Buscar la belleza

Hoy conmemoramos una de las fiestas más hermosas dedicadas a la Virgen: la de su Asunción, su glorificación en cuerpo y alma al cielo. Esta glorificación es la imagen y principio de esta Iglesia a la que pertenecemos todos y por la que tanto hemos de rezar.
En este día sólo quiero manifestar algo que me sorprende de esta fiesta, un aspecto de la gloria de María en el tiempo actual que vivimos. Esta festividad cae en mitad del mes de agosto, tal vez el día más profano y turístico del año. Parece un contrasentido pero en realidad tiene un transfondo de una gran belleza espiritual. ¿Qué lleva a un turista hacia el mar, la montaña, el campo…? ¿Qué conmueve a un turista de una ciudad monumental, de las obras de arte de un museo, de unas ruinas antiguas…? ¿Qué emociona a los asistentes de los conciertos de verano? La búsqueda de la belleza. La belleza creada por Dios o aquella que ha surgido de la mano del hombre.
Esta festividad de la Asunción de la Virgen no pretende eclipsar toda esa belleza para ensalzar la Suya, ni crear en nosotros un sentimiento de culpabilidad por cómo estamos disfrutando de estas vacaciones, ni disminuir nuestra admiración. Es una llamada a que alabemos la belleza sublime de su Hijo. Contemplar la figura de María, en este meridano del mes de agosto, es dar un paso adelante, es subir un escalón más en nuestra vida. Es una forma de salvarnos de la melancolía. María nos deja muy claro que cuando cerremos los ojos, esas bellezas que hemos contemplado quedarán sólo en la memoria y, entonces, se abrirá en nuestro corazón otra belleza que nunca desaparece: aquella con la que se encontró María cuando entró gloriosa en el cielo.

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A todos, feliz día, con María en lo más profundo de vuestros corazones. Os regalo esta pequeña joya de Dámaso Alonso, un extracto de su excelso Poema a la Virgen María:

Déjame ahora que te sienta humana,
madre de carne sólo,
igual que te pintaron tus más tiernos amantes;
déjame que contemple, tras tus ojos bellísimos,
los ojos apenados de mi madre terrena;
permíteme que piense
que posas un instante esa divina carga
y me tiendes los brazos,
y me acunas en tus brazos,
acunas mi dolor,
hombre que lloro.
Virgen María, madre,
dormir quiero en tus brazos
hasta que en Dios despierte.

Del maestro austriaco Johann Georg Albrechtsberger (1736-1809), contemporáneo de Beethoven y Mozart, disfrutamos hoy con su Missa Assumptionis Beatae Mariae Virginis compuesta en 1802 para el príncipe Esterházy.

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