No me arrepiento de nada. ¿De nada?

Encontramos personas en nuestro camino que afirman sin rubor: “No me arrepiento de nada”. ¿De nada? ¿Puede alguien no arrepentirse de nada? Hay muchos elementos de nuestra vida que necesitan ser corregidos y cuando se tiene conciencia del mal causado, si se ha perjudicado a alguien, la conciencia no debe ser tan laxa. Es la arrogancia del que se siente impecable.
Pienso lo mucho que me arrepiento de tantas cosas en las que he obrado mal. De cómo he tratado tantas veces a mi padre –que ahora no está entre nosotros- y he sentido necesidad de pedirle perdón; de la falta de respeto a mi madre o mis hermanos; de la falta de delicadeza con la que a veces hablo a mi mujer; de lo exigente que soy en ocasiones con mis hijos; o del trato que doy a mis amigos no dedicándoles el tiempo que necesitan o preocupándome más por sus necesidades; o de los muchos fallos que he cometido en mi vida; de las numerosas frivolidades que han jalonado determinados momentos de mi existencia; de la infinidad de estupideces que he llegado a hacer para ser respetado; de las veces que he aparcado mi vida de oración por estar cansado o porque había cosas más interesantes que hacer; de la arrogancia con la que actúo tantas veces; de las ocasiones que mis máscaras cubrían mi rostro; de, de, de…

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¡Hay, Señor, cuanta fragilidad y que enorme disonancia entre lo que debo ser y lo que soy! ¡Señor, ayúdame a mejorar cada día, tu me enseñas que el fundamento de todo crecimiento humano no radica en recapitular una y otra vez sino en ser capaz de reconocer con humildad mis errores y mis caídas, levantarme y comenzar de nuevo! ¡Señor, abre mis ojos para que sea consciente del mal que he causado a los demás, toca mi corazón para que con sinceridad me convierta de verdad a Ti! ¡Restaura Tu amor en mi, Señor, para que en mi vida resplandezca tu propia imagen!

Hoy Robert Schumman y su Arabesque op. 18:

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Servir antes que ser servido

Hoy veneramos la memoria de los santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. El primero libró un intenso combate con los ángeles infieles comandados por Lucifer tras rebelarse contra Dios. El segundo, ángel de la Encarnación, tuvo el gozo de anunciar a María la alegría de que concebiría y daría un Hijo al que pondría por nombre Jesús. Mientras que el tercero es el mensajero del amor de Dios.
Los tres son mensajeros de Dios. Los tres llevan a Dios a los hombres. Los tres testimonian el camino de fidelidad, entrega, pasión y celo hacia Dios. Los tres son elementos fundamentales para sanar el corazón del hombre. Los tres se convierten en los mejores valedores de los intereses de Dios en el mundo.
En un día como el de hoy los príncipes de la corte celestial me enseñan a saber servir antes que ser servido. A no cerrar nunca las puertas de mi corazón a nadie. A ser siempre fiel mensajero de la Palabra del Señor en mi entorno familiar, social y profesional.

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¡Santos arcángeles ayudadme a buscar a Dios con contrición, amor y pasión! ¡Desligadme de mis pecados y de toda atadura a lo material para llegar a Dios! ¡Protegedme contra mi soberbia y mi egoísmo, mi tibieza y mi cobardía, mi desconfianza y mi autosuficiencia, mi búsqueda de la comodidad y mi deseo de ser apreciado! ¡Introducid en mi corazón la humildad auténtica, la fidelidad inquebrantable a la voluntad divina y hacedme fuerte al sufrimiento y al dolor! ¡Ayudame a caminar en el camino del amor y permitirme que venza siempre los obstáculos de mi vida afianzado siempre en el amor a Dios! ¡Hacedme vigilantes a la llamada del Señor para que me encuentre siempre preparado en la hora de mi dormición final!

