«¡Dadles de comer!»

Voy caminando por la calle, absorto en mis problemas, en mis preocupaciones, tratando de atisbar una solución a aquella contrariedad que tanto me agobia. En la parada del bus la marquesina llama mi atención. Es un anuncio de Unicef: «Cada veinte segundos muere un niño por falta de vacunas». Hago el cálculo con la calculadora del teléfono y la cifra me parece aterradora. No puedo más que cerrar los ojos y rezar una oración por todos esos niños —y sus padres, parte también del sufrimiento— que en el momento de mi oración perecerán por falta de algo tan simple como una vacuna. Mientras gentes de todas las razas mueren yo camino con mi queja a Dios porque no se me soluciona un problema que me agobia. El cansancio vital es un sentimiento que tenemos todos los hombres. Proviene de las cargas profesionales, de los desgarros familiares, de los agobios cotidianos, de los problemas de todo tipo que convierten nuestro caminar en un tormento y provoca que desde el fondo de nuestro ser broten lamentos de amargura y aflicción. ¡Cuánto deseamos los hombres liberarnos del peso de la responsabilidad y el gravamen de la preocupación por los problemas del prójimo! Pero entonces, surgen los rostros desenfocados de tantos miles y miles de personas que no conocemos que padecen sin merecerlo, sin culpa propia por la carestía del agua, de la lluvia, del amor, de la vacunas, de los alimentos, de la corrupción, de la persecución religiosa, de la irresponsabilidad, de la falta de coherencia, de las enfermedades… La tentación más común es evadir esos sufrimientos del corazón pues en realidad nada podemos hacer nosotros que ya bastante tenemos con cargar con nuestras penas y nuestros sufrimientos.
Parado en la marquesina del bus mi mirada queja fija en la imagen de este niño llorando que ilustra el anuncio. Me viene a la memoria las palabras de Jesús en el monte de la multiplicación de los panes y los peces: «¡Dadles de comer!». ¡Cómo me gustaría, Señor, hacer como hicieron los discípulos y poder repartir los míseros cinco panes y dos peces que tu convertiste en miles de panes entre tantos hambrientos de este mundo! ¡Pero eso es imposible! ¿Qué puedo hacer yo, entonces, para no vivir centrado en mi yo y contribuir a cambiar el mundo?
Seguir la enseñanza de Jesús. Tomar en serio su palabra: «¡Dadles de comer!». Eso implica aparcar mi egoísmo, dejar de lado mis intereses personales —por muy genuinos, justificados y determinantes que los considere—, compartir lo poco que tengo —el diezmo no es una idea, es una exigencia, en la riqueza y en la pobreza—, repartir alegría, amor, generosidad, entrega… en definitiva, poner todo a disposición de los demás viéndolo como una entrega al Señor. Todo lo que se hace por amor a Dios se acrecienta con creces y se produce entonces ese milagro inesperado que se vierte como una luz de esperanza sobre el mundo entero.
«¡Dadles de comer!». ¡Menudo desafío! Con un mínimo de entrega y de generosidad para desistir a parte de lo que me aferra a lo material y una mínima capacidad para desapegarme de mi yo aparcando mis problemas, a no preocuparme tanto de mi mismo y de las cuestiones secundarias que en tantas ocasiones distraen mi vida y haciendo pequeños sacrificios por el sufrimiento de los demás estoy convencido que cambiaría la faz de este mundo lleno de miserias.
«¡Dadles de comer!». Mi vocación de cristiano debería consistir en ser, al igual que el Señor, en pan partido para dar vida a este mundo mortecino. ¿Te unes a esta misión?

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¡«Dadles vosotros de comer»! ¡Este es tu mandato, Señor! ¡Tú nos ponemos la responsabilidad de cuidar al mundo y sentir como propias las necesidades de mis hermanos, en especial los ancianos, los niños, los que sufren, los que son perseguidos por causa tuya, los desamparados, los débiles, los abandonados, los que son parias de la sociedad! ¡Señor, ayúdame a vaciar mi alforja, a ir ligero por este mundo, a caminar sin cargas materiales, a preocuparme de los problemas de los que me rodean, a compartir mi tiempo con los que más lo necesitan y lo pongo que tengo con los que más lo necesitan! ¡Señor, levanto los ojos al cielo y te doy gracias por tantos dones que me entregas a pesar de los problemas y los sufrimientos! ¡Espíritu Santo, ayúdame a no vivir centrado en mí mismo sino para los demás, a ser paciente con los que me rodean, a ser humilde como lo fue María, a dejar de lado los rencores y la envidia para sustituirlo por el servicio y la alegría! ¡Señor, tú eres el Pan vivo bajado del cielo y yo en esta tierra quiero ser levadura para convertirme en pan para el prójimo que me rodea!

