La peor de las mentiras

La peor de las mentiras es, con toda probabilidad, aquella que uno se dice a sí mismo. Cuando alguien miente a otro sabe fehacientemente que está faltando a la verdad, afirmando algo cuando en realidad el escenario o el contexto es diferente o contrario a lo real, aunque se oculte. Se puede convertir en un recurso fácil para salirse de una situación concreta, como consecuencia de una expresión espontánea o por un engaño deliberado. Se miente para exaltarse a uno mismo, por avaricia, para evitar una situación o un sufrimiento, por amor al dinero, para humillar a otros, para aparentar lo que no se es, por causa de la envidia o los celos, para evitar una reprimenda o un castigo, para obtener ventajas injustas…
Sin embargo no hay peor mentira que la que nos decimos a nosotros mismos. Cuando uno se miente a sí mismo pierde la noción absoluta de la realidad de su propia verdad. Somete su autenticidad. Nos convertimos en aquel joven rico que le dice al Señor «Todo lo que me dices lo he cumplido, entonces ¿Qué me falta?». En lo más profundo de su corazón el joven era consciente de su falta de autenticidad.
Cuando en la oración personal no le planteamos al Señor todas nuestras miserias y nuestra enfermedad y le rogamos que las sane, o cuando exponemos nuestra pequeñez a medias o la ocultamos en la dirección espiritual o cuando preferimos por soberbia callar en la confesión aquello que sabemos que hemos errado, la gangrena de la enfermedad acaba supurando en nuestro corazón y la mentira se enzarza en nuestro interior. ¡Cuántas veces se escucha el «¡No tengo pecados. No tengo necesidad de confesarme!». Cuando uno prefiere no ahondar en las enfermedades que provocan heridas en su alma se acaba rechazando todo lo que viene de Dios y comienzan las excusas con argumentaciones y razonamientos de lo más variado para la auto justificación.
Nuestra miseria no debe convertirse en un obstáculo para alejarnos de Dios. Más al contrario, cuando más pequeños y miserables somos en menor medida hemos de resistirnos a la gracia y más hemos de acercarnos al Señor. La sinceridad no exige que uno sea perfecto, sino que sepa reconocer su debilidad y no ocultarla pues el Señor ya nos conoce, sabe de que barro estamos hechos, Él penetra en nuestros pensamientos y distingue nuestros caminos. Antes de que uno hable Él ya conoce las palabras que hurtarán nuestros labios. Este doble conocimiento de la pequeñez de nuestro corazón y de su compasión, es la invitación a entregarnos con sinceridad en manos del médico que todo lo sana.
Sinceros siempre con Dios, con nosotros mismos y con los demás porque sin verdad en el corazón es imposible amar.

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¡Señor, quiero ser auténtico, verdadero y sincero; quiero ser templo tuyo! ¡No permitas que esta oración sea un mero deseo! ¡Señor, en este día quiero pedirte que me ayudes a tener verdadero brillo en mi vida, ese brillo que me hace ser auténtico hijo tuyo! ¡Espíritu Santo fluye en mi interior para que ese río de agua viva transforme mi ser y todo eso opaco que tengo que cambiar en mi interior! ¡Qué seas tú Santo Espíritu de Dios el que me lleve a entregar hoy mi corazón al Señor para ser buen administrador de mi verdad, de todo mi ser! ¡Que aprenda cada día a aprovechar mis capacidades, talentos y tiempo que Tú nos das cada día, Señor, para ser testigo de verdad! ¡Señor, creo que tu puedes eliminar la oscuridad de mi pecado; sólo tú puedes disipar las tinieblas que cubren mi corazón! ¡Te pido la gracia de ser siempre auténtico para abrazar siempre todo lo que haga como verdad cierta! ¡Ayúdame, Señor, a no engañarme con falsos pensamientos y dejarme llevar por mis apetencias! ¡Ábreme, Señor, los ojos y el corazón para que pueda recuperar la verdad sobre mi vida! ¡Ayúdame a resistir la tentación de creer en las mentiras que reprimen la expresión de mi vida y de mi amor! ¡Permíteme ver siempre lo que es y no lo que yo por egoísmo y soberbia quiero ver!

Del compositor barroco Luigi Rossi una pieza que se ajusta muy bien a la meditación de hoy. Se trata del aria Un Peccator Pentito del Oratorio per La Settimana Santa.

