Y tu… «¿Cuánto has amado, hijo mío?»

Me preguntaba el otro día si mi vida acabara ya que me diría el Señor cuando me viera llegar a las puertas del Cielo y yo, postrado ante su presencia, me encontrará frente a Él. Tal vez la única pregunta que reciba sea: «¿Cuánto has sido capaz de amar, hijo mío?».
Con toda probabilidad en ese preciso instante pierda todos ese argumentario que tan bien hilvanados lleve para defender mi causa. Toda explicación será en balde porque Dios conoce hasta el último rescoldo de mi corazón endeble.
Tal vez me tome de la mano y me enseñe ese edén maravilloso que es el Cielo. Pero yo, probablemente, siga sin poder articular palabra. Me fijaré en ese rostro de bondad y misericordia pidiendo clemencia. Contemplaré esos ojos brillantes del Dios de la vida y trataré de que, al mirarlo, no me caigan por las mejillas lágrimas de desconsuelo y vergüenza.
«¿Cuánto has amado, hijo mío?», esa pregunta del Dios amor resonará en mi interior durante el paseo. Y todas mis argumentaciones, mis justificaciones y mis excusas quedarán sepultadas por la verdad de mi vida.
«¿Cuánto has amado, hijo mío?». Una pregunta tan breve, tan simple pero tan profunda. Y, entonces, comprenderé que el Dios de la vida, de la esperanza, del consuelo, aplicará conmigo la parábola del hijo pródigo y sentiré una alegría desbordante.
Cuando mi mente regresa a la realidad de lo cotidiano y se abren mis ojos frente al Sagrario dónde está ese Dios que me espera comprendo que si no soy capaz de amar de verdad no hace falta que prepare las maletas para subir al Cielo. Es la estación término para los que aman con un corazón sincero.

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¡Gracias, Señor, porque con tu ejemplo y tu palabra nos enseñas a amarnos unos a otros, y al amarnos así, te amamos a más a Ti! ¡Quiero hacer mío el mandamiento del amor, Señor, para ser coherente con mi vida cristiana!¡Ayúdame Padre de bondad a amar a todos los que se cruzan por mi camino pues así puedo manifestar a la sociedad que soy hijo tuyo, y sin duda, muchos creerán en Tí, que eres el Dios de la bondad y la paz! ¡Señor, conviérteme en un instrumento de amor! ¡Espíritu Santo, dame la fuerza para ser una fuente de amor transformadora para que todos aquellos que me rodean se beneficien de mi luz! ¡Espíritu Santo, que ningún pensamiento de ira ni odio se apodere de mi corazón, otórgame las fuerzas para ser tolerante y paciente y ser fuente de compasión! ¡Ayúdame con mis flaquezas, Espíritu de Dios, cuando me impaciente! ¡Y si en algún momento no soy bondadoso, enséñame a entender que compartir y ayudar hacen bien al que recibe pero también a mi y convierte el mundo en una sociedad más humana y sensible! ¡Espíritu Santo, dame la fuerza para luchar por la verdad, la justicia y el amor, luz para comprender a todos, ayuda para servir, generosidad para amar, solidaridad para vivir y paciencia para esperar!

En la voz de Luciano Pavarotti nos deleitamos esta mañana con el bellísimo canto Per la gloria d´adorarvi de Giovanni Bononcini:

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