El triunfo de la Cruz

Hoy celebramos una fiesta hermosa para los católicos, la exaltación de la Santa Cruz, o lo que es lo mismo, la veneración de las reliquias de la Cruz de Cristo, cuyos fragmentos fueron recuperados por el emperador Heráclito.
Recuerdo un viaje con amigos a Cantabria. En la más abrupta zona de la cordillera cantábrica, en una comarca singular, La Liébana, rodeados de altas montañas, por donde pasaron las mesnadas árabes vencidas por los últimos visigodos, defensores de la fe y la cultura en el norte de España, visitamos el monasterio de Santo Toribio de Liébana, protegido por la naturaleza, donde se custodia el mayor fragmento del lignum crucis, esta reliquia del cristianismo que nos maravilló por lo que representa. Rezar ante aquellos minúsculos restos de la Cruz nos provocó una profunda emoción.
¿Qué sentido tiene para mí, hoy, exaltar la Cruz de Cristo? No adorar un objeto cualquiera. No venerar una simple cruz. No reverenciar una pieza arqueológica. Si yo predico a Cristo crucificado, escándalo para los relativistas como diría San Pablo, mi referente es esa Cruz por la que Cristo derramó su sangre para librarme de la esclavitud del pecado. Sólo por ese testimonio de amor tan grande esa Cruz se convierte en signo de bendición, de excelencia, de Amor, de ternura, de entrega, de generosidad y símbolo de derrota del odio y de la vanidad, de la incapacidad de perdonar y de la soberbia, de violencia y de falta de caridad.
Coincide este día cercano al día del dulce de María, que celebramos el sábado. La Virgen me invita a levantar los ojos hacia su Hijo crucificado; me invita a tomar con orgullo esa Cruz gloriosa para demostrar al mundo hasta qué límites llegó el amor de Cristo por nosotros. Me invita a ser árbol de vida. Me invita a acercarme a Él con confianza. Me invita a dedicarle unos minutos, postrarme ante él y adorarle. Me recuerda que la Cruz es amor y que el poder del amor es más fuerte que el mal que nos amenaza.

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Hoy exclamo ante la Cruz de Cristo: ¡Oh Santa Cruz! ¡Me postro de rodillas ante Tu Cruz, Señor, me humillo ante el madero ante la cual moriste por amor a mi! ¡Cuando mi cruz de cada día se vuelva pesada, Señor, permíteme compartirla contigo! ¡Cuando vea la cruz de un necesitado, condúceme con amor hacia él para consolarle! ¡Conviértete, Santa Cruz, en mi luz, en mi verdadera esperanza! ¡Hazme entrar en el camino de la salvación y derrama en mi alma el bien! ¡Gracias, Señor por tu Cruz; gracias por haberla cargado por amor! ¡Gracias, porque elevada ante el mundo, eres faro luminoso que congregas a tu rededor a todos los que creemos en Ti, Señor, para entonarte cantos de Gloria Tú, que siendo dueño de todo lo creado, permitiste ser crucificado para la redención del genero humano! ¡Bendita seas, Santa Cruz, por los siglos de los siglos, fuiste entre los paganos signo de valor y afrenta y hoy eres emblema del cristiano y esperanza para ser perdonado por el sublime sacrificio de mi Señor Jesucristo, a quien espero servir y honrar por toda la eternidad!

Hoy la primera parte de las Siete palabras de Cristo en la Cruz de Cesar Frank:

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