Hacer las cosas bien… y pico

No me canso de repetir a mis hijos que traten de hacer las cosas bien, por su propia satisfacción y por los demás. Me miro al espejo y, echando la mirada atrás, me doy cuenta de las veces que me he equivocado por ir demasiado rápido o por no haber sopesado las cosas debidamente.
Publiqué hace unos años un libro de un motivador empresarial que venía a decir que en la actualidad, debido al entorno competitivo en el que se desarrolla nuestra vida profesional, ya no basta con hacer las cosas bien, hay que hacer las cosas bien y pico.
Cualquiera de nosotros tratamos de hacer las cosas bien hechas. Sin embargo, en muchas ocasiones nuestro empeño y nuestro esfuerzo personal tiene más peso que la actitud de saberse abandonados a la Providencia divina. El hombre no es más que un instrumento. De ahí, que hacer las cosas bien no es más que vivir en la confianza filial de que todo está en manos del Señor, en las manos inseguras de los hombres. Esta perfección sólo se logra cuando se corresponde con amor.
Personalmente soy consciente de las veces que me equivoco cada día, de cómo meto la pata, de cómo me desanimo, de cómo me desengaño por la actitud de alguien… Es lógico porque siempre hay elementos objetivos, un problema en la familia, desajustes económicos, una crítica injusta, una enfermedad, un malentendido que se magnifica… Pero me lleno de fuerza cuando soy consciente de que todos estos momentos se hallan guardados en el corazón de Cristo, que los acoge, los hace propios y los abraza para que yo no desfallezca y siga mi camino hacia el cielo. Soy consciente de que en la tierra nunca alcanzaré la perfección porque el único que lo hizo todo bien fue Cristo. Se lo digo en la oración y siento que los hace propios.
Y ahí radica precisamente la perfección, en que Cristo me amó primero para que, posteriormente, yo sea capaz de descansar en su corazón, amparándome en su ternura. ¡No os parece que es la manera más brillante de hacer las cosas bien!

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¡Señor, te pido que me envíes las fuerzas cada día para hacer las cosas bien, para tener paz y tranquilidad en el alma y en el corazón,
para llenarme de fe y esperanza, para recordarme que siempre caminas a mi lado, que estás conmigo en cada instante de mi vida, que vives en mí y que nunca estoy solo porque tú me acompañas siempre! ¡Señor, desciende sobre mí tus manos poderosas y cuando me veas sin fuerzas ayúdame a levantarme, cuando mi corazón esté angustiado y desesperado y me espíritu esté débil lléname de ti! ¡Escucha, Señor, todas las súplicas que humildemente te hago postrado a los pies de la Cruz y acrecienta mi fe! ¡Te pido, Señor, que tu corazón me proteja siempre y protege también a los míos! ¡Gracias, Señor, por tu infinita misericordia! ¡Espíritu Santo ayúdame siempre a hacer las cosas bien, con amor a Dios y a los demás!

Hoy con el Concierto italiano BWV 971 de J. S. Bach con Albrecht Mayer al oboe:

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