El canto gregoriano nos ha dejado una bellísima Ave María que os invito a escuchar en este día en el que nos acordamos de los que se llaman Miguel, Gabriel y Rafael:

Dolor que santifica

Debido a una infección he tenido que visitar varias veces el servicio de urgencias pues el dolor por la extracción de una muela no remitía y la infección iba en aumento afectando a uno de los nervios. Durante una semana las noches han sido eternas pues era imposible dormir por el dolor. El tratamiento del médico no daba resultado y era necesario averiguar dónde radicaba el núcleo de la enfermedad para acotar tan dolorosa infección.
Las horas en urgencias, especialmente de madrugada, donde los nervios están a flor de piel, te permiten comprobar el egoísmo del ser humano. Todo enfermo, por mínimo que sea su dolor, cree que su enfermedad es la más grave y exige toda su atención inmediata. Lo mismo sucede con alguien que vive una desgracia, la suya es la más radical y no hay nadie más desgraciado que él. Pero si uno se sintiera afligido por otras causas no se sentiría mejor. En la prueba, en el dolor, surge el verdadero amor. Basta con abandonarse a la voluntad del Señor con ánimo predispuesto ante cualquier adversidad que el Señor nos quiera enviar. El Señor nos dice que Él siempre quiere lo mejor para nosotros, incluso con un interés superior al nuestro. El, que es la Eterna Sabiduría, es la único que conoce lo que es más conveniente a nuestro interés.
Las cruces enviadas por el Señor, si uno es capaz de servirse de ellas, se sienten más íntimamente al Amor de Dios, penetran de manera más profunda y alcanzan más rápidamente a Dios que las que uno asume por propia iniciativa. ¿De qué sirve quejarse? ¿Qué sentido tiene lamentarse aunque el dolor sea insoportable? ¿Por qué no decir mejor: ¡Padre bondadoso y fiel, ejemplo de amor y de entrega, haz conmigo lo que más me convenga!?
Es fácil decirlo, especialmente cuando el sufrimiento y el dolor se hace imposible de soportar pero la cruz no sería cruz si no produjera dolor. No existe nada más honroso en la existencia humana que la cruz, no hay nada más dichoso y codiciado que sufrir la cruz por amor a Dios y a los demás. La aceptación de la cruz, el sufrimiento entregado por otra persona o por una intención, a cambio de un breve dolor, proporciona una alegre satisfacción.
La cruz provoca verdadero dolor a quien la rechaza, la considera algo detestable y le resulta molesta. Pero cuando se sufre por amor se produce una íntima relación con el Señor, que todo lo llena y todo lo cubre. El dolor también santifica.
Para Dios la Cruz es más noble cuanto mayor sea el Amor con que es acogida y el abandono que implica su compañía, aceptándola con humilde y acogedora paciencia como signo de eterna alabanza a Dios.

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¡Dios mío, te ofrezco mi dolor! ¡Es todo lo que puedo ya ofrecerte! ¡Tú me diste el ejemplo del amor que robaste a la muerte y a mi no me queda más que mi dolor que te lo entrego por mi familia, ese amigo que lo necesita, por mi trabajo, por la paz en el mundo, por ese compañero que esta enfermo, por ese curso de evangelización para que dé sus frutos, por la vocación de ese joven que se está preparando para el sacerdocio, por el examen de mi hija, por ese acuerdo que no acaba de cerrarse y es tan importante para mi negocio, por los frutos del viaje del Santo Padre a Estados Unidos…! ¡Quiero, Señor, ser fiel a la invitación que me haces de unirte a tu dolor para el bien de todos aquellos que como yo sufren sin conocerte! ¡Te ofrezco, Señor, mi dolor, mi sacrificio, mi sufrimiento para que tantos que no te conocen puedan encontrase contigo, puedan conocerte y tengan la bendición de vivir una vida bienaventurada, una vida llena de bendiciones! ¡En el nombre de Jesús te lo ruego, por las llagas de tu pasión y por mi dolor y sufrimiento de este momento! ¡Señor te ofrezco mi dolor pero dame el alivio de tu compañía!

Buscando refugio, cantamos con Jesús Adrián Romero:

