Todos somos, en cierta manera, leprosos

Celebramos hoy la solemnidad de san Agustín, el gran pecador que acabó convertido en santo. He releído hace poco sus Confesiones que tanto ayudan acercar mi corazón al corazón de Dios. San Agustín tuvo la lepra del pecado en su corazón pero el acercamiento al Señor sanó su enfermedad y enriqueció su vida.
Un médico especializado en enfermedades tropicales me comentaba hace unos días que, pese a lo que muchos piensan, la lepra no se ha extinguido. Esta enfermedad que ocasiona úlceras en la piel no es contagiosa aunque alguien con falta de higiene y malnutrición podría contagiarse.
En la oración me vienen a la mente las numerosas ocasiones en que en sus caminos por Galilea Jesús se encuentra con algún leproso. No en vano esta enfermedad maldita que estigmatiza a los que la padecen tiene resonancias bíblicas. En el fondo, aunque no tengamos la enfermedad todos somos en cierta manera leprosos. Porque la lepra es una enfermedad crónica, repugnante —como repugnante es el pecado— que convierte a los que la sufren en «muertos vivientes». De hecho, en cada uno de nosotros la lepra se manifiesta de diversas maneras: en la impureza de nuestra vida, en la exclusión por el juicio ajeno, en la falsedad de muchas de nuestras acciones, en la impostura de nuestros actos. Caminamos con frecuencia sobre actuando, maquillando nuestra verdad, alienados, camuflados en una verdad que no es auténtica porque la apariencia es un disfraz que nos sienta mejor que nuestro traje cotidiano.
Somos leprosos y nos convertimos en leprosos cuando proyectamos sobre los demás la teatralidad de nuestra vida, la impostura, la falsedad, el juicio ajeno. Cuando creemos encontrar la Verdad en el prestigio, en la posesión de las cosas materiales, en los cantos de sirena que nos prometen la felicidad inmediata.
Pero al igual que padecemos la enfermedad Jesús nos cura. Se acerca a nosotros para que le reconozcamos como el verdadero Señor, para que nos restaure la dignidad, para que nos devuelva la pureza, la autenticidad, la verdad de nuestra vida, la salud interior, la resistencia al mal a través de la confesión; para que reconozcamos que el Señor vive en nosotros con lo que es necesario despojarnos de las falsas máscaras que esconden nuestro verdadero yo; para experimentar en nuestra vida el milagro del perdón.
Jesús sabe que estamos enfermos de la lepra del pecado, una enfermedad que afecta al alma y al corazón. La única medicina milagrosa que cura esta enfermedad espiritual es acercarse a Él, el único que purifica el alma y el corazón, que está dispuesto a purificar, sanar y limpiar si se le pide con humildad: ¿puedes limpiarme y transformar mi interior?
En Cristo y a través de Cristo podemos cambiar y alcanzar una nueva vida. ¡Dios siempre puede volver a comenzar con nosotros! Ahí está el ejemplo de san Agustín, que vivió gran parte de su vida en la lepra del pecado, pero alcanzó la redención y la revelación gracias a la oración, la contemplación y su apasionada declaración del poder transformador de la fe. Para mi es una esperanza, sabiéndome pecador, que cada día el Espíritu Santo me acompañe en mi camino de conversión, camino que debo andar con humildad hasta el fin de mis días buscando constantemente la verdad, apartando de mi la superficialidad, dando cabida en la morada de mi corazón la serenidad y la alegría, la paz y la fe. Y como san Agustín saber mirar en lo íntimo de mi mismo, aceptando fracasos, tristezas, errores, pero sin detenerme nunca porque buscando a Dios con fuerzas en mi interior, sabiendo que camina a mi lado, avanzaré cada día en mi camino hacia la gloria eterna, mi mayor y más grande aspiración.

leper

¡Señor, tu sabes de mi pobreza y de mis necesidades, tu conoces la enfermedad de mi corazón, la lepra de mi pecado! ¡Señor, tu sabes que soy pobre, muy pobre, y que tengo que acudir a Ti para que me cures con tu bondad y tu misericordia1 ¡Señor, tengo ganas de seguirte, te pido que me des la mano para peregrinar contigo por la vida sin que me dejes! ¡Señor, sabes que mis pecados me duelen, déjame que recline mi cabeza en tu Corazón Divino para alcanzar el consuelo! ¡Señor, tu sabes que cuando la lepra del pecado inunda mi corazón me falta luz, haz que el Espíritu Santo se convierta en la lámparo de una fe pura y sencilla! ¡Señor, tu sabes que los caminos están sembrados de espinas y recubiertos de piedras, enséñame a andar por ellos con paciencia y valentía! ¡Señor, aspiro a la santidad pero me conoces bien, haz que el Espíritu Santo me envíe sus siete dones para ayudarme en mi camino de perfección! ¡Señor, tu sabes que mi corazón está henchido de soberbia y de orgullo, cúralo tu Señor con tu amor providente! ¡Señor, que mi alma no pierda la belleza, al contrario que sea un alma a imagen tuya! ¡Señor, sabes que soy un pecador, dame un arrepentimiento siempre sincero, siempre amoroso, siempre auténtico! ¡Dales a mis familiares, amigos y compañeros de trabajo los trazos de tu gracia, Señor, porque también ellos están necesitados de Ti! ¡Señor, gracias por tu amor y misericordia! ¡En ti confío, mi Señor!

Tu amor no es de este mundo cantamos hoy con Tercer Cielo:

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