Del compositor francés André Campra (1660-1744) os ofrezco este bellísimo motete a dos voces titulado Cum invocarem exaudit me Deus:

¡Conviértete en concha! ¡Imita la fuente!

Soy un enamorado del arte cisterciense. Durante algunos años dediqué parte de mi tiempo libre a conocer las abadías que los monjes de esta orden religiosa construyeron por Europa a partir del siglo XII en ese deseo de ir eliminando de la espiritualidad la vida temporal. Sus edificios, inscritos a finales del románico, buscan ahondar en los principios de la orden que promueven la sobriedad, la pobreza y el ascetismo. Así, sus construcciones prescinden de ornamentación innecesaria creando espacios conceptuales muy originales, muy limpios, de una gran pureza.
Fue San Bernardo, el fundador de la orden, de quien hoy celebramos la onomástica, el que redactó los principios básicos de cómo debían ser sus construcciones, lugares que inspiraran el silencio y la contemplación. La mayoría de los monasterios están alejados del bullicio de las grandes urbes y se localizan en el campo, en entornos de una gran belleza paisajística que permiten en el silencio del cenobio un contacto más intenso y profundo con Dios.
San Bernardo de Claraval fue un personaje clave en el medievo europeo y uno de los grandes santos que impulsaron el cristianismo en Europa. Fue un maestro de la vida interior y de la vida de oración, un apóstol de la paz y de la unión, testigo de un profundo y anhelante amor a Dios y a María. Han pasado siglos desde que falleciera este santo fundador pero sigue siendo un testimonio de luz ardiente que ilumina el camino de tantos cristianos que vivimos adormecidos en el fragor de lo cotidiano, del ruido exterior y de las prisas del día a día. Recuerdo en la entrada de un monasterio cisterciense de la Baja Austria esta inscripción de san Bernardo: «Conviértete en concha. Busca. Sumérgete. Imita a la fuente. Y no quieras ser más fecundo que Dios».
Estas palabras deberían resonar con gran fuerza en el corazón de todo cristiano. Me han venido a la mente porque tantas veces me desanimo por la ineficacia de mi labor apostólica, por lo acomodaticio de mi vida de oración, por mi falta de fe en los designios que Dios tiene pensado para mí. Pero esta inscripción es una invitación al todo. A alegrarse. A convertirse en concha que, sumergida en el cenagal de nuestra vida, puede salir al exterior llena del agua viva de Dios y convertirse en fuente de alegría primero interior y, después, para los demás. Fuente que vierte agua de esperanza, de amor, de fe, de confianza, de ilusión, de espera… de vida plena con Dios y para Dios.
La ausencia de distracciones arquitectónicas facilitaba a los monjes cistercienses la vida de oración. En realidad, nosotros sólo necesitamos a Dios, que es el principio y fin de todo, y despojarnos de todo lo demás para una sencilla relación con Él. ¡Qué sencillo es todo en realidad y que complicado lo hacemos siempre!

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San Bernardo es autor de una de las oraciones más hermosas que jamás se han compuesto para alabar a Nuestra Señora. Es la oración del Acordaos, una oración de confianza en María, la Madre clementísima siempre pendiente de las necesidades de sus hijos. ¡Señora, sin tu ayuda sé que no seré capaz de vencer la batalla contra el enemigo y luchar en esta vida para alcanzar la gloria del cielo! ¡Por eso en este día, Señora, te imploro humildemente reconociéndome como hijo tuyo con esta oración de san Bernardo!
Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María!, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestro auxilio, haya sido desamparado de Vos. Animado por esta confianza, a Vos acudo, Madre, Virgen de las vírgenes, y gimiendo bajo el peso de mis pecados me atrevo a comparecer ante Vos. Madre de Dios, no desechéis mis súplicas, antes bien, escuchadlas y acogedlas benignamente. Amén.

