No deseo más que lo que Tú me das

Recordaba hoy el día en que me detuve durante una excursión por la montaña ahte una pequeña capilla de madera con un crucifijo. Alguien había dejado escrito esta nota: “No deseo más que lo que Tú me das. Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío”. La lectura de esta nota, escrita de manera apresurada, sacudió los cimientos de mi corazón porque llevaba caminando una hora con los casos puestos escuchando música y antes de llegar frente a esta capilla la letra cantaba: “Nada es imposible para ti”. Y lo pienso de verdad. No debemos esperar nada de la oración para nosotros mismos. Es para Dios por lo que hay que orar, no para obtener una satisfacción, ni para tener la sensación de haber orado bien o de poseer un buen método de oración. Si no para aceptar de buen grado lo que Dios nos da.
Me quedé un rato frente al crucifijo. Recé un Padrenuestro y sentí en la oración un fuerte sentimiento de disgusto por mis debilidades, mis faltas y mi miseria. ¿Aceptamos siempre lo que Él nos da y nos ofrece? Me viene a la memoria la parábola del fariseo y el publicano; ambos subieron al Templo para orar pero el Señor se inclinó manifiestamente hacia el segundo, tímido y consciente de sus faltas. A veces mi oración es demasiado exigente, pidiéndole al Señor “¡que ya está bien…!”, pero prefiero delante de Dios ser tal como soy, y aceptar la oración como Dios me la pide y no de otro modo. Tantas veces estoy delante de Dios, no por medio del pensamiento, de la imaginación o de los sentimientos, los cuales quizá vagabundeen por otro lado, sino por el deseo de que se cumpla mi voluntad, constantemente reajustada.
Recuerdo que una monja me dijo una vez que la mejor manera para poder expresar esta voluntad, real sin embargo, es permanecer físicamente presente, de rodillas, a los pies del Santísimo. Con esto basta. Esta aspiración silenciosa de uno hacia Dios, si es auténtica, representa infinitamente más que la repetición de palabras, la meditación o la lectura. En el tiempo de la oración es preciso saber aceptar su voluntad y no avergonzarse de ser sencillamente lo que somos. La vida ideal es aquella donde Dios quiere a cada uno por lo que es abogado o fontanero, médico o basurero, corredor de seguros o agricultor. Tan hermoso es poner ladrillos por amor a Dios, que edificar un estadio de fútbol.
Hay que ir a la oración como se va a la cruz porque en la oración nos asociamos al trabajo de redención que se opera desde el madero santo. ¡Señor, concédeme amarte por encima de todas las cosas y aceptar siempre tu voluntad! ¡Señor, no deseo más que lo que Tú me das!

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¡Sí, Señor, puedo afirmar con certeza que en ti confío! ¡Confío y espero! ¡Y pongo mi vida en tus manos! ¡Y no deseo más que lo que Tú me das! ¡Pongo mis proyectos para que se haga tu voluntad y no la mía! ¡Me abandono plenamente en Ti para que resuelvas toda mi vida conforme a lo que tienes planeado para mí! ¡Qué se haga tu voluntad, Señor, y no la mía! ¡Confío en Ti, Señor! ¡Ayúdame a que mi oración sea humilde y sencilla, que no exija ni se agite! ¡Ayúdame a que mi corazón descanse en paz y no se revuelva ante las angustias y las preocupaciones del día a día! ¡Confío en Ti, Señor! ¡Por eso pongo mi vida en tus manos! ¡No permitas que me crea un dios en minúsculas, que trate de solventar las cosas sin tenerte en cuenta, que me impaciente cuando no consigo lo que me propongo! ¡Ayúdame a vencer los miedos, Señor! ¡Confío en Ti, Señor! ¡Confío en tu misericordia, en tu amor, en tu generosidad! ¡Tanto confío en Ti, Señor, que aquí tienes mi vida, te la entrego toda, me abandono en Ti! ¡Te pongo también la vida de mi familia, de mis amigos, de mis compañeros de trabajo, de los que no me quieren bien y de los que no te conocen! ¡Confío en Ti, Señor! ¡Confío y espero! ¡Y no deseo más que lo que Tú me das!

Hoy, con el compositor austriaco Johann J. Fux y su bellísimo motete De profundis:

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