Vivir por inercia

La velocidad rompe los esquemas de nuestra vida. Es necesario que decrezca el ritmo para evitar degradarnos a nosotros mismos, a nuestro entorno y, sobre todo, en lo que afecta a nuestra relación con Dios. La hiperactividad a la que estamos sometidos —por el trabajo, por nuestros compromisos sociales y familiares, por nuestra necesidad de aparentar…— nos lleva a vivir por inercia; dedicamos gran parte de nuestro tiempo y nuestra energía a alcanzar objetivos externos que, en el transcurrir de los días, acaban oxidándose. Con ello dejamos de lado lo que realmente es transcendente en nuestra vida.
El esclavismo del siglo XXI son las cadenas de los horarios, del llegar a todo, del consumo, del poseer lo último de la tecnología, de la ropa de marca, del ruido… y, sobre todo, lo que todos esperan de nosotros porque hemos elevado las perspectivas de lo que somos. Nos convertimos, por tanto, en esclavos de una vida frenética. Sobrevivimos, sí, pero no vivimos de manera consciente, responsable y sensata.
La lentitud es un concepto degradado pero es imprescindible asumirlo en nuestra vida. Para hablar, para actuar, para rezar, para pensar, para ofrecerse, para servir. Pero no entendido como un concepto de vagancia o de falta de iniciativa y de resolución sino como contraposición a la cultura de la prisa que nos invade con todas las resonancias vitales que ello comporta: la superficialidad, la ligereza de nuestros actos, la carencia de caridad y misericordia, la codicia, el abarcar en exceso para no ofrecer calidad en nuestros actos, la falta de paciencia, el no saborear los momentos agradables que el día nos ofrece y aceptar con alegría los momentos difíciles que nos trae la jornada. Pero, fundamentalmente, aprender a priorizar lo que es importante en nuestra vida.
Viajamos siempre en el carril más rápido de la autopista, a la máxima velocidad, cargados de emociones, para hacer más en menos tiempo. Sin pausas, sin llenarse de los silencios necesarios, sin espacio para la interiorización. Esclavizados por lo frenético. A veces no nos damos cuenta pero la rapidez se instala en nuestras relaciones con los hijos, con el cónyuge, con los amigos, a la hora de la comida o de la cena, al caminar por la calle, en las relaciones sexuales, en las actividades de ocio… Llenamos nuestra vida pero no hay calidad en la etiqueta que llevamos encima.
Dios creó el mundo en seis días. Y al séptimo descansó. Pero en los momentos de actividad meditó sus acciones, actuó con la diligencia del que ama los actos que hace. Y en esa frenética actividad cotidiana esperamos que Dios actué con nosotros con la misma celeridad. Una de las razones de la “lentitud de Dios” con nosotros es que uno sea capaz de vencer algún defecto de carácter, la negatividad que lleva encima, o ese algo negativo que mediatiza nuestros actos. O es imprescindible para que fortalecer la fe o para aprender a amar: a dar amor de verdad y permitir que otros te amen. Para valorar, con infinito agradecimiento, todas las cosas que uno posee. Para vencer el orgullo que todo lo degrada y preocuparse lentamente por los demás. En la relación con Dios no se puede vivir de la inercia ni a gran velocidad porque a Dios se le encuentra en el silencio y la calma. ¡Ya, desde hoy, tengo que bajar cien marchas a mi propia vida!

¡Señor, te pido que me ayudes a que mi pasos sean lentos! ¡Dame, Señor, la quietud y la calma para serenarme en medio de la confusión diaria! ¡Enséñame, Señor, a aprender a descansar en Ti, a tomar las vacaciones del minuto en el que pueda valorar las pequeñas cosas cotidianas que tanto valor tienen y tan poco caso les hago! ¡Señor, soy consciente de que vivir deprisa no es vivir sino simplemente sobrevivir sin dar calidad a mi vida en ti y en los demás! ¡Señor, ayúdame a no desperdiciar la vida, a no pasar el tiempo a toda velocidad, sino disfrutando de todo lo que tu me ofreces! ¡Señor, ayúdame a pedalear despacio en el día a día para reflexionar, para preguntarme qué quieres de mí, que es lo importante en mi vida! ¡Espíritu Santo, envíame tus santos dones e inspírame para que arraigue mis raíces profundamente en el suelo de los valores perdurables de la vida para que pueda crecer hacia la felicidad en la tierra, preámbulo de la que tendré en el cielo! ¡Señor, haz lento mi paso! ¡Y quiero darte gracias, Padre, porque Tú no haces las cosas cuando yo te las pido, sino que permites que pase un tiempo, para que yo pueda comprender las causas de mis problemas, evaluar las consecuencias de mis decisiones, reparar los daños que he causado y entender qué cosas debo cambiar en mi carácter para que no me suceda lo mismo, o tal vez algo peor! ¡Gracias, Señor, porque no quieres que tropiece muchas veces en mi vida, quieres enseñarme a levantar los pies, para que camine mejor! ¡Gracias, Señor, porque me ayudas a comprenderte un poco más!

Del compositor neerlandés Jan Pieterszoon Sweelinck (1562-1621) escuchamos hoy su coral con cuatro variaciones Allein Gott in der Höh sei Ehr para órgano.

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Un comentario en “Vivir por inercia

  1. Buenos días!
    Gracias por esta meditación que me hace llorar por la verdad de su contenido, pero también me hace llorar de decepción por lo que siento que soy ante mi PADRE CELESTIAL (en sentido metafórico, porque en realidad sé quien soy para ÉL)… nuestro AMADO DIOS tiene el CONTROL de TODO y de TODOS, y no podemos negar que su VOLUNTAD es AGRADABLE Y PERFECTA… aunque a veces sea TAN difícil aceptarla y entenderla. Y entonces, nos sentimos, como los profetas, apóstoles, y grandes personajes de la BIBLIA como JONÁS que hemos actuado de manera correcta, y nos llenamos de cólera, porque lo mejor de nuestra vida pasa sin una respuesta!!!
    Gracias DIOS por nuestro tiempo de cólera, algo debemos aprender de éste, como por ejemplo, caminar sin PRISA…
    Bendiciones y feliz día.

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