Del compositor francés Marc-Antoine Charpentier presento hoy el motete a la Virgen titulado Memorare, o piissima virgo H 367. Se trata de la oración de san Bernardo, Acordaos, oh piadosísima Virgen María.

Los caminos de nuestra vida

Al finalizar la comida en un comedor social la hermana responsable de la sala pide a un voluntario que rece una oración de agradecimiento por los alimentos recibidos. Este hombre, que lleva muchos años dando servicio en este hogar donde la providencia divina obra milagros, concluye con estas palabras: “Señor, haz que mi alma se llene de paz, porque así estaré más cerca de ti y de los demás”.
Una manera hermosa de terminar una oración. Mientras nos dirigimos a la salida comparto con él su rezo. Su respuesta es determinante: “Trato de que en mi corazón siempre haya mucha paz, porque de esta manera siento que hago lo que es voluntad del Señor”. Así es. Si lo meditamos bien cuando el ser humano acepta de manera humilde y generosa la voluntad de Dios nada debe temer. Con paz interior, ni las preocupaciones, ni las enfermedades, ni los desencuentros con amigos y familiares, ni los fracasos personales, ni los problemas económicos o profesionales, perturbarán lo más profundo de nuestra alma. Porque con Dios en nuestro corazón siempre reinará el amor y la paz.
El problema radica en que son muchas las ocasiones en las que tratamos de actuar con criterios humanos y no entendemos que el Señor tiene preparados caminos diferentes para cada una de las situaciones de nuestra vida. A mí me sucede que cuando no acepto, o no comprendo, la voluntad de Dios, mi corazón no descansa en paz. Y eso sucede cuando no coincide con mis deseos personales.
Es incontestable que la voluntad de Dios se producirá en nosotros tanto si lo deseamos como si no. Así que no podemos más que aceptar esa voluntad con alegría generosa y paz en el corazón. Es lo que nos dará la confianza aunque no entendamos la situación.
La voluntad de Dios no es negociable. Por eso, con tanta frecuencia, conviene exclamar: “Ven, Espíritu Santo, que seas Tú el que me guíe correctamente en las decisiones de mi vida para aprender a aceptar con humildad y generosidad aquello que el Señor me tiene preparado”.

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¡Ven, Espíritu Santo, que seas Tú el que me guíe correctamente en las decisiones de mi vida para aprender a aceptar con humildad y generosidad aquello que el Señor me tiene preparado! ¡Señor, haz que mi alma se llene de paz, porque así estaré más cerca de ti y de los demás! ¡Señor, dame control y serenidad para aceptar lo que es tu voluntad con humildad y sabedor que aunque ahora no lo entienda tu conoces lo que es mejor para mí! ¡Estoy lleno de buenos deseos, Señor, pero ya sabes que me dejo llevar por mis criterios y no por tu voluntad! ¡Gracias, Señor, porque me haces comprender cuán equivocado estoy! ¡Gracias, porque en el silencio de la oración me permites descubrir que algunas cosas que me han sucedido no eran como las había planificado o pensado! ¡Perdona, Señor, porque entrar en tu tiempo me lleva mucho tiempo pero ya conoces de mi orgullo, de mi anhelo de creerme un pequeño dios, de vivir alejado de Ti, de caer en la perspectiva de la realidad! ¡Gracias, Señor, por tu amor y misericordia! ¡Dame prudencia, Señor, para escuchar Tu Palabra, ser receptivo a tu voz e identificar siempre cuáles son tus designios para mi! ¡Gracias, Señor!

Te amo, Jesús es lo que cantamos hoy después de la meditación:

¡Sígueme!