Un día lleno de maravillas

¡Esto es lo que hay! ¡No puedo hacer nada más! ¡Estoy al límite! En algún momento de nuestra vida alguno de nosotros ha pronunciado una de estas frases. Si profundizamos en nuestra vida y todo lo que nos rodea podemos llegar a tener la sensación de que no hay nada nuevo ni lo habrá jamás. Y, a consecuencia de ello, nos sentimos desilusionados o incluso nos deprimimos. Experimentamos las “cosas de siempre” a la “manera de siempre”.
Ni que decir tiene, semejante estado anímico no tiene nada que ver con lo que la vida realmente puede ofrecernos. Está relacionado solamente con nuestra actitud, con nuestra forma de mirar el mundo y reaccionar ante él. Si optamos por verlo todo de color gris, sin duda eso es lo que experimentaremos. No hay que darle mas vueltas.
En cambio, si abordamos el día maravillados y llenos de interés, es probable que experimentemos las cosas de forma muy distinta. Si adoptamos una actitud receptiva en lugar de expectativas fijas y cínicas, incrementamos en gran medida nuestro potencial de sentirnos entusiasmados, inspirados y realizados.
De una forma especial y propia, cada día ofrece una serie inacabable de experiencias, emociones y oportunidades. El mundo está lleno de maravillas a todos los niveles. Al final, sin embargo, de nosotros depende verlo así. Cada día es una oportunidad única para darle gracias a Dios por todo lo que nos ofrece, de modo gratuito. En la contemplación del amor es donde nos damos cuenta de que cada situación vivida es una prueba que nos prepara para superar la siguiente adversidad u oportunidad, para evitar vivir encadenados al sufrimiento, al pecado o al desorden. Dios se nos presenta en cada recodo de nuestra vida tanto con dones materiales como espirituales.

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¡Gracias, Señor, por la vida que me has regalado fruto de tu bondad y amor! ¡Señor, ayúdame a nacer cada día agradeciéndote mis propias experiencias por muy dolorosas que estas sean! ¡Ayúdame, María, a dar respuesta a tu Hijo en el día a día! ¡Ayúdame, Señor, a descubrir el encanto de lo presente sin olvidar el ayer! ¡Hazme diariamente ser agradecido a tu Providencia, Señor, y que olvide jamás tu eterna Misericordia! ¡Haz, María, que vea mi vida como una oportunidad, como un desafío, como un regalo, como un deber para hacer de ella un camino hacia la eternidad!

Os presento disfrutamos con el Concierto para violín, cuerdas y bajo continuo de Antonio Vivaldi:

¿Un cristianismo sin Cruz?

Tercer sábado de septiembre con María en el corazón. María, la mujer que permaneció firme al pie de la Cruz. ¿Alguien se imagina un cristianismo sin Cruz? ¿O un Evangelio que no hablara del valor y el significado del sufrimiento? ¿O unas parábolas que no hicieran referencia a la renuncia, al perdón o la caridad? ¿O de la existencia de un Padre bueno, que lo da todo y perdona?
La Cruz es el símbolo del cristiano. ¿Pero nos creemos aquello del camino de Cruz o seguimos contemplando el misterio de la Cruz desde los esquemas del sufrimiento humano? ¿Somos capaces de entender que únicamente en la Cruz se encuentra el verdadero gozo del seguimiento de Cristo?
Contemplo la Cruz, me postro de rodillas y observo a ese Cristo doliente. Y le digo: “Señor, mientras no sea capaz de penetrar de verdad en los sentimientos que manan de tu corazón sufriente y crucificado nada, o muy poco, entenderé de lo que nos trasmites en el Evangelio”. Imposible dejar de admirarse por el misterio del crucificado. Ni los sentimientos, ni las palabras, ni las argumentaciones, ni los pensamientos pueden atisbar mínimamente lo que hay en el Corazón crucificado de ese Cristo del abandono confiado en el amor de su Padre. Uno se postra ante los pies traspasados de Cristo crucificado, y siente la presencia de María. Y se llena de amor, de paz, de confianza porque Ella ayuda a penetrar de forma maravillosa en el misterio de la Cruz.

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¡María, hoy sábado y todos los días, contigo a tu lado es más fácil aceptar mi cruz de cada día, en la que Cristo completa la oblación al Padre por mi y el resto de la humanidad! ¡María, cuando lleguen los momentos de cruz no permitas que me lamente, no dejes que me rebele, no permitas que proteste a Dios, no permitas que desfallezca! ¡Cuando lleguen esos momentos, María, que los acepte con amor, sin pretender entenderlos porque no hay explicación alguna para esa salvación, al modo de Dios, que se cumple en el escándalo de lo aparentemente absurdo! ¡María, dame la fuerza para ver mi cruz no desde ese lado humano sino desde una perspectiva sobrenatural! ¡María, que mi pobre corazón no se canse nunca de adorar esa Cruz de la que pende tu Hijo amado y permanezca siempre fiel a ella!

En este sábado mariano, el Ave María de Mendelssohn:

«Tempus breve est!»

