La peor de las mentiras

La peor de las mentiras es, con toda probabilidad, aquella que uno se dice a sí mismo. Cuando alguien miente a otro sabe fehacientemente que está faltando a la verdad, afirmando algo cuando en realidad el escenario o el contexto es diferente o contrario a lo real, aunque se oculte. Se puede convertir en un recurso fácil para salirse de una situación concreta, como consecuencia de una expresión espontánea o por un engaño deliberado. Se miente para exaltarse a uno mismo, por avaricia, para evitar una situación o un sufrimiento, por amor al dinero, para humillar a otros, para aparentar lo que no se es, por causa de la envidia o los celos, para evitar una reprimenda o un castigo, para obtener ventajas injustas…
Sin embargo no hay peor mentira que la que nos decimos a nosotros mismos. Cuando uno se miente a sí mismo pierde la noción absoluta de la realidad de su propia verdad. Somete su autenticidad. Nos convertimos en aquel joven rico que le dice al Señor «Todo lo que me dices lo he cumplido, entonces ¿Qué me falta?». En lo más profundo de su corazón el joven era consciente de su falta de autenticidad.
Cuando en la oración personal no le planteamos al Señor todas nuestras miserias y nuestra enfermedad y le rogamos que las sane, o cuando exponemos nuestra pequeñez a medias o la ocultamos en la dirección espiritual o cuando preferimos por soberbia callar en la confesión aquello que sabemos que hemos errado, la gangrena de la enfermedad acaba supurando en nuestro corazón y la mentira se enzarza en nuestro interior. ¡Cuántas veces se escucha el «¡No tengo pecados. No tengo necesidad de confesarme!». Cuando uno prefiere no ahondar en las enfermedades que provocan heridas en su alma se acaba rechazando todo lo que viene de Dios y comienzan las excusas con argumentaciones y razonamientos de lo más variado para la auto justificación.
Nuestra miseria no debe convertirse en un obstáculo para alejarnos de Dios. Más al contrario, cuando más pequeños y miserables somos en menor medida hemos de resistirnos a la gracia y más hemos de acercarnos al Señor. La sinceridad no exige que uno sea perfecto, sino que sepa reconocer su debilidad y no ocultarla pues el Señor ya nos conoce, sabe de que barro estamos hechos, Él penetra en nuestros pensamientos y distingue nuestros caminos. Antes de que uno hable Él ya conoce las palabras que hurtarán nuestros labios. Este doble conocimiento de la pequeñez de nuestro corazón y de su compasión, es la invitación a entregarnos con sinceridad en manos del médico que todo lo sana.
Sinceros siempre con Dios, con nosotros mismos y con los demás porque sin verdad en el corazón es imposible amar.

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¡Señor, quiero ser auténtico, verdadero y sincero; quiero ser templo tuyo! ¡No permitas que esta oración sea un mero deseo! ¡Señor, en este día quiero pedirte que me ayudes a tener verdadero brillo en mi vida, ese brillo que me hace ser auténtico hijo tuyo! ¡Espíritu Santo fluye en mi interior para que ese río de agua viva transforme mi ser y todo eso opaco que tengo que cambiar en mi interior! ¡Qué seas tú Santo Espíritu de Dios el que me lleve a entregar hoy mi corazón al Señor para ser buen administrador de mi verdad, de todo mi ser! ¡Que aprenda cada día a aprovechar mis capacidades, talentos y tiempo que Tú nos das cada día, Señor, para ser testigo de verdad! ¡Señor, creo que tu puedes eliminar la oscuridad de mi pecado; sólo tú puedes disipar las tinieblas que cubren mi corazón! ¡Te pido la gracia de ser siempre auténtico para abrazar siempre todo lo que haga como verdad cierta! ¡Ayúdame, Señor, a no engañarme con falsos pensamientos y dejarme llevar por mis apetencias! ¡Ábreme, Señor, los ojos y el corazón para que pueda recuperar la verdad sobre mi vida! ¡Ayúdame a resistir la tentación de creer en las mentiras que reprimen la expresión de mi vida y de mi amor! ¡Permíteme ver siempre lo que es y no lo que yo por egoísmo y soberbia quiero ver!

Del compositor barroco Luigi Rossi una pieza que se ajusta muy bien a la meditación de hoy. Se trata del aria Un Peccator Pentito del Oratorio per La Settimana Santa.

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