Llamo un amigo al que tengo que hacerle un encargo. Le pregunto como está y me responde que “dando gracias porque ha salido el sol”. Las cosas no le van bien, como a muchos. Pero es agradecido con el Señor, aunque recién ha sufrido la pérdida de su piso. ¡Qué difícil es la vida hoy! Charlamos un rato antes de llegar a la razón de mi llamada. La conclusión es que hay que ser fuerte ante las dificultades. Hay una palabra muy hermosa que el Señor repite con insistencia: “Sígueme”.
Esta palabra tiene una fuerza extraordinaria, brutal. Es una palabra que implica conversión. Es una palabra que exige tomar la Cruz del día a día y caminar junto al Señor para vivir como Él.
En momentos de problemas, penuria, escasez, sufrimiento, incertidumbres… se hace difícil seguir a Cristo. No tenemos la fuerza para darle un sí valiente, decidido y comprometido. Pero el Señor solo nos pide algo tan sencillo como que cojamos la Cruz y descarguemos sobre ella todos nuestros sufrimientos y pesares.
Él es el que conduce nuestra vida si aceptamos Su voluntad aunque haya días que la desesperanza llene nuestro corazón y nuestra alma pierda la paz. El Señor todo lo tiene previsto. No hay que temer nada porque cada suceso de nuestra vida, por muy doloroso que sea, es un regalo del Señor. Tal vez sea esto lo que vislumbren los ojos de mi amigo. Pero podrían ser también nuestros ojos los que lo vean así. Aquel que está disconforme con su suerte no podrá alcanzar jamás la felicidad, porque no sólo no estará en paz consigo mismo, no lo estará tampoco con Dios. La mejor manera de alcanzar la felicidad es aceptar la voluntad del Señor, que se manifiesta en lo que Él nos pide, lo que permite en nuestras vidas y nos manda, aunque no lo comprendamos en el momento.

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¡María, que seas Tú la que prepare mi corazón para corresponder mejor a lo que Tu Hijo permite en mi vida! ¡Señor que sepa darte un sí decidido y valiente! ¡Que sepa confiar en tu voluntad sin miedos ni temores! ¡Que sepa caminar a tu lado en el camino de la Cruz! ¡Que acepte tu voluntad con alegría, desprendimiento y amor! ¡Que sepa, Señor, agitar mi corazón con alegría para que no se duerma en la trivialidad de la vida y para que ame como amas Tu! ¡Despierta, Señor, mi sed en Ti para que aunque beba en las aguas de sabor amargo sacie mi vida con ilusión! ¡Que sepa confiar en Tu Palabra, Señor, para que esos ecos confusos que me martillean cada día no me impidan escuchar la verdad del Evangelio! ¡Que sepa, Señor, seguir tu camino siempre con los ojos bien abiertos para reconocerte en las personas que se cruzan en mi vida y en los acontecimientos cotidianos! ¡Señor, te sigo porque quiero vivir de tu fe y ayudar a que Tu Reino se realice en este mundo! ¡Te quiero seguir, Señor, para vivir con esperanza porque sé que Tu nunca me fallas! ¡Espíritu Santo ayúdame a que la llamada de Dios resuene en mi interior y hazme disponible a Dios! ¡Aquí, estoy, Señor, para hacer tu voluntad!

Dedicado a este amigo, en cuyo corazón habrá escrito de alguna manera: Hágase tu voluntad, título de esta canción medieval de Guilleume de Machaut:

Eficacia desde lo absurdo

Creemos de modo equivocado que la lógica humana con la que actuamos, cuanto más racional sea mayor resultados presenta. Con esta premisa es difícil encajar a Dios como valor de nuestros criterios humanos. Es por este motivo que nos desconcierta la manera cómo hace Dios las cosas. Como su lógica divina difiere radicalmente de la lógica humana es recurrente que asociemos la ineficacia con el fracaso. Basta con echar un vistazo a la vida de su Hijo para que se rompan todos nuestros esquemas. Engendrado de una joven Virgen a la que un ángel anuncia que dará a luz un hijo que no es ni mas ni menos que Dios. Un Dios, por otro lado, humilde y omnipotente que se presenta en este mundo en un mísero pesebre en la pobre aldea de Belén. Un niño que, aún teniendo todo el poderío de Dios, deja los primeros treinta años de su vida crezca en una aldea dedicándose a labores que a todos nos pasarían desapercibidas por su irrelevancia. Un hombre cuya autoridad no significa afán de posesión, poder, dominio, éxito… sino servicio, humildad, generosidad, amor… Un hombre cuya lógica le lleva a inclinarse para lavar los pies a sus discípulos, que busca el verdadero bien del hombre, que cura las heridas, que se duerme en mitad de una tormenta, que es capaz de un amor tan grande hasta el punto de dar la vida, porque Él es el Amor. Un Dios que, en definitiva, redime al hombre en el fracaso de la Cruz para fundar una Iglesia cuyos primeros miembros son hombres pecadores, cobardes, que abandonan al que ha sido su guía durante tres años de anunciar la Verdad.
Todo eso lo decidió así Dios para confundir la sabiduría humana. Pero a los ojos de Dios lo absurdo tiene una profunda y sorprendente eficacia porque la fuerza de sus actos no está mediatizada ni se limita a la pobreza de la lógica de los hombres. ¡Cuántos problemas y sufrimiento me ahorraría si tuviera una fe firme y una confianza verdadera en el poder de Dios, dejara de confiar en mi mismo para lograr las cosas, aparcara mis limitaciones y mi manera de actuar que lo único que consigue es alimentar mi autosuficiencia y dejar que esos absurdos divinos sean los que gobiernen mi vida aunque la mayoría de las veces no los comprenda!

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¡Señor que no tema aceptar todo lo que viene de Ti aunque muchas veces no lo comprenda! ¡María, ayúdame a no rebelarme ante las situaciones que no comprendo y me cuesta aceptar como nos mostraste tu desde el día de la Anunciación! ¡Señor, que aprenda a vivir el Evangelio con cordura pero viviendo a contracorriente, doblegando mi criterio a la lógica del Padre y esa forma que tienes de hacer las cosas para que sea vencida siempre mi voluntad! ¡Señor, ayúdame a dar gracias por todo lo que me ofreces, lo que me regalas, lo que me envías, aunque tantas veces mi falta de fe y confianza en Tí me provoque desconcierto y dolor! ¡Ayúdame a aceptar la lógica de lo que me ofreces para que asumida y aceptada me predisponga a vivir mi vida con alegría cristiana!

Johann Pachelbel, famoso por ser el autor del célebre Canon, es autor de una amplia y variada obra musical entre las que destacan sus cantatas. De gran belleza es esta Halleluja! Lobet Den Herrn! (¡Aleluya! ¡Alabado sea el Señor!)

¿Te acepto, Jesús, como mi Señor?

¿Cuántas veces confieso de verdad mi fe en Cristo pero esta declaración no es más que una mera formulación de palabras vacías? ¿Cuántas veces le confieso al Señor «te acepto como mi Salvador» pero en realidad me cuesta renunciar a mi pecado en el que reincido constantemente y no asumo mi condición de que soy un miserable pecador al que le cuesta reconocer su culpa? Sí, mis labios le honran, pero mi corazón está muy alejado de Él.
¿Cuántas veces le digo al Señor «te acepto como mi Salvador» pero no soy capaz de poner mi vida en sus manos para una verdadera transformación de mi corazón? Sí, mis labios le glorifican pero busco hacer mi voluntad y no la suya.
¿Cuántas veces le declaro al Señor «te acepto como mi Salvador» pero esta frase no es más que una retahíla mecánica de palabras que no surgen de una oración del corazón? Sí, mis labios le alaban pero la rutina de mi oración se convierte en una charlatanería vacía a la que le falta amor, confianza y verdad.
¿Cuántas veces le manifiesto al Señor «te acepto como mi Salvador» pero no reclamo su perdón ni su misericordia porque es tan sólo una expresión emotiva de la situación que estoy viviendo? Sí, mis labios le enaltecen pero en mi corazón no hay una verdadera decisión de fe y un sentido profundo de arrepentimiento.
¿Cuántas veces le expreso al Señor «te acepto como mi Salvador» pero no soy capaz de experimentar y aceptar el amor y el plan que Él tiene para mi vida? Sí, le glorifico pero mi actitud es de incredulidad porque me cuesta confiar.
¿Cuántas veces le manifiesto al Señor «te acepto como mi Salvador» pero me cuesta estar dispuesto a vivir o morir por Jesús porque yo mismo me creo un dios en minúsculas? Sí, le doy gracias pero me cuesta desapegarme de lo terrenal y poner todo en sus manos providentes.
Aceptar al Señor como mi Salvador implica estar dispuesto a vivir o morir por Él. Es confesar que Jesús es el Señor. Es cambiar mi actitud hacia Dios, confiar en Dios, aceptar a Dios, buscar a Dios para que cuando Él llame a la puerta de mi corazón y de mi vida pueda entrar en mí, me perdone los pecados, el Espíritu Santo pueda gobernar mis acciones y ver la vida desde los ojos de Dios. Ahora, hoy, es el momento de analizar de nuevo mi vida, juzgar cuál es mi actitud ante Dios, si deseo y anhelo hacer Su voluntad. Tal vez, si esta declaración de principios no se cumple es porque necesite creer de verdad. Y tendré que invocar de nuevo su gracia pero no de palabra sino creyendo con el corazón.