El escaparate de una relojería de barrio se adorna con este anuncio: «Liquidación por cierre. Tempus breve est».
«Tempus breve est!». Efectivamente, el «tiempo es breve». ¡Y más breve es el peregrinar nuestro por esta vida! Esta idea la recoge el apóstol san Pablo en su carta a los Corintios. Pero no es una referencia a la fugacidad del tiempo sino un reproche directo a nuestra auténtica capacidad para amar, para darse, para satisfacer las necesidades ajenas. Es una invitación a hacer rendir aquellas oportunidades que Dios nos ofrece.
El tiempo es siempre breve para servir al Señor y, a través de Él, a los demás. El tiempo es un tesoro preciado que se consume cada segundo, que se escurre entre el respirar de nuestra vida, que se difumina en cada gesto desaprovechado. Cada minuto transcurrido queda borrado y sólo permanece en la memoria. ¡Pero en cada minuto existe la oportunidad de dejar un pequeño poso de amor por amor de Dios! ¡Para no descuidar las obligaciones con el cónyuge o con los hijos! ¡Para servir a los demás! ¡Para santificar nuestro trabajo cotidiano! ¡Para vivir íntimamente el tiempo de oración y participar amorosamente del sacrificio de la Eucaristía! ¡Para no anteponer nunca el interés personal! ¡Para, para, para…! Tal vez sean pequeños detalles de amor, pero si dejamos pasar el tiempo en estas pequeñas cosas ¡cómo podremos mantener encendida la luz del amor! ¡El tiempo es breve para todo lo que tenga que ver con el amor de Dios! ¡Y no deberíamos desaprovechar ningún segundo de él!

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¡Señor, la vida es fugaz y yo estoy aquí dejando pasar el tiempo sin darme a ti y a los demás! ¡Señor, en cualquier lugar y momento, sin previo aviso me lanzas esta pregunta que me hace replantear tantas cosas: ¿quién dices que soy yo?! ¡Señor, no me quiero quedar a medio camino, para no responderte para no tomar riesgos, por cobardía o por frialdad! ¡Señor, no permitas que pierda el tiempo cuando se trata de conocerte mejor, para entregarme más a los demás, para escuchar tu latir, para dejarme llevar por tu ritmo, para caminar por esas sendas tantas veces marginales que tanto te atraen y que a mí me cuesta tanto entender! ¡Señor, que el tiempo no pase para encontrarte en la oración, para que mi vida encuentre sentido, para que acepte el valor de todas las cruces cotidianas, cuando haga de tu causa mi causa, cuando los demás me necesiten y yo me entregue de verdad! ¡Señor, enséñame a calcular mis años para adquirir un corazón sensato, para saciarme de tu misericordia! ¡Señor, ante tu grandeza soy consciente de mi pequeñez! ¡Señor, ayúdame a pensar en la brevedad de mi vida para que pueda traer a mi corazón sabiduría sobre cómo he de pasar mis días aquí en la tierra!

Introducimos el jazz de Bud Powell para amenizar esta meditación su celebrada composición Tempus fugit:

Las trampas del «yo»

Yo, yo, yo… ¡Cuántas veces digo y repito interiormente esta palabra! ¡Qué actitud tan egocéntrica, tan soberbia, tan indolente! ¡Pero así soy yo, así somos los hombres, con el «yo» siempre por delante!
Es la soberbia la que conjuga de manera reiterada ese yo, yo, yo que nos convierte en criaturas yermas de amor, infecundas para servir con el corazón, infructuosas cuando se trata de ponerse al servicio del Señor, áridas en la oración, nulas para la caridad, ineficaces para aprovechar al máximo los frutos de nuestros dones.
Yo, yo, yo… ¿Por qué tendemos a pensar que la vida es para uno mismo? La vida es un regalo de Dios. Y como don encierra un propósito para de cada uno de nosotros. Mi vida —tu vida—, es para Dios. Y desde el amor a Dios para el bien de los demás.
Cuesta enterrar el yo para desempolvar del corazón el talento del mandamiento del amor, quitar las telarañas de nuestros propios deseos y llenar de brillo la razón de nuestra vida.
Lo difícil es vivir una vida con corazón, alma, mente y fuerza para Dios y, actuando como Él, amando a los demás. Hay que entregar lo que uno es y posee para dar los mayores frutos. ¡Pero con el yo, yo, yo como estandarte… yerma resulta cualquier tarea!

