¿Por qué tengo miedo?

Con frecuencia hay tanta agitación en nuestra vida que estamos demasiado ocupados y cansados para admirar y maravillarnos. Nuestra mente está tan repleta de cuestiones intrascendentes que no hay espacio para la belleza, para lo inesperado.
El miedo forma parte de nuestra vida: ante los problemas económicos, la enfermedad, la ruptura con amigos o en el matrimonio, ante el fracaso profesional, un posible despido… ¡Tantas veces he sentido miedo en mi vida! El motivo principal era que no confiaba en Dios. En su Providencia. No era capaz de admirar todas sus obras en mi vida.
Ahora cuando me atenaza la incertidumbre siempre me acuerdo de la serena autoridad del Señor en la barca cuando hizo calmar las aguas con los apóstoles frenéticos y muertos de miedo. Y, entonces, me digo: “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué tienes miedo?.
El Señor no les reprochó su torpe incapacidad para salvarse de aquella tormenta que amenazaba con hundirlos. Únicamente cuando aquellos hombres, rudos en sus formas y toscos de corazón, dejaron de confiar en sus propias fuerzas y se pusieron en manos del Señor, éste se decidió a hacer el milagro portentoso de calmar las aguas. No fue el sueño del Señor, ni siquiera su inacción, la que les llevó a una situación límite; fue el convencimiento de que no debían rendir y doblegar su autosuficiencia ante la omnipotencia de Dios. Cuando no comprendemos que es nuestra autosuficiencia llena de orgullo y nuestra ceguera para ver al Señor dentro de nuestra barca lo que aletarga y dificulta el poder y la acción de Dios en nuestra vida es cuando nos entra el miedo, la desconfianza y la ansiedad.
Siempre digo que Dios es el Dios del último minuto. Cuando todo parece que está perdido, Él actúa. Y es, entonces, cuando admiro su obra en mí. Y puedo repetir como una dulce serenata en mi corazón: “Estoy tan lleno de admiración por lo que hace por mi que no tengo tiempo para el miedo”. Feliz día a todos.

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¡Señor, necesito que seas la luz que ilumina mi mente que tantas veces vive en la oscuridad, la paz en mi corazón tantas veces revuelto, la sabiduría en mis decisiones tantas veces maquillada por hacer mi propia voluntad, amor en mis relaciones tantas veces presidida por mi egoísmo! ¡Te necesito, Señor, porque sólo Tú eres el que puede calmar mis temores y mis penas! ¡Señor, deposito en Ti toda mi esperanza, para no dar espacio al miedo y a las distintas formas del mal en mi vida! ¡Señor, tu sabes que son muchos miedos me atenazan a diario! ¡Por eso, hoy, te reconozco mis miserias y mi pequeñez y acudo a Ti para que me llenes de tu alegría y tu gozo, para que renueves mi interior confiando en tu ayuda! ¡Señor mío, Tú conoces los vacíos de mi ser, llénalos de tu gracia y de tu amorosa presencia! ¡Sana mi corazón, Señor, y también mis miedos, mis preocupaciones, mis pesares, mis tristezas, mis dolores, mis confusiones…! ¡Renuévame y purifícame con tu Santo Espíritu, Señor! ¡Quiero, Señor, que te acerques a mí para vivir en permanente comunión contigo, para que mis errores y mi pecado no me separen nunca de tu amor! ¡Muéveme, Señor, con tu Santo Espíritu, que me acompañe siempre en todos mis retos y en aquellos momentos de desolación y de flaquezas y me hacen incapaz de continuar la lucha por ser cada día mejor! ¡Señor, en Ti confío!

Una pieza breve, el segundo de los tres motetes que integran el opus 110 de Johannes Brahms:

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