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¡Señor, te entrego mi vida, mi corazón y todo mi ser! ¡Te acepto, Señor, como mi único Salvador! ¡Acudo a ti, Señor, reconociendo mi pecado pero arrepentido por haberte ofendido! ¡Quiero pedirte, Señor, que me perdones, que limpies mi corazón y me conviertas en una criatura nueva, iluminada por la luz del Espíritu Santo! ¡Hazme a tu imagen y semejanza, Señor, como tú quieres que sea y no como mi voluntad se quiere convertir! ¡Entra en mi corazón, Señor, que es todo tuyo y ayúdame siempre a seguir el camino de la perfección!

Del compositor francés Alexandre Guilmant escuchamos hoy, domingo, día del Señor, el kyrie de su Tercera Misa Solemne en mi bemol mayor, op. 11 para coro y órgano:

Buscar la belleza

Hoy conmemoramos una de las fiestas más hermosas dedicadas a la Virgen: la de su Asunción, su glorificación en cuerpo y alma al cielo. Esta glorificación es la imagen y principio de esta Iglesia a la que pertenecemos todos y por la que tanto hemos de rezar.
En este día sólo quiero manifestar algo que me sorprende de esta fiesta, un aspecto de la gloria de María en el tiempo actual que vivimos. Esta festividad cae en mitad del mes de agosto, tal vez el día más profano y turístico del año. Parece un contrasentido pero en realidad tiene un transfondo de una gran belleza espiritual. ¿Qué lleva a un turista hacia el mar, la montaña, el campo…? ¿Qué conmueve a un turista de una ciudad monumental, de las obras de arte de un museo, de unas ruinas antiguas…? ¿Qué emociona a los asistentes de los conciertos de verano? La búsqueda de la belleza. La belleza creada por Dios o aquella que ha surgido de la mano del hombre.
Esta festividad de la Asunción de la Virgen no pretende eclipsar toda esa belleza para ensalzar la Suya, ni crear en nosotros un sentimiento de culpabilidad por cómo estamos disfrutando de estas vacaciones, ni disminuir nuestra admiración. Es una llamada a que alabemos la belleza sublime de su Hijo. Contemplar la figura de María, en este meridano del mes de agosto, es dar un paso adelante, es subir un escalón más en nuestra vida. Es una forma de salvarnos de la melancolía. María nos deja muy claro que cuando cerremos los ojos, esas bellezas que hemos contemplado quedarán sólo en la memoria y, entonces, se abrirá en nuestro corazón otra belleza que nunca desaparece: aquella con la que se encontró María cuando entró gloriosa en el cielo.

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A todos, feliz día, con María en lo más profundo de vuestros corazones. Os regalo esta pequeña joya de Dámaso Alonso, un extracto de su excelso Poema a la Virgen María:

Déjame ahora que te sienta humana,
madre de carne sólo,
igual que te pintaron tus más tiernos amantes;
déjame que contemple, tras tus ojos bellísimos,
los ojos apenados de mi madre terrena;
permíteme que piense
que posas un instante esa divina carga
y me tiendes los brazos,
y me acunas en tus brazos,
acunas mi dolor,
hombre que lloro.
Virgen María, madre,
dormir quiero en tus brazos
hasta que en Dios despierte.

Del maestro austriaco Johann Georg Albrechtsberger (1736-1809), contemporáneo de Beethoven y Mozart, disfrutamos hoy con su Missa Assumptionis Beatae Mariae Virginis compuesta en 1802 para el príncipe Esterházy.

Hacer las cosas bien… y pico

No me canso de repetir a mis hijos que traten de hacer las cosas bien, por su propia satisfacción y por los demás. Me miro al espejo y, echando la mirada atrás, me doy cuenta de las veces que me he equivocado por ir demasiado rápido o por no haber sopesado las cosas debidamente.
Publiqué hace unos años un libro de un motivador empresarial que venía a decir que en la actualidad, debido al entorno competitivo en el que se desarrolla nuestra vida profesional, ya no basta con hacer las cosas bien, hay que hacer las cosas bien y pico.
Cualquiera de nosotros tratamos de hacer las cosas bien hechas. Sin embargo, en muchas ocasiones nuestro empeño y nuestro esfuerzo personal tiene más peso que la actitud de saberse abandonados a la Providencia divina. El hombre no es más que un instrumento. De ahí, que hacer las cosas bien no es más que vivir en la confianza filial de que todo está en manos del Señor, en las manos inseguras de los hombres. Esta perfección sólo se logra cuando se corresponde con amor.
Personalmente soy consciente de las veces que me equivoco cada día, de cómo meto la pata, de cómo me desanimo, de cómo me desengaño por la actitud de alguien… Es lógico porque siempre hay elementos objetivos, un problema en la familia, desajustes económicos, una crítica injusta, una enfermedad, un malentendido que se magnifica… Pero me lleno de fuerza cuando soy consciente de que todos estos momentos se hallan guardados en el corazón de Cristo, que los acoge, los hace propios y los abraza para que yo no desfallezca y siga mi camino hacia el cielo. Soy consciente de que en la tierra nunca alcanzaré la perfección porque el único que lo hizo todo bien fue Cristo. Se lo digo en la oración y siento que los hace propios.
Y ahí radica precisamente la perfección, en que Cristo me amó primero para que, posteriormente, yo sea capaz de descansar en su corazón, amparándome en su ternura. ¡No os parece que es la manera más brillante de hacer las cosas bien!

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¡Señor, te pido que me envíes las fuerzas cada día para hacer las cosas bien, para tener paz y tranquilidad en el alma y en el corazón,
para llenarme de fe y esperanza, para recordarme que siempre caminas a mi lado, que estás conmigo en cada instante de mi vida, que vives en mí y que nunca estoy solo porque tú me acompañas siempre! ¡Señor, desciende sobre mí tus manos poderosas y cuando me veas sin fuerzas ayúdame a levantarme, cuando mi corazón esté angustiado y desesperado y me espíritu esté débil lléname de ti! ¡Escucha, Señor, todas las súplicas que humildemente te hago postrado a los pies de la Cruz y acrecienta mi fe! ¡Te pido, Señor, que tu corazón me proteja siempre y protege también a los míos! ¡Gracias, Señor, por tu infinita misericordia! ¡Espíritu Santo ayúdame siempre a hacer las cosas bien, con amor a Dios y a los demás!

Hoy con el Concierto italiano BWV 971 de J. S. Bach con Albrecht Mayer al oboe:

Una lámpara siempre encendida

Durante media hora un corte eléctrico en el barrio nos deja a todos los vecinos sin luz. Es necesario encender unas velas para pasar este tiempo. Su tenue lumbre ilumina la estancia hasta que retorna de nuevo la electricidad. En la casa del vecino se escucha como dos niños pequeños lloran por el miedo a la oscuridad.
Conversando con sus apóstoles el Señor les dice que no tengan miedo y cómo debe ser un verdadero cristiano: Un hombre que tenga confianza, que no viva en el temor; hombre alegre y positivo, que no depende de nada, que ama a Dios hasta el punto de desear entregárselo todo, y compatirlo con los hermanos. Un hombre repleto de luz, y que vive en la luz. Un hombre a rebosar de esperanza, que no tiene prejuicios en comunicar esa esperanza, y que no es más que el gozo de caminar hacia el Señor, donde las riquezas no son materia finita y nada las corroe. Y que, por encima de todo, vive la vida con autenticidad, bondad, alegría y como un servicio.
Para Jesús un verdadero discípulo es aquel que tiene puesto su corazón en el único bien que nunca se agota: Dios. Y mientras transita por este mundo el Señor le invita a tener la lámpara siempre encendida. Sin desesperar, creyendo y esperando siempre. Que su vida esté iluminada por esa lámpara que es la luz del mismo Dios en una actitud vigilante. Si a todo esto se juntan en su corazón y su actuar el desprendimiento y la libertad, la generosidad y la humildad, la caridad y el perdón, el amor y la ilusión por Dios y la fe que le otorga verdad y autenticidad a su vida difícil es no convertirse en un auténtico discípulo de Cristo. Y ser una lámpara que ilumine el mundo no como la luz tenue de las velas del salón sino como la fuerza luminosa de los focos que dan luz a un estadio de fútbol.

