¡Sígueme!

Llamo un amigo al que tengo que hacerle un encargo. Le pregunto como está y me responde que “dando gracias porque ha salido el sol”. Las cosas no le van bien, como a muchos. Pero es agradecido con el Señor, aunque recién ha sufrido la pérdida de su piso. ¡Qué difícil es la vida hoy! Charlamos un rato antes de llegar a la razón de mi llamada. La conclusión es que hay que ser fuerte ante las dificultades. Hay una palabra muy hermosa que el Señor repite con insistencia: “Sígueme”.
Esta palabra tiene una fuerza extraordinaria, brutal. Es una palabra que implica conversión. Es una palabra que exige tomar la Cruz del día a día y caminar junto al Señor para vivir como Él.
En momentos de problemas, penuria, escasez, sufrimiento, incertidumbres… se hace difícil seguir a Cristo. No tenemos la fuerza para darle un sí valiente, decidido y comprometido. Pero el Señor solo nos pide algo tan sencillo como que cojamos la Cruz y descarguemos sobre ella todos nuestros sufrimientos y pesares.
Él es el que conduce nuestra vida si aceptamos Su voluntad aunque haya días que la desesperanza llene nuestro corazón y nuestra alma pierda la paz. El Señor todo lo tiene previsto. No hay que temer nada porque cada suceso de nuestra vida, por muy doloroso que sea, es un regalo del Señor. Tal vez sea esto lo que vislumbren los ojos de mi amigo. Pero podrían ser también nuestros ojos los que lo vean así. Aquel que está disconforme con su suerte no podrá alcanzar jamás la felicidad, porque no sólo no estará en paz consigo mismo, no lo estará tampoco con Dios. La mejor manera de alcanzar la felicidad es aceptar la voluntad del Señor, que se manifiesta en lo que Él nos pide, lo que permite en nuestras vidas y nos manda, aunque no lo comprendamos en el momento.

S.Giacomo_Schizzo

¡María, que seas Tú la que prepare mi corazón para corresponder mejor a lo que Tu Hijo permite en mi vida! ¡Señor que sepa darte un sí decidido y valiente! ¡Que sepa confiar en tu voluntad sin miedos ni temores! ¡Que sepa caminar a tu lado en el camino de la Cruz! ¡Que acepte tu voluntad con alegría, desprendimiento y amor! ¡Que sepa, Señor, agitar mi corazón con alegría para que no se duerma en la trivialidad de la vida y para que ame como amas Tu! ¡Despierta, Señor, mi sed en Ti para que aunque beba en las aguas de sabor amargo sacie mi vida con ilusión! ¡Que sepa confiar en Tu Palabra, Señor, para que esos ecos confusos que me martillean cada día no me impidan escuchar la verdad del Evangelio! ¡Que sepa, Señor, seguir tu camino siempre con los ojos bien abiertos para reconocerte en las personas que se cruzan en mi vida y en los acontecimientos cotidianos! ¡Señor, te sigo porque quiero vivir de tu fe y ayudar a que Tu Reino se realice en este mundo! ¡Te quiero seguir, Señor, para vivir con esperanza porque sé que Tu nunca me fallas! ¡Espíritu Santo ayúdame a que la llamada de Dios resuene en mi interior y hazme disponible a Dios! ¡Aquí, estoy, Señor, para hacer tu voluntad!

Dedicado a este amigo, en cuyo corazón habrá escrito de alguna manera: Hágase tu voluntad, título de esta canción medieval de Guilleume de Machaut:

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