La autenticidad de nuestra modestia

Segundo fin de semana de agosto con María, ejemplo de modestia, en nuestro corazón. ¡Qué bella virtud la de la modestia! La modestia de la Virgen la logró María —como podemos hacerlo todos nosotros— a la luz de su relación con Dios. La modestia nos sitúa, frente a Dios y frente al mundo, a la altura de los acontecimientos de la vida. Todos necesitamos tener muy presente cuál va a ser el alcance de cada uno de nuestros actos con el fin de mejorar cada día, para perfeccionar nuestras actitudes, para darle sentido a nuestros sentimientos, para moderar nuestras inclinaciones, para que todo aquello que hagamos, digamos o pensemos no se convierta en un festival de absurdos dislates y despropósitos sin sentido.
Es imposible compararse con la modestia de la Virgen, dechado de virtudes y méritos, caritativa en sus gestos, humilde y discreta en sus acciones, pobre en su comportamiento, afable y serena en sus palabras, respetuosa en la dignidad de las personas, dulce en sus modales… fruto todo ello de su unión plena con Dios y atenta y obediente siempre a la voluntad del Padre. Pero debe ser una afán en nuestra vida.
La madurez del hombre que, en definitiva, es lo que subyace en la raíz de la modestia, es la forma de alcanzar el desarrollo integral de la persona que se magnifica en la naturalidad y honestidad de sus actos frente a los demás en la familia, en el trabajo, en las relaciones sociales, en las obligaciones con el Estado, en la soledad de nuestra vida, en la manera de actuar, en la sinceridad de nuestro corazón…
Dios necesita de la autenticidad de nuestra modestia que debe acompañarnos en todos los momentos de nuestra vida, para manifestarse tal cual es; pero no se puede hacer presente si las acciones de nuestra vida carecen de veracidad, integridad, rectitud y honradez, valores que surgen inherentes a la modestia. ¡Debo pedir esta gracia al Espíritu Santo para que mi modestia sea vista con agrado por los ojos de Dios al que con tanto empeño deseo complacer!

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¡Señora, que sepa seguir siempre tu ejemplo de modestia y de humildad en mi trato con los demás y en mi camino cristiano! ¡Señor, dame tu gracia para cumplir con todos con los que trabajo, con mi familia, con mis amigos, con aquellos que se cruzan en mi camino! ¡Ayúdame Espíritu Santo a ser modesto en mis gestos, en mi comportamiento, en mis palabras, en mis opiniones, en mis actitudes, en mi forma de vestir, en mi forma de vivir, en las relaciones con los demás! ¡Qué todo lo que haga esté lleno de autenticidad y sencillez y tome como ejemplo a María! ¡Que sepa siempre dar un paso atrás frente a los demás, dejar que los demás destaquen, no buscar el reconocimiento ni el triunfo personal, pasar desapercibido, que otros sobresalgan por encima de mí y ponerme siempre a disposición del prójimo!

De Wolfgang Amadeus Mozart, en este sábado que tenemos tan presente a la Virgen, escuchamos el Magnificat de sus Vesperae solennes de confessore, K. 339, obra compuesta en 1780.

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