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¡Señor, que el centro de mi vida seas Tu, la auténtica luz que guía mi camino! ¡Que me abra siempre a tu corazón, donde vivo seguro y donde todas las sombras y los temores de mi vida quedan aparcados! ¡Señor, que sea yo una lámpara encendida para que guíe mis pasos y los de los míos, para que me haga ver cuál es la vida auténtica, los valores que merecen de verdad la pena, la autenticidad de las cosas y de mis comportamientos! ¡Señor, quiero corresponder a tu amor para construir un camino de fe, de entrega y de servicio, de amor y caridad, de generosidad y de compromiso!

Hoy una bellísima cantata de Bach, la BWV 195, Dem Gerechten muß das Licht immer wieder aufgehen (Los justos deben elevarse de nuevo hacia la luz):

Cuando la Cruz irrumpe en mi vida

Una persona sabia es, a la luz de la revelación de Dios en Cristo, aquella que no pretende ser en nada diferente de como Dios lo ha pensado. Por tanto, tiene la sabiduría y la humildad de saber llenarse a sí mismo de Dios en todos los acontecimientos de su existencia. En el momento en que la Cruz irrumpe como un huracán en el devenir de su vida se produce un nuevo avance o crecimiento en ese camino de llegar a ser uno mismo. Cuando la Cruz se rechaza o se aparca lo único que se consigue es alejarse de uno mismo, y por añadidura, de Dios.
No merece la pena resistirse a lo que Dios nos trae de difícil a nuestra vida porque la Cruz es un vínculo de amor. Hay que estar dispuesto al sufrimiento porque Dios nos prepara una cruz que hay que abrazar con amor pensando en la eternidad y no en nuestra resistencia y nuestro aguante en este peregrinaje. Es verdad, la cruz provoca dolor y sufrimiento. Pero hay que aceptarla para encontrar serenidad, tranquilidad y paz incluso en las tormentas más huracanadas. Si se aparta la cruz colocándola a un lado de las propias circunstancias descubriremos que se harán más pesadas de cargar. Es más complejo sobrellevar el dolor de aguantar la cruz que la cruz misma. ¿Por qué, entonces, no mirar como actúa Dios en cada una de las circunstancia de nuestra vida y someterse con humilde sencillez a su voluntad?

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¡Hazme, Señor, comprender el verdadero camino de la Cruz! ¡Despójame de mi orgullo y mi soberbia para hacerme pequeño postrado a tus pies meditando aquel aparente fracaso revestido de majestuosidad! ¡Que contemplando la Cruz no ambicione nunca, Señor, los éxitos temporales! ¡Que no me entregue a la construcción del Reino de Dios en este mundo amparándome en los resultados exitosos! ¡Que aprenda, Señor, que la eficacia del amor no se manifiesta en la temporalidad de mis éxitos y fracasos sino en mi crecimiento interior! ¡Ayúdame a no hacer nada en esta vida, Señor, que no esté sustentado en la locura grandiosa de la Cruz y que todo lo haga calladamente por amor a Ti y no para alcanzar el reconocimiento social y la recompensa temporal! ¡Dame un corazón caritativo y la magnanimidad para aceptar que, los que no tienen el pensamiento de Cristo en su vida, no me comprendan y lleguen, incluso, a despreciarme! ¡Que nunca, nunca, nunca traicione tu Espíritu, Señor!

Hoy, con Domenico Scarlatti, y una de sus más bellas sonatas: