En compañía de la mansedumbre

Un amigo me escribe un correo electrónico y acaba diciendo: “le pido a Dios que me de mansedumbre porque me supera”.
Esta es una de las virtudes que más me cuesta también a mí. Sólo el amor es capaz de atemperar la impaciencia que en tantos momentos de nuestra vida nos sacude sin contemplaciones. Debe ser el amor a Dios lo que nos lleva a ejercitar la mansedumbre con dulzura y en el silencio exterior con el fin de disfrutar del interior sintiendo la necesidad de sacrificarse por el Señor, modelo de mansedumbre y humildad, dos actitudes del corazón que deben ir siempre unidas.
La mansedumbre atempera la cólera, los enfados, la actitudes explosivas motivadas por un fracaso o una decepción, la irascibilidad ante un comentario o el enojo ante una palabra que rasga el corazón.
La mansedumbre invita al silencio a no contestar aquella impertinencia, a aceptar ese comentario fuera de tono, a corregir con sencillez y bondad, a dominar los propios instintos.
La mansedumbre apacigua el mal carácter o la excesiva rigidez de nuestros actos, la amargura de nuestra alma, el resentimiento que atraviesa nuestros pensamientos, la frialdad en el trato o la desconfianza ante las personas.
La mansedumbre es fiel compañera de la paciencia, de la caridad y de la humildad. Tres virtudes que cuesta penetrar en el corazón de un ser humano soberbio.

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¡Señor, tu dijiste que los mansos poseerán la tierra, por eso cuando los flujos de la impaciencia dominen mi alma, no permitas que me abrume ni que me enoje, sino ayúdame humilde y tenazmente a ahogarlos! ¡Espíritu Santo, ayúdame a dirigir siempre una mirada hacia el interior de mi alma y de mi corazón, a lanzar una oración en comunión con el Señor con el fin de tener un perfecto dominio de mi voluntad y para transformar la irascibilidad en actos de paciencia para que acaben culminando en actos de amor a Dios y al prójimo por amor a Dios! ¡Espíritu Santo dame la luz y la fuerza para salir siempre de mí y hacer Tu voluntad! ¡Disponme, Espíritu Santo, a tratar de hacer la vida de los que me rodean más agradable, más feliz, más cristiana! ¡María, Señora de la mansedumbre, ayúdame a sonreír siempre, a transmitir cariño, a no imponer mi voluntad, a reprimir el genio, a ser más comprensivo y amable con los que me rodean, a pasar por alto los agravios y a imitar siempre esa actitud humildes y generosa de tu corazón de Madre!

Del compositor italiano Nicolo Porpora disfrutamos de su De profundis clamavi basado en el Salmo 129 para solistas, coro, cuerdas y bajo:

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