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Tolerencia ante el dolor

La tolerancia a la frustración es uno de los elementos que comprometen nuestro dolor en el sufrimiento cualquiera que éste sea porque siempre surge como un chantaje o una amenaza a nuestros deseos. Todos queremos ser felices sin esperas. Pretendemos que nada se interponga nuestro camino por ser felices: ni los problemas económicos, ni nuestros desencuentros con seres queridos, ni la enfermedad propia o de un ser querido, ni los desengaños amorosos o afectivos; ni la desaparición de una persona cercana, o tantas otras “perturbaciones” que ponen en jaque nuestro proyecto de felicidad.
Este aprendizaje que se vincula con la tolerancia a la frustración es imprescindible para aprender a soportar el dolor. ¡Cuántas gente conocemos que se ahoga en un vaso de agua cuanto tiene que afrontar un problema de lo más niño! ¡Cómo adoptan entonces ese rol de víctimas frente a la existencia quejándose de su mala fortuna, entregándose al llanto y al desconsuelo! Sin embargo, también conocemos a muchos que saben afrontar los problemas con entereza, con valentía, con madurez y con amor, y que se fortalecen y maduran a través del dolor.
No podemos depender de las circunstancias para ser felices y vivir consagrados al Señor. Las contrariedades de la vida son oportunidades para el aprendizaje, y hemos de estar decididos a recibirlas con entereza, con espíritu de gallardía, dispuestos a afrontarlas con amor y con sencillez. El secreto se consigna en una frase de san Pablo en su carta a los Filipenses: “Todo lo puedo en Cristo, que me fortalece”. ¡Cuántas veces me ha ayudado esta frase del apóstol de la caridad para entender que la verdadera fuerza proviene de lo Alto! ¡Qué es el Señor , a través del Espíritu Santo, el que lo que nos entrega la fortaleza interior para no sucumbir y salir debilitados de las pruebas la vida!
Cuando alguien vive en el temor es que le falta Cristo en su corazón. Dale al Señor la oportunidad de ser quien hoy te sostenga, te fortaleza y te de esa esperanza que anhela tu corazón.

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¡Señor, me pongo ante tu presencia amorosa, para iniciar mi oración y pedir tu bendición, tu consuelo y tu amor! ¡Señor se que es tu fuerza y tu amor lo que me sostienen! ¡Te pido, Señor, un pequeño impulso para realizar todos los trabajos que tengo que afrontar el día de hoy! ¡Quiero, Señor, en este día llenarme de Ti, de tu presencia, de tu estímulo y de tu misericordia! ¡Señor, tu conoces mi debilidad y las dificultades que me atenazan, que me hacen temer por cosas materiales y profesionales!¡Tu sabes, Señor, cuáles son los dolores de mi corazón! ¡Necesito recibir hoy tu bendición, Señor, para vencer mis inseguridades y caminar seguro cogido de tu mano! ¡Te ofrezco, Padre de bondad y misericordia, todos mis trabajos, mis anhelos, mis esperanzas, mis luchas, mis sacrificios, mis dudas, mis esfuerzos, mis frustraciones…! ¡Hazlo todo tuyo, Señor de la vida y del amor, porque sé que a través de todo ello alcanzaré aquello que me propongo! ¡Señor, gracias por hacerte cargo de mi pequeñez! ¡Gracias, Señor, Padre de bondad, por ayudarme a seguir caminando! ¡Gracias, Señor, por todo lo que me regalas hoy, incluso aquello que se aparta de mi voluntad! ¡Gracias, Señor, por enviar tu Espíritu para iluminar todos mis pasos! ¡Gracias, Señor, gracias!

Del compositor barroco alemán Franz Tunde disfrutamos en esta jornada con su O Jesu dulcisimi:

“Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”

No lo puedo negar. Me siento muy comprometido con la Iglesia, con mi sencilla labor apostólica, con mi humilde servicio a la comunidad, con mi compromiso cristiano como padre de familia. Y hoy estoy especialmente unido a todos mis hermanos en la fe, tomando las palabras de san Juan Bautista del “Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”. Me siento absolutamente unido a la figura de este gran santo, del que hoy celebramos el memorial de su decapitación, porque en él radican los rasgos esenciales del servicio eclesial que todo cristiano debe tener con la Iglesia. San Juan es, fundamentalmente, un creyente que se sintió íntimamente comprometido con su camino espiritual, sustentado en la escucha de la Palabra. Vivió de manera desprendida, sencilla, humilde; no tuvo miedo de proclamar a quien quisiera escucharle cuál era la voluntad de Dios. Y lo hizo sin temor a las represalias que esa actitud pudiera despertar. Ejercitó la humildad como ningún otro, abajándose a si mismo al que llamaban profeta para enaltecer al Señor.
Yo me descubro ante la figura de san Juan. Él, como buen catequista, como buen apóstol, como buen seguidor de Jesús, fija su mirada en Él y no en su propio yo; enaltece al Señor y no busca su propio prestigio; orienta toda su vida en el Señor y no en su ego y su vanidad. Todo en san Juan Bautista va dirigido al Señor, a su presencia y a su misterio. San Juan Bautista, como lo podemos ser tu y yo, no es más que un mediador entre Cristo y los que no conocen a Jesús, un testimonio de la verdad, un testigo de la fe, un trovador de la esperanza y la alegría cristianas.
San Juan Bautista es fiel hasta el final con Jesús, a sus enseñanzas y a la fe. Vive un cristianismo auténtico y no a medida, conforme a la Verdad y no amoldado a las propias circunstancias. Es otro ejemplo más para mi para colaborar con mis pastores en ese esfuerzo cotidiano para hacer que aquellos a los que les hablo de Dios sientan que mi mensaje no traiciona la verdad y la autenticidad de la doctrina de la fe.
Como san Juan creer de verdad en Jesús implica seguirlo con todas las consecuencias mediante el testimonio auténtico de una vida de entrega fiel, generosa y servicial.
En este último sábado de agosto siento la llamada del Bautista a que sin importar las circunstancias, ni si el ambiente es favorable o no, proponer con autenticidad, amor y valentía el Evangelio de Jesús a todas las personas que se crucen en mi camino haciendo de mi vida una catequesis familiar, parroquial, social y profesional.

