Dios… en el silencio

Las ciudades son ruidosas, ensordecedoras, incluso aplastantes… Caminaba por la principal arteria de mi ciudad con los cascos puestos tratando de escuchar música y la sonoridad acústica no me lo permitía. Por eso me gusta tanto pasear al atardecer por el campo o por la montaña, al ritmo lento de los tiempos, el de las estrellas que van anunciando la noche y de las plantas que no se ven atropelladas ni aplastadas por la fuerza del hombre. Es uno de mis grandes aficiones que comparto con mis dos hijos pequeños, verdaderos enamorados de la naturaleza. Es una manera de llenar el tiempo libre entre conversaciones, rezo del Rosario, risas y correrías.
Nos preguntamos con ansiedad cómo podemos llenar nuestro tiempo de ocio. Conversaciones, confidencias, lectura, música, hamaca, pensamientos, estudio de un problema, reuniones. ¿Por qué no dejar libre el tiempo libre? Es la ocasión de encontrar espacios ocasionales de soledad, serenidad y silencio, en mi caso en la intimidad del campo, de la montaña o del bosque. En ocasiones los murmullos de Dios son tan sutiles que su voz sólo se escucha en el silencio.
Soy partidario de rehabilitar la idea de “perder” el tiempo. No en el sentido de perderlo como lo hace un corazón vacío o un alma adormecida. Sino basado en la idea de “perder” el tiempo como principio de fecundidad que, en definitiva, no es más que el recogimiento interior.
Siempre es más factible encontrar tesoros al azar en mil andares solitarios que los que se localizan en el bullicio del día a día.
Los paseos en los que buscas el encuentro con el Señor en el campo, en la montaña, en el bosque o allí donde sea están rodeados de ese silencio particular que se siente al descender del tren o al apagar el motor del vehículo que te ha traído de la ciudad. Ese silencio convive con la serenata del cantar de los animales, el lamento de un arado, el murmullo del agua que desciende presurosa por su caudal, los jugueteos de las hojas de los árboles, tus propios pasos dejando huella en el camino, la respiración entrecortada al caminar… Todos esos sonidos preservan la calma y llenan y vivifican el silencio.
¡Qué belleza es “perder” el tiempo deleitándose con esa intensa canción de la tierra! Se convierte en un momento ideal para los recuerdos, para las ilusiones del futuro, para los sueños llenos de esperanza, para la conversación familiar y serena con Dios.
¡Qué sensación de unión con el Señor al hablar familiarmente con Él en la soledad y en el silencio de su creación!

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¡Gracias, Señor, por esos silencios que me regalas! ¡Tus silencios son, Señor, la respuesta a muchas de mis preguntas! ¡Son silencios de paz, Señor, y te los agradezco porque aminoran el ruido que me envuelve! ¡Señor, muchas veces comprendo mejor tus silencios que otras respuestas más sonoras que me ofreces! ¡Gracias, Señor, porque en tus respuestas silenciosas hay un amor muy grande! ¡Gracias, Señor, porque aunque no lo merezco y bien lo sabes me inundas de tu luz y de tus silencios! ¡Gracias por esa luz que se origina en tu presencia y gracias por esos silencios tan sublimes que se esconden en mi corazón miedoso! ¡Perdona, Señor, cuando tantas veces interpreto tus silencios como ausencias pero es por mi orgullo y mi soberbia que me ciegan el corazón y me cierran el alma a todo regalo de tu gracia! ¡Gracias, Señor, porque en tu silencio te haces presente en mi vida en cada instante! ¡Gracias, Señor, gracias por todos tus silencios llenos de amor y de misericordia!

Del compositor Brian Cain os invito a escuchar su melodía Walking on the forest tan adecuada a la meditación de hoy:

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