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¡Señor, Dios de bondad, deseo vivir para Ti! ¡Buscar desde Tu Palabra la verdad! ¡Espíritu Santo guía mi camino para aplicar la Palabra en mi vida y renunciar a mí mismo y desear la voluntad de Dios por encima de todo! ¡Contra el otro yo soberbio que jalona mi vida, envíame el Don de Temor de Dios, que me libre del orgullo, la vanidad y la presunción! ¡Señor, tú me invitas a perder la vida por tu causa y por el Evangelio! ¡Pero Tú sabes bien, Señor, el miedo que me produce gastar la vida, entregarla sin reservas, por ese egoísmo que me atenaza! ¡Señor, en el fondo soy un cobarde por eso me cuesta trabajar y servir a los demás, hacer un favor al que no lo va a devolver, lanzarse a fracasar, quemar las naves por el prójimo! ¡Me avergüenzo, Señor, pero así es mi vida! ¡Por eso te pido me ayudes, Señor, a distinguir entre el bien y el mal, a separar la verdad de la mentira, a diferenciar la humildad de la soberbia y el pecado de la perfección! ¡Porque, Tú eres mi ley, Señor, te pido que me ayudes a que nada ni nadie distraiga mi atención y pueda, en la medida de mis posibilidades, ser instrumento de tu amor y de tu gracia aparcando para siempre mi yo!

Del compositor Francisco Corselli disfrutamos del Domine deus para soprano de su Missa Concertata:

Intercedo por tí… pero tú primero

Tal día como hoy fallecía en 1968 el padre Pío de Pietrelcina, el santo franciscano que el Señor escogió para que llevara los estigmas de su Pasión. Decía el padre Pío que hay que rezar, esperar y no preocuparse. Que la preocupación es inútil porque Dios es misericordioso y escucha siempre nuestra oración.
Me ocurre con frecuencia que personas a las que aprecio y tengo en alta estima, que saben que soy cristiano, que amo al Señor, que trato de llevar una mínima vida de oración, que frecuento la Eucaristía… acuden a mí pidiendo que rece por una intención suya. Sucede normalmente cuando se hallan con alguna dificultad, ante una enfermedad, ante un problema laboral o económico, con heridas en el corazón… en definitiva, cuando la oscuridad les impide ver la luz del camino o tienen un vacío en el corazón. Es una situación que, como me ocurre a mí, muchos experimentan.
Sin embargo, esas mismas personas que confían en esta oración de intercesión en la que pedimos, reclamamos, llamamos con insistencia, invocamos e, incluso, clamamos por ellos para que el Señor nos escuche, no viven una vida de fe, ni rezan, ni acuden a la Eucaristía dominical, ni tienen una vida mínimamente sacramental, ni nos acompañan en la oración. Ponen la solución en tu oración. Esperan que seas tú quien rece por ellos tal vez como consecuencia de sentirse indignos de pedir algo a Dios, de su falta de hábito, por no saber cómo orar o, simplemente, por comodidad.
Hay que rezar por ellos siempre, poniendo el corazón. La oración es la más eficaz de las armas que tenemos porque es la llave que abre el corazón de Dios. El grado superior de la oración tiene por signo la súplica ferviente con lágrimas a favor del prójimo. Es como si nuestro progreso en la vida de oración nos fuera concedido para el provecho de nuestros hermanos débiles que no saben rezar. Orad los unos por los otros, para que seáis curados, es una idea recurrente en el Evangelio. Cuando la oración se eleva al nivel del amor divino en comunión con el Espíritu se vuelve entonces poderosa y eficaz, al punto de ser para los demás una fuente de auxilio espiritual, de alivio y de consuelo.
Es una alegría rezar por el que lo necesita. Pero no debe quedarse en eso, hay que hacerle comprender con amor, sencillez y generosidad y con meridiana claridad que vas a rezar por él, que lo vas a hacer de corazón, pero que el Señor te ha hecho ver que él también puede rezar contigo. En esa unidad orante la oración tendrá más fuerza y más valor. Si verdaderamente alguien anhela el favor de Dios, la ayuda amorosa y misericordiosa del Padre, es importante que esté reconciliado con Él, pedirle humildemente que le socorra y, así, unidos en la poderosa fuerza de la oración de intercesión, nuestras súplicas estarán apoyadas en la fuerza de la fe. Y, con toda seguridad, el Señor le conceda mucho más de lo que esa persona desea pedirle.

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Comparto hoy la oración pronunciada por Juan Pablo II en la Misa de canonización del padre Pío celebrada el 16 de Junio de 2002 y que me gusta rezar habitualmente: "Enséñanos también a nosotros, te pedimos, la humildad del corazón para formar parte de los pequeños del Evangelio, a quienes el Padre les ha prometido revelar los misterios de su Reino. Ayúdanos a rezar sin cansarnos nunca, seguros de que Dios conoce lo que necesitamos, antes de que se lo pidamos. Danos una mirada de fe capaz de capaz de reconocer con prontitud en los pobres y en los que sufren el rostro mismo de Jesús. Apóyanos en la hora del combate y de la prueba y, si caemos, haz que experimentemos la alegría del sacramento del perdón. Transmítenos tu tierna devoción a María, Madre de Jesús y nuestra. Acompáñanos en la peregrinación terrena hacia la patria bienaventurada, donde esperamos llegar también nosotros para contemplar para siempre la Gloria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén".

Escuchamos hoy el himno dedicado a san Pío de Pietrelcina:

Profeta en la familia

Todos conocemos personas que han logrado acercar a la Iglesia a personas alejadas de Dios. Tienen un auténtico celo apostólico. Son capaces de hablar de Dios a quienquiera que se les cruce por el camino. Sin embargo, ese celo apostólico fracasa en cuanto tratan de llevar a Dios a gente de su propia familia, especialmente a los hijos, o de su entorno más cercano. Por mucho que lo intentan, no consiguen interesarles por las cosas de Dios.
Le sucedió también al Señor. Jesús no fue profeta en su tierra. De hecho, el apostolado familiar es siempre el más complejo y difícil de llevar a cabo. En el entorno familiar la palabra no es suficiente. En el entorno social, comunitario, parroquial o profesional uno puede tener una imagen de bondad, de eficacia, de espiritualidad firme y decidida… pero en el seno familiar uno no deja de ser una lapa, un black decker espiritual que martillea siempre con el mismo tema. Y cuando recuerdas con insistencia que uno tiene que confesarse con frecuencia, que no se puede dejar de asistir a Misa los domingos, que hay que bautizar a los hijos o a los nietos, que hay que rezar al levantarse, hacer el examen de conciencia por la noche, hacer algún tipo de voluntariado… la respuesta será siempre la misma. «Ahí tenemos al plasta con la misma historia de siempre». Pero la función esencial de la familia es llevar sus miembros al cielo. Y en el caso de una familia cristiana esta obligación adquiere un relieve fundamental.
Nada es superfluo en este mandamiento de transmitir los valores cristianos en la familia. Pero como el verdadero apostolado familiar no da frutos únicamente con la palabra ni con los gestos para vencer los obstáculos que aparecen en el entrono pues el ambiente que nos rodea nos presenta una vida placentera, cómoda y apática en la que no es necesario descubrir un sentido transcedente de nuestra propia existencia y, por supuesto, de nuestra propia familia, el remedio más eficaz es crear un ejemplo convincente de vida. Es imprescindible rezar mucho, interceder mucho, dar mucho amor y mucho afecto, transmitir ingentes cantidades de cariño, testimoniar con un comportamiento ejemplar, aportar mucha alegría… Se trata de ser sal y luz en el seno de la familia. Demostrar que se puede vivir conforme al proyecto de dios. Con ello conseguimos que el bien se atraiga de manera irresistible. Dios está en el centro de todas las familias. Hay que orar mucho para que todos sean capaces de sentirlo.

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¡Señor, ya sé que los apóstoles no nacen de la noche a la mañana! ¡Qué un apóstol se forja día tras día por medio del testimonio, la acción, la palabra y la oración! ¡Envíame tu Espíritu para convertirme en un verdadero apóstol tuyo! ¡Además de entusiasmo, Señor, necesito también de la formación, la oración y los sacramentos para ser más eficaz en mi actividad apostólica! ¡Ayúdame a no desfallecer en todo esto, Señor! ¡Señor, nadie puede dar lo que no tiene! ¡Por eso quiero llenarme de Ti, Señor, mediante la oración y el contacto frecuente contigo en la Eucaristía! ¡Ayúdame a que no me venza la pereza de cada día! ¡Quiero iluminar, llenarme de Tu luz! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, en esta hermosa tarea de ser lámpara que ilumina a los que me rodean! ¡Te pido por todos los miembros de mi familia que no creen en Ti, que te han abandonado o que dudan de tu Verdad! ¡Llénalos de tu amor y hazte presente en su vida!