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¡Señor, hoy quiero pedirte por todos los que proclaman tu palabra con valentía: a sacerdotes, misioneros, catequistas, consagrados y consagradas, laicos y laicas de toda condición, hombres y mujeres misioneros! ¡Señor, pongo también en tus manos a todos los que por proclamar tu palabra y han sido fieles al Evangelio ha padecido sufrimientos, destierro, opresión, abandono, persecución y muerte! ¡Quiero, Señor, proclamar al mundo como grito de esperanza las palabras del Bautista en el desierto del que “Todos verán la salvación de Dios”! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a contribuir en esta misión desde la autenticidad de mi testimonio y desde la humildad de mi trabajo apostólico! ¡María, Virgen Santa, Estrella de la Evangelización, ayúdame a ser dócil a la llamada del Señor y trabajar con humildad en dar a conocer la Verdad de tu Hijo Jesús!

Escuchamos hoy la cantata Christ unser Herr zum Jordan kam, BWV 7 (“Cristo, nuestro Señor, vino al Jordán“) de Juan Sebastian Bach compuesta para el día de san Juan Bautista, que en el país germano se conoce como Johannistag:

Todos somos, en cierta manera, leprosos

Celebramos hoy la solemnidad de san Agustín, el gran pecador que acabó convertido en santo. He releído hace poco sus Confesiones que tanto ayudan acercar mi corazón al corazón de Dios. San Agustín tuvo la lepra del pecado en su corazón pero el acercamiento al Señor sanó su enfermedad y enriqueció su vida.
Un médico especializado en enfermedades tropicales me comentaba hace unos días que, pese a lo que muchos piensan, la lepra no se ha extinguido. Esta enfermedad que ocasiona úlceras en la piel no es contagiosa aunque alguien con falta de higiene y malnutrición podría contagiarse.
En la oración me vienen a la mente las numerosas ocasiones en que en sus caminos por Galilea Jesús se encuentra con algún leproso. No en vano esta enfermedad maldita que estigmatiza a los que la padecen tiene resonancias bíblicas. En el fondo, aunque no tengamos la enfermedad todos somos en cierta manera leprosos. Porque la lepra es una enfermedad crónica, repugnante —como repugnante es el pecado— que convierte a los que la sufren en «muertos vivientes». De hecho, en cada uno de nosotros la lepra se manifiesta de diversas maneras: en la impureza de nuestra vida, en la exclusión por el juicio ajeno, en la falsedad de muchas de nuestras acciones, en la impostura de nuestros actos. Caminamos con frecuencia sobre actuando, maquillando nuestra verdad, alienados, camuflados en una verdad que no es auténtica porque la apariencia es un disfraz que nos sienta mejor que nuestro traje cotidiano.
Somos leprosos y nos convertimos en leprosos cuando proyectamos sobre los demás la teatralidad de nuestra vida, la impostura, la falsedad, el juicio ajeno. Cuando creemos encontrar la Verdad en el prestigio, en la posesión de las cosas materiales, en los cantos de sirena que nos prometen la felicidad inmediata.
Pero al igual que padecemos la enfermedad Jesús nos cura. Se acerca a nosotros para que le reconozcamos como el verdadero Señor, para que nos restaure la dignidad, para que nos devuelva la pureza, la autenticidad, la verdad de nuestra vida, la salud interior, la resistencia al mal a través de la confesión; para que reconozcamos que el Señor vive en nosotros con lo que es necesario despojarnos de las falsas máscaras que esconden nuestro verdadero yo; para experimentar en nuestra vida el milagro del perdón.
Jesús sabe que estamos enfermos de la lepra del pecado, una enfermedad que afecta al alma y al corazón. La única medicina milagrosa que cura esta enfermedad espiritual es acercarse a Él, el único que purifica el alma y el corazón, que está dispuesto a purificar, sanar y limpiar si se le pide con humildad: ¿puedes limpiarme y transformar mi interior?
En Cristo y a través de Cristo podemos cambiar y alcanzar una nueva vida. ¡Dios siempre puede volver a comenzar con nosotros! Ahí está el ejemplo de san Agustín, que vivió gran parte de su vida en la lepra del pecado, pero alcanzó la redención y la revelación gracias a la oración, la contemplación y su apasionada declaración del poder transformador de la fe. Para mi es una esperanza, sabiéndome pecador, que cada día el Espíritu Santo me acompañe en mi camino de conversión, camino que debo andar con humildad hasta el fin de mis días buscando constantemente la verdad, apartando de mi la superficialidad, dando cabida en la morada de mi corazón la serenidad y la alegría, la paz y la fe. Y como san Agustín saber mirar en lo íntimo de mi mismo, aceptando fracasos, tristezas, errores, pero sin detenerme nunca porque buscando a Dios con fuerzas en mi interior, sabiendo que camina a mi lado, avanzaré cada día en mi camino hacia la gloria eterna, mi mayor y más grande aspiración.

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¡Señor, tu sabes de mi pobreza y de mis necesidades, tu conoces la enfermedad de mi corazón, la lepra de mi pecado! ¡Señor, tu sabes que soy pobre, muy pobre, y que tengo que acudir a Ti para que me cures con tu bondad y tu misericordia1 ¡Señor, tengo ganas de seguirte, te pido que me des la mano para peregrinar contigo por la vida sin que me dejes! ¡Señor, sabes que mis pecados me duelen, déjame que recline mi cabeza en tu Corazón Divino para alcanzar el consuelo! ¡Señor, tu sabes que cuando la lepra del pecado inunda mi corazón me falta luz, haz que el Espíritu Santo se convierta en la lámparo de una fe pura y sencilla! ¡Señor, tu sabes que los caminos están sembrados de espinas y recubiertos de piedras, enséñame a andar por ellos con paciencia y valentía! ¡Señor, aspiro a la santidad pero me conoces bien, haz que el Espíritu Santo me envíe sus siete dones para ayudarme en mi camino de perfección! ¡Señor, tu sabes que mi corazón está henchido de soberbia y de orgullo, cúralo tu Señor con tu amor providente! ¡Señor, que mi alma no pierda la belleza, al contrario que sea un alma a imagen tuya! ¡Señor, sabes que soy un pecador, dame un arrepentimiento siempre sincero, siempre amoroso, siempre auténtico! ¡Dales a mis familiares, amigos y compañeros de trabajo los trazos de tu gracia, Señor, porque también ellos están necesitados de Ti! ¡Señor, gracias por tu amor y misericordia! ¡En ti confío, mi Señor!

Tu amor no es de este mundo cantamos hoy con Tercer Cielo:

Amar alguien es…

Hoy es el día de santa Mónica, modelo de madre cristiana y ejemplo de esposa abandonada y madre afligida, que encuentra en la memoria el bálsamo del consuelo, para sanar las penas de su sufrimiento. En las Confesiones, san Agustín elogia a su madre, a la que considera «dos veces madre» y «sierva de los siervos de Dios». Fue mujer de puro amor con una inmensa capacidad de amar. ¿Amar? ¿Cómo estoy yo de amor con mi cónyuge, con mis hijos, con mis amigos…? ¿Comprendo el sentido del amor para darlo de verdad?
Amar a un ser querido es aceptar la ocasión de conocerlo de verdad y disfrutar de la oportunidad de descubrir lo que custodia más allá de sus máscaras, de sus sentimientos y de su autoprotección; vislumbrar con afecto, cariño y ternura sus sentimientos más íntimos, sus incertezas, sus inseguridades, sus temores, sus carencias, sus ilusiones, sus anhelos, sus esperanzas y sus alegrías, su dolor, su sufrimiento, sus heridas y sus esperanzas; es entender que detrás de su coraza de autodefensa o de timidez o de miedo y de sus máscaras, palpita un corazón sensible, tierno y tal vez solitario, probablemente necesitado de una mano amiga, de un abrazo caluroso, de una palabra amable; anhelante de una sonrisa sincera y amorosa en la que pueda sentirse correspondido; es reconocer, con respetuosa compasión, que la falta de paz interior y el desorden en el que uno vive en ocasiones es consecuencia de la ignorancia, de la tristeza o de la inconsciencia, y ser consciente de que si alrededor genera desdichas es probablemente porque se es incapaz de sembrar alegrías; es entender que el vacío interior muchas veces carece de sentido porque el hombre no puede hacer depender su confianza en sus propias fuerzas sino en el Señor; es descubrir, respetar y honrar, con independencia de su carácter, su verdadera identidad, y saber apreciar con franqueza y honestidad su infinita grandeza como una expresión única e irrepetible de la Vida.
Amar a alguien es darle la ocasión de que cualquier opinión sea escuchada con atención, respeto, generosidad e interés sin juzgar ni burlarse; aceptar su experiencia vital sin tratar de cambiarla sino de hacerse partícipe de ella, de comprenderla y respetarla; ofrecer un espacio donde quepa la oportunidad de ser ella misma sin el temor a ser juzgada, en el que haya la suficiente confianza de que pueda abrirse sin sentirse obligada a revelar aquello que considera de su esfera más íntima; es reconocer y defender que tiene el derecho inalienable de escoger su propio camino, por mucho que éste no coincida con el mío sin exigirle que se amolde a mis ideales o que actúe de acuerdo con mis expectativas y planes; es valorar a esa persona por ser quien es, con sus virtudes y defectos, no como desearíamos que fuera; es poner toda la confianza en su capacidad de aprender de sus errores y de levantarse de sus caídas y comunicarle mi fe y confianza para agarrarse a la esperanza.
Amar a alguien es creer en él cuando incluso duda de si misma, tratar de contagiarle la alegría, las ganas de vivir, la esperanza, el entusiasmo cuando está a punto de darse por vencido; darle todo el apoyo cuando le escasean las fuerzas, animarlo cuando titubea o cuando algo lo agobia y acariciarlo con dulzura cuando algo le entristece, sin permitir que su desdicha le aprisione; es disfrutar del simple hecho de estar juntos, libremente y sin ataduras.
Amar a alguien es vivir en la humildad para recibir todo de ella sin representar el papel del que nada necesita; es darle gracias al Señor por habértela puesto a tu lado; es disfrutar de la experiencia aún a sabiendas que el mañana es una incerteza pero que lo cotidiano puede convertirlo en un milagro.
Amar a un ser humano, creación de Dios es, en realidad, amar la auténtica naturaleza del hombre, es amarte a si mismo y amar a Dios por encima de todo.
Amar a otra persona es ver el rostro de Dios en ella. ¿Es así mi amor por los que me rodean? ¡Cuánto camino, Dios mío, para aprender a amar como Tú amaste!

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En este día dedicado a santa Mónica dedicamos esta oración: Padre y Señor nuestro, misericordia de cuantos en ti esperan, tú concediste a tu sierva santa Mónica el don inapreciable de saber reconciliar las almas entre sí y contigo; danos a nosotros el ser mensajeros de unión y de paz en nuestros ambientes, sobre todo en el hogar, y el poder llevar a ti los corazones de nuestros hermanos con el ejemplo de nuestra vida.
Tú que hiciste a Mónica modelo y ejemplo de esposas, de madres y de viudas, concede por su intercesión la paz y mutuo amor a los casados; el celo y la solicitud en la educación de los hijos, a las madres; obediencia y docilidad, a los hijos; la santidad de vida, a las viudas; y a todos, el fiel seguimiento de Cristo, nuestro único y verdadero maestro. Te lo pedimos por el mismo Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Hoy la música es del compositor Marco Frisina y su Cantate al Signore:

En compañía de la mansedumbre

Un amigo me escribe un correo electrónico y acaba diciendo: “le pido a Dios que me de mansedumbre porque me supera”.
Esta es una de las virtudes que más me cuesta también a mí. Sólo el amor es capaz de atemperar la impaciencia que en tantos momentos de nuestra vida nos sacude sin contemplaciones. Debe ser el amor a Dios lo que nos lleva a ejercitar la mansedumbre con dulzura y en el silencio exterior con el fin de disfrutar del interior sintiendo la necesidad de sacrificarse por el Señor, modelo de mansedumbre y humildad, dos actitudes del corazón que deben ir siempre unidas.
La mansedumbre atempera la cólera, los enfados, la actitudes explosivas motivadas por un fracaso o una decepción, la irascibilidad ante un comentario o el enojo ante una palabra que rasga el corazón.
La mansedumbre invita al silencio a no contestar aquella impertinencia, a aceptar ese comentario fuera de tono, a corregir con sencillez y bondad, a dominar los propios instintos.
La mansedumbre apacigua el mal carácter o la excesiva rigidez de nuestros actos, la amargura de nuestra alma, el resentimiento que atraviesa nuestros pensamientos, la frialdad en el trato o la desconfianza ante las personas.
La mansedumbre es fiel compañera de la paciencia, de la caridad y de la humildad. Tres virtudes que cuesta penetrar en el corazón de un ser humano soberbio.

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¡Señor, tu dijiste que los mansos poseerán la tierra, por eso cuando los flujos de la impaciencia dominen mi alma, no permitas que me abrume ni que me enoje, sino ayúdame humilde y tenazmente a ahogarlos! ¡Espíritu Santo, ayúdame a dirigir siempre una mirada hacia el interior de mi alma y de mi corazón, a lanzar una oración en comunión con el Señor con el fin de tener un perfecto dominio de mi voluntad y para transformar la irascibilidad en actos de paciencia para que acaben culminando en actos de amor a Dios y al prójimo por amor a Dios! ¡Espíritu Santo dame la luz y la fuerza para salir siempre de mí y hacer Tu voluntad! ¡Disponme, Espíritu Santo, a tratar de hacer la vida de los que me rodean más agradable, más feliz, más cristiana! ¡María, Señora de la mansedumbre, ayúdame a sonreír siempre, a transmitir cariño, a no imponer mi voluntad, a reprimir el genio, a ser más comprensivo y amable con los que me rodean, a pasar por alto los agravios y a imitar siempre esa actitud humildes y generosa de tu corazón de Madre!

Del compositor italiano Nicolo Porpora disfrutamos de su De profundis clamavi basado en el Salmo 129 para solistas, coro, cuerdas y bajo:

Dios… en el silencio

Las ciudades son ruidosas, ensordecedoras, incluso aplastantes… Caminaba por la principal arteria de mi ciudad con los cascos puestos tratando de escuchar música y la sonoridad acústica no me lo permitía. Por eso me gusta tanto pasear al atardecer por el campo o por la montaña, al ritmo lento de los tiempos, el de las estrellas que van anunciando la noche y de las plantas que no se ven atropelladas ni aplastadas por la fuerza del hombre. Es uno de mis grandes aficiones que comparto con mis dos hijos pequeños, verdaderos enamorados de la naturaleza. Es una manera de llenar el tiempo libre entre conversaciones, rezo del Rosario, risas y correrías.
Nos preguntamos con ansiedad cómo podemos llenar nuestro tiempo de ocio. Conversaciones, confidencias, lectura, música, hamaca, pensamientos, estudio de un problema, reuniones. ¿Por qué no dejar libre el tiempo libre? Es la ocasión de encontrar espacios ocasionales de soledad, serenidad y silencio, en mi caso en la intimidad del campo, de la montaña o del bosque. En ocasiones los murmullos de Dios son tan sutiles que su voz sólo se escucha en el silencio.
Soy partidario de rehabilitar la idea de “perder” el tiempo. No en el sentido de perderlo como lo hace un corazón vacío o un alma adormecida. Sino basado en la idea de “perder” el tiempo como principio de fecundidad que, en definitiva, no es más que el recogimiento interior.
Siempre es más factible encontrar tesoros al azar en mil andares solitarios que los que se localizan en el bullicio del día a día.
Los paseos en los que buscas el encuentro con el Señor en el campo, en la montaña, en el bosque o allí donde sea están rodeados de ese silencio particular que se siente al descender del tren o al apagar el motor del vehículo que te ha traído de la ciudad. Ese silencio convive con la serenata del cantar de los animales, el lamento de un arado, el murmullo del agua que desciende presurosa por su caudal, los jugueteos de las hojas de los árboles, tus propios pasos dejando huella en el camino, la respiración entrecortada al caminar… Todos esos sonidos preservan la calma y llenan y vivifican el silencio.
¡Qué belleza es “perder” el tiempo deleitándose con esa intensa canción de la tierra! Se convierte en un momento ideal para los recuerdos, para las ilusiones del futuro, para los sueños llenos de esperanza, para la conversación familiar y serena con Dios.
¡Qué sensación de unión con el Señor al hablar familiarmente con Él en la soledad y en el silencio de su creación!

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¡Gracias, Señor, por esos silencios que me regalas! ¡Tus silencios son, Señor, la respuesta a muchas de mis preguntas! ¡Son silencios de paz, Señor, y te los agradezco porque aminoran el ruido que me envuelve! ¡Señor, muchas veces comprendo mejor tus silencios que otras respuestas más sonoras que me ofreces! ¡Gracias, Señor, porque en tus respuestas silenciosas hay un amor muy grande! ¡Gracias, Señor, porque aunque no lo merezco y bien lo sabes me inundas de tu luz y de tus silencios! ¡Gracias por esa luz que se origina en tu presencia y gracias por esos silencios tan sublimes que se esconden en mi corazón miedoso! ¡Perdona, Señor, cuando tantas veces interpreto tus silencios como ausencias pero es por mi orgullo y mi soberbia que me ciegan el corazón y me cierran el alma a todo regalo de tu gracia! ¡Gracias, Señor, porque en tu silencio te haces presente en mi vida en cada instante! ¡Gracias, Señor, gracias por todos tus silencios llenos de amor y de misericordia!

Del compositor Brian Cain os invito a escuchar su melodía Walking on the forest tan adecuada a la meditación de hoy:

Decepciones que amargan la existencia

Con cierta frecuencia, la manera en que reaccionamos ante las decepciones llega a ser más debilitadora y dolorosa que esas desilusiones en si mismas. Conozco una persona que se pierde las alegrías de la vida porque no se recobra jamás de las decepciones que padece. Eso le provoca verse inmovilizada por su profunda amargura. Como no es feliz no transmite felicidad. Conozco también personas que viven con la carga pesada de un rencor contra familiares y amigos que, en su opinión, le menospreciaron o humillaron. Lamerse las heridas y no volver a confiar en alguien provoca profundas heridas en el corazón. He pasado alguna vez por esta situación.
Como también he sufrido grandes decepciones, trágicas desde el punto de vista personal. Y, con toda probabilidad, habré generado también grandes decepciones en muchas personas que me rodean. Pero los hombres tenemos siempre la posibilidad de elegir.
Ante una adversidad y de mi subsiguiente decepción siempre pienso que la vida sigue –y seguirá- a pesar del infortunio y la fatalidad. Se trata de esforzarse en aprender de lo sucedido y aceptar las cosas tal como son. Toda decepción es una enseñanza. Si las cosas no salen como está previsto, habrá que hacer lo previsto según las cosas. Si lo consigo, me resultará mas fácil trazar nuevos planes y crear estrategias nuevas de acuerdo con los cambios vividos por esa situación. Pero hay algo más profundo y vital que los creyentes no debemos olvidar nunca: que podemos encontrar consuelo en nuestra fe, confiar en la sabiduría de Dios y la corrección del plan que ha trazado para mi, que soy ese hijo al que el Señor nunca abandona. Es un camino no siempre fácil porque el abandono implica muchas renuncias pero compensa con creces porque la adversidad es más llevadera con la Cruz a cuestas.

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¡Señor, hay día que no me son favorables, que son difíciles de sobrellevar, con tantas decepciones y tanto dolor! ¡Necesito de ti, mi Señor, porque siento que mi corazón se rompe y me falta coraje y valentía para seguir adelante! ¡Ayúdame, Señor, a que surja de mi corazón la fortaleza para amar porque es sencillo amar a los que me corresponden! ¡En estas situaciones, Señor, báñame en el río de tu Espíritu, porque cuando Tú no estás en mi me siento incapaz de conseguirlo! ¡Que no me falte nunca tu gracia, Señor, ni tu aliento, ni tus fuerzas, ni tu presencia! ¡Señor, Tu eres la Roca firme en la que puedo confiar! ¡Espíritu Santo ayúdame a ir a la oración no como un escape para liberar mi dolor sino en busca del Señor, el único que es eternamente fiel y el que me ayuda a superar toda decepción y todo dolor!

La producción religiosa de Beethoven se reduce a pocas obras, aunque algunas piezas tengan un profundo sentimiento litúrgico como el tercer movimiento de su Cuarteto op. 132. Disfrutémoslo:

¿Por qué tengo miedo?

Con frecuencia hay tanta agitación en nuestra vida que estamos demasiado ocupados y cansados para admirar y maravillarnos. Nuestra mente está tan repleta de cuestiones intrascendentes que no hay espacio para la belleza, para lo inesperado.
El miedo forma parte de nuestra vida: ante los problemas económicos, la enfermedad, la ruptura con amigos o en el matrimonio, ante el fracaso profesional, un posible despido… ¡Tantas veces he sentido miedo en mi vida! El motivo principal era que no confiaba en Dios. En su Providencia. No era capaz de admirar todas sus obras en mi vida.
Ahora cuando me atenaza la incertidumbre siempre me acuerdo de la serena autoridad del Señor en la barca cuando hizo calmar las aguas con los apóstoles frenéticos y muertos de miedo. Y, entonces, me digo: “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué tienes miedo?.
El Señor no les reprochó su torpe incapacidad para salvarse de aquella tormenta que amenazaba con hundirlos. Únicamente cuando aquellos hombres, rudos en sus formas y toscos de corazón, dejaron de confiar en sus propias fuerzas y se pusieron en manos del Señor, éste se decidió a hacer el milagro portentoso de calmar las aguas. No fue el sueño del Señor, ni siquiera su inacción, la que les llevó a una situación límite; fue el convencimiento de que no debían rendir y doblegar su autosuficiencia ante la omnipotencia de Dios. Cuando no comprendemos que es nuestra autosuficiencia llena de orgullo y nuestra ceguera para ver al Señor dentro de nuestra barca lo que aletarga y dificulta el poder y la acción de Dios en nuestra vida es cuando nos entra el miedo, la desconfianza y la ansiedad.
Siempre digo que Dios es el Dios del último minuto. Cuando todo parece que está perdido, Él actúa. Y es, entonces, cuando admiro su obra en mí. Y puedo repetir como una dulce serenata en mi corazón: “Estoy tan lleno de admiración por lo que hace por mi que no tengo tiempo para el miedo”. Feliz día a todos.

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¡Señor, necesito que seas la luz que ilumina mi mente que tantas veces vive en la oscuridad, la paz en mi corazón tantas veces revuelto, la sabiduría en mis decisiones tantas veces maquillada por hacer mi propia voluntad, amor en mis relaciones tantas veces presidida por mi egoísmo! ¡Te necesito, Señor, porque sólo Tú eres el que puede calmar mis temores y mis penas! ¡Señor, deposito en Ti toda mi esperanza, para no dar espacio al miedo y a las distintas formas del mal en mi vida! ¡Señor, tu sabes que son muchos miedos me atenazan a diario! ¡Por eso, hoy, te reconozco mis miserias y mi pequeñez y acudo a Ti para que me llenes de tu alegría y tu gozo, para que renueves mi interior confiando en tu ayuda! ¡Señor mío, Tú conoces los vacíos de mi ser, llénalos de tu gracia y de tu amorosa presencia! ¡Sana mi corazón, Señor, y también mis miedos, mis preocupaciones, mis pesares, mis tristezas, mis dolores, mis confusiones…! ¡Renuévame y purifícame con tu Santo Espíritu, Señor! ¡Quiero, Señor, que te acerques a mí para vivir en permanente comunión contigo, para que mis errores y mi pecado no me separen nunca de tu amor! ¡Muéveme, Señor, con tu Santo Espíritu, que me acompañe siempre en todos mis retos y en aquellos momentos de desolación y de flaquezas y me hacen incapaz de continuar la lucha por ser cada día mejor! ¡Señor, en Ti confío!

Una pieza breve, el segundo de los tres motetes que integran el opus 110 de Johannes Brahms:

Ante la grandeza de María…

Cuarto sábado de agosto con María en nuestro corazón. ¡Qué día tan hermoso el de hoy! Una semana después de celebrar la Asunción de la Virgen en cuerpo y alma a la gloria celestial en este día la ensalzamos como Reina universal. Es un día feliz para dar gracias a Dios por habérnosla dado como Madre del Rey de Reyes y Señor de Señores y Madre nuestra, pobres pecadores.
¡Qué hermoso es saber que María es la Reina que recibe de Dios todos los honores y que intercede ante Él por todos nosotros! ¡Qué precioso es sentir que María es la Reina de toda la creación, de los hombres, de la naturaleza, de los ángeles…! ¡Qué consuelo saber que es la Reina del Universo! ¡Reina y Madre! ¡Mirar a María con confianza para reconocerla como la mujer más excelsa en su realeza y podernos abandonar a ella filialmente como madre de todas las gracias! ¡Qué sentimiento de felicidad saber que María participa junto a Cristo en el reinado del mundo para vencer el mal y derrotar al príncipe de las tinieblas! ¡Qué ilusión es poder exclamar como santa Isabel: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre»! ¡Qué gozo entender la radiante y luminosa sublimidad de María! ¡Qué deleite sentirse acompañado siempre de la discípula más fiel de Jesús desde el anuncio del ángel hasta la muerte en la Cruz! ¡Qué contentamiento entender que la esclava del Señor, la que humillada ha sido ensalzada con el título de Reina del reino del Divino Redentor! ¡Qué alivio que María sea la corredentora del género humano y colaboradora eficaz en la obra de la salvación del hombre por esa fidelidad de permanecer sufriente a los pies de la santa Cruz!
¿Pero qué puedo decir yo, hoy, ante la grandeza de María, ante su ternura, ante su poder de Madre de Dios! ¡Sólo exaltarla como hacen los coros de ángeles y santos en el cielo! ¡Gracias, María, Reina y Madre! ¡Totus tuus, María!

coronacion

¡Gracias, María, Reina y Madre, fiel sierva del Señor, que sepa aprender siempre de tu humildad, de aceptar de todo corazón la voluntad del Padre, de amar como amaste Tú, de servir como lo hiciste Tú! ¡Señora, Tú que estás íntimamente unida al corazón de tu hijo en el amor divino, háblale a Dios de mí y de los míos! ¡Santa María, Reina del cielo y Soberana del mundo, Tú que sufriste junto a la cruz de tu Hijo Jesucristo, acoge con tus soberanas manos mi sufrimiento y mis problemas y elévalos al Padre! ¡Señora, Tú que sufres por tus hijos lleva hacia el Padre el sufrimiento de todos los que lo están pasando mal en este mundo para que se haga siempre Su voluntad divina! ¡Guíanos, Señora, tu que moras espiritualmente en nuestro corazón por el itinerario cotidiano! ¡Señora permite que en mi vida haya siempre fe, confianza, testimonio de verdad, santidad, justicia, gracia, buenas obras, amor, caridad, paz y nunca rencor ni odio! ¡Un corazón lleno de las gracias de Dios! ¡Totus tuus, María! ¡Todo tuyo, Madre! Y a ti, Señor que nos has dado como Madre y como Reina, a la Madre de tu Unigénito; concédenos, por su intercesión, el poder llegar a participar en el Reino celestial de la gloria reservada a tus hijos.

Para conmemorar esta fiesta escuchamos hoy el gradual para coro y orquesta de W.A. Mozart Sancta Maria, mater Dei KV 273. Feliz día a todos de la mano de Nuestra Señora.