¿Gracias a Dios? ¡Pero si es fruto de mi esfuerzo!

En un encuentro con un empresario hecho a sí mismo —algo, sin duda, meritorio— dedica parte de su tiempo a alardear de sus éxitos, de sus deportivos, de sus relojes, de sus viajes de lujo, de su mansión con piscina, de los excelentes vinos que atesora su bodega, de sus… «¿Ya le das gracias a Dios por todo lo que tienes?», le pregunto. «¿Gracias a Dios? ¡Pero si me lo he conseguido con mi propio esfuerzo! ¡Yo a Dios sólo le pido que me solucione los problemas!», responde.
Vivimos inmersos en una dinámica cuyo eje de pensamiento y criterio de actuación es acaparar, conseguir el mejor salario, ganar dinero, poseer, disfrutar de todas las comodidades y satisfacciones. Son muchos los que, sin aventurar a aceptarlo y menos a confesarlo abiertamente, el centro de su vida, lo determinante, lo crucial y lo definitivo es adquirir bienestar material, alardear de ello y conseguir un prestigio social que abra las puertas de lo mundano. Eso es lo que da la seguridad. Para lograrlo se es capaz de cualquier cosa, de sacrificios inimaginables y de llevar a cabo renuncias que desde una perspectiva racional son un sinsentido. Actuar así exige pasar por encima de todo y de todos, servirse del prójimo, de la realidad de uno mismo e, incluso, de lo más sagrado que tiene el hombre: la dignidad.
Me impresiona la imagen del Señor, ejemplo de serenidad, cordura y mesura, fustigando con furia a los mercaderes y a los compradores del templo con un azote en las manos. Desde la lógica divina esta actuación —en apariencia desmedida del Señor— tiene un sentido profundo. Jesús no acepta a aquellos que, incluso en la intimidad de la oración, no hacen más que buscar el interés propio, viven preocupados por su propio negociado. Ese es su único interés.
Se entiende así la coherente reacción del Señor cuando convertimos la casa de Dios en un centro comercial de intereses propios, cuando nos acercamos o vivimos con un espíritu, un comportamiento y unas actitudes meramente mercantiles, en la que no priman más que nuestros propios intereses. Todo supeditado a nuestro yo. Ninguna relación que no esté basada en el amor es auténtica. Por eso, la relación filial con Dios Padre pierde su autenticidad y se convierte en un interesado sentimiento de utilización cuando todo queda mediatizado por la obtención de ventajas, intereses o ganancias egoístas, no importa del tipo que sean y se deja de lado el amor.
Es una quimera tratar de comprender mínimamente algo del amor, del afecto, del cariño, de la generosidad, de la entrega, de la ternura, de la acogida que Dios hace a cada uno de sus hijos cuando uno se mueve por esta vida mercadeando con todo, vendiendo intereses y comprando voluntades, en ese afán por negociar el bienestar propio, la propia seguridad, la falsa felicidad, la prosperidad ficticia y, lo que es más importante, la propia salvación.
Para Dios lo sagrado son las personas, fruto de su creación; es la vida, es el amor, es la justicia, es la generosidad, es la paz y, en cambio, los cristianos con tanta frecuencia ponemos más interés, más entusiasmo y más pasión y respeto en los símbolos que en la realidad que nos toca vivir. ¿Por qué no sacrificar más nuestros intereses personales y poner más atención en las cosas de Dios?

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¡Señor, Tú eres la Luz que cada día da sentido a mi vida en medio de tanta oscuridad! ¡Señor, delante de tu mirada amorosa, llena de misericordia, necesito reconocer, con sencillez, con humildad, y con dolor, que muchas veces apago tu luz para intentar brillar por mí mismo! ¡Señor, tantas veces soy un individualista y un insolidario pensando sólo en mí mismo, en mis cosas, en mis proyectos, sin preguntarme por los problemas y los proyectos de los que me rodean! ¡Señor, perdona porque apago muchas veces la luz para buscar los focos de los aplausos ajenos, de la seguridad mundana, convirtiéndome en un esclavo de los elogios como si eso fuera lo más importante! ¡Señor, sabes que muchas veces apago la luz cuando no soy capaz de transmitir tus valores a los que me rodean porque pienso en cosas que son más importantes! ¡Señor, hazme entender que la felicidad está en Ti y en otros lugares! ¡Señor, enciende la luz de mi vida para hablar con verdad y vivir con autenticidad cristiana pues sabes que muchas veces me encierro en mi vacío interior, haciendo oídos sordos a las necesidades de los demás preocupado como estoy por no perder mi bienestar! ¡Señor, enciende la luz en mi corazón cuando veas que no soy un buen samaritano, ni un buen apóstol, ni un buen misionero de tu Palabra, ni un orante amoroso o un servidor fiel, cuando no vivo el espíritu de las bienaventuranzas y no rezo de corazón el Padrenuestro!

Del compositor italiano Antonio Caldara disfrutamos hoy su sensible y armoniosa Sebben Crudele:

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Un comentario en “¿Gracias a Dios? ¡Pero si es fruto de mi esfuerzo!

  1. Gracias por hacernos reflexionar con esta meditación, porque aunque mi interés no tenga que ver con lo material (cosa pasajera sin valor en la vida para mí) en ocasiones si espero que NUESTRO BUEN DIOS actúe prontamente en algo que anhelo desde lo más profundo de mi corazón, y una y otra vez me dice NO!!!
    Hoy AMADO DIOS,te doy GRACIAS de manera desinteresada por todo lo que me has regalado,,, sin esperar nada a cambio, aún ese ANHELO lo entrego a TI… transfórmalo por el ANHELO que DESEAS tenga yo en mi corazón egoísta, cámbiame PADRE BUENO y que sea para MÍ lo que tu DESEAS.
    Amén! bendiciones mil.

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