Escuchamos hoy el Himno a la familia:

«Pedir», «buscar» y «llamar»

¿Cómo se movería Jesús por las tierras de Galilea? ¿Cómo entraría en sus aldeas, como saludaría a la gente, cómo pediría algo de comer? ¿En qué lugares se apartaría a rezar, como tocaría con los nudillos de los dedos las puertas de las casas de aquellos hombres sedientos de esperanza y de amor a la espera de escuchar una palabra o experimentar un milagro de sanación? Lo medito en la plegaria. Es la literatura de la oración que te permite convivir con las imágenes y la Palabra que emerge del Evangelio. En todas estas acciones Jesús «pedía», «buscaba» y «llamaba». Son los elementos clave de la confianza.
Si algo se aprende permanentemente de la figura de Jesús en esta época de dificultades, de crisis galopante, de tanto sufrimiento humano, de tantos valores corrompidos, de tanto vacío existencial, de tanto desconcierto, incluso en la propia fe y en la Iglesia misma, es la confianza. La confianza ciega en la providencia de Dios. «Pedir», «buscar» y «llamar».
«Pedir» con confianza al Señor, con una actitud de abandono, con humildad de espíritu, con palabras sencillas que surgen de los labios y que desprecian el orgullo y autosuficiencia. Jesús otorga desde la fragilidad y la indigencia no desde un corazón altivo.
«Buscar» no implica exclusivamente pedir. Es avanzar por el camino espiritual para esforzarnos en cumplir la voluntad divina, para comprender que todo cuanto nos ocurre en la vida es para conocer mejor a Dios; que en las pruebas de la dificultad, en el dolor, en el sufrimiento, en la dificultad, uno también está capacitado para aceptar la voluntad del Señor.
«Llamar» es reclamar la atención para que nos escuchen y nos atiendan, para que se hagan cargo de nuestras heridas. Pero el Señor desea tomar tu vida y unirla íntimamente a la suya. Y en esa llamada no quiere que mires únicamente tus heridas interiores sino que las unas a la suyas, que no contemples sólo lo que nos separa de Él y de los demás. Quiere que mi dolor se una estrechamente al suyo, que le pida perdón y que se viva junto a Él la experiencia más sublime y hermosa que es gozar de la misericordia del Señor en ek peregrinar cotidiano.
«Pedir», «buscar» y «llamar». Pedir que nos otorgue la bondad y la esperanza, buscarle en todo lugar, llamarle en la necesidad. En esto se resume la confianza y la esencia de la vida espiritual.

Acto de contrición

¡Señor, quiero buscarte cada día para que me enseñes a ver en cada persona que se cruce en mi camino el hombre y la mujer que tú amas! ¡Dame un corazón generoso para amar igual que haces Tú! ¡Aýudame, Señor, a no cerrar mi corazón con el candado de la indiferencia ante los sufrimientos y necesidades de las personas que me rodean! ¡Señor, quiero encontrarte cada día en la oración y la Eucaristía para llenarme de Ti! ¡Dame. Señor, Tu sabiduría de Dios, para vivir una vida llena de amor y coherencia cristiana! ¡Enséñame, Padre, a dirigirme a la genteque sufre, que tiene heridas, que te busca, que no te conoce, que tiene una fe tibia, al inseguro, al enfermo, al lleno de ilusiones, al soberbio… como lo harías tu! ¡Cierra de mi corazón la soberbia y dame un corazón sencillo! ¡Recuérdame, Padre, que al comenzar cada jornada mis acciones y mis palabras sean el espejo de tu Evangelio! ¡Quiero pedirte, Señor, serenidad, sencillez, humildad, generosidad, comprensión, paciencia, magnanimidad, amor, esperanza, bondad… y todos aquellos valores que me haga un verdadero discípulo tuyo!

Del compositor inglés Gustav Holst disfrutamos hoy con A Choral Fantasia, op. 51, obra encargada al músico inglés por el organista de la Catedral de Gloucester: