Cuando la Cruz irrumpe en mi vida

Una persona sabia es, a la luz de la revelación de Dios en Cristo, aquella que no pretende ser en nada diferente de como Dios lo ha pensado. Por tanto, tiene la sabiduría y la humildad de saber llenarse a sí mismo de Dios en todos los acontecimientos de su existencia. En el momento en que la Cruz irrumpe como un huracán en el devenir de su vida se produce un nuevo avance o crecimiento en ese camino de llegar a ser uno mismo. Cuando la Cruz se rechaza o se aparca lo único que se consigue es alejarse de uno mismo, y por añadidura, de Dios.
No merece la pena resistirse a lo que Dios nos trae de difícil a nuestra vida porque la Cruz es un vínculo de amor. Hay que estar dispuesto al sufrimiento porque Dios nos prepara una cruz que hay que abrazar con amor pensando en la eternidad y no en nuestra resistencia y nuestro aguante en este peregrinaje. Es verdad, la cruz provoca dolor y sufrimiento. Pero hay que aceptarla para encontrar serenidad, tranquilidad y paz incluso en las tormentas más huracanadas. Si se aparta la cruz colocándola a un lado de las propias circunstancias descubriremos que se harán más pesadas de cargar. Es más complejo sobrellevar el dolor de aguantar la cruz que la cruz misma. ¿Por qué, entonces, no mirar como actúa Dios en cada una de las circunstancia de nuestra vida y someterse con humilde sencillez a su voluntad?

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¡Hazme, Señor, comprender el verdadero camino de la Cruz! ¡Despójame de mi orgullo y mi soberbia para hacerme pequeño postrado a tus pies meditando aquel aparente fracaso revestido de majestuosidad! ¡Que contemplando la Cruz no ambicione nunca, Señor, los éxitos temporales! ¡Que no me entregue a la construcción del Reino de Dios en este mundo amparándome en los resultados exitosos! ¡Que aprenda, Señor, que la eficacia del amor no se manifiesta en la temporalidad de mis éxitos y fracasos sino en mi crecimiento interior! ¡Ayúdame a no hacer nada en esta vida, Señor, que no esté sustentado en la locura grandiosa de la Cruz y que todo lo haga calladamente por amor a Ti y no para alcanzar el reconocimiento social y la recompensa temporal! ¡Dame un corazón caritativo y la magnanimidad para aceptar que, los que no tienen el pensamiento de Cristo en su vida, no me comprendan y lleguen, incluso, a despreciarme! ¡Que nunca, nunca, nunca traicione tu Espíritu, Señor!

Hoy, con Domenico Scarlatti, y una de sus más bellas sonatas:

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