmortal que siempre voy a quedarme en la tierra luchando por sobrevivir, como si fuese un Matusalén del siglo XXI batiendo récords de longevidad? ¿Cuántas veces al día me planteo que debo buscar las cosas de arriba, donde está el Señor, y no tanto las de esta tierra? ¿Por qué no me doy cuenta con más frecuencia de que mi vida tiene sus límites y que tarde o temprano me llegará la muerte? ¿Y si esa experiencia me puede sobrevenir en cualquier momento, estoy preparado para recibirla?
¡Tememos y rechazamos a la muerte porque nos falta fe, porque nos produce incertidumbre caer en el abismo de la nada, de lo que no conocemos, de lo que ignoramos! ¡Todo eso nos produce pavor! ¿Pero cómo es posible temer la muerte si el mismo Cristo cruzó su umbral desde la Cruz y es Él quien nos guía para que traspasemos esa oscuridad sin miedo y con confianza?
Para mí, como cristiano, la muerte es una esperanza, prueba de mi precariedad y mi debilidad, pero una esperanza en definitiva. Por eso debo sacar el mayor provecho a esta vida mortal para ejercitar todas las obras de misericordia que pueda ofrecer a mí alrededor, ser testimonio del Evangelio y dador de amor sin contrapartidas porque el día que me sobrevenga la muerte, ya no tendré oportunidad de rectificar. Y cuando el Señor me despierte del letargo de la muerte para someterme al juicio final, me juzgará según el amor que haya sabido practicar en la vida terrenal. ¡Ilumíname, Señor, para entenderlo bien!

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¡Gracias, Señor, porque no abandonas nunca al que confía en tí! ¡Gracias, Señor, por la vida! ¡Gracias, Señor, porque cada día puedo acudir a ti para mendigar tu amor y misericordia! ¡Gracias, Señor, por las semillas de la fe que has plantado en mi corazón y que ha esparcido el Espíritu Santo para que vayan dando frutos! ¡Gracias, Señor, por la salvación que tu nos regalas y que no son merito nuestro sino un regalo de tu amor! ¡Te pido, Señor, que sepa aprovechar cada momento de mi vida para alcanzar la salvación que nos has prometido! ¡Espíritu Santo, envíame tus siete dones para que en mi libertad sepa actuar en mi peregrinaje por la vida! ¡Soy consciente, Señor, que nos serás Tú quien me envíe al cielo o al infierno sino que serán mis actos los que me salven o me condenen! ¡Padre de bondad, que me has creado a imagen y semejanza tuya y has entregado Jesucristo a la muerte por salvarme del pecado, te pido me concedas la gracia de vivir vigilante siempre en oración, para que el día que me llames salga de este mundo sin pecado y pueda descansar en la eternidad cogido a Ti!

Hoy escuchamos el Coro de los Peregrinos de la ópera Tannhaüser de Richard Wagner:

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Un comentario en “¿Temo a la muerte?

  1. Gracias por esta meditación: muy cierto, para los Cristianos el morir es GANANCIA!!! pero no debemos olvidar que nuestro BUEN DIOS es AMOR… y es en este punto, que no comparto ese “temor a la salvación”, porque estoy segura que ÉL comprende nuestro anhelo por vivir con ESPÍRITU ALEGRE y RECTO, y si camino meditando acerca de mi salvación, no viviré de manera coherente y tranquila lo que DIOS quiere de mí y mis hermanos: VIVIR CON AMOR Y DESDE EL AMOR… porque viviré temerosa de lo que me espera; y agradezco infinitamente a nuestro BUEN PADRE, que me hace entender cada día, que si vivo con fe mi camino y con rectitud en los pasos que doy (aún tropezando porque somos imperfectos ya que la PERFECCIÓN es sólo de DIOS) lo que hay después de la vida es hermoso, porque ÉL está allí, morando en ese paraíso de AMOR, y esperándonos con los brazos abiertos…
    Bendiciones:

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