Engañados por los aplausos ajenos

¿Cuántas veces resuena en nuestro interior el lamento por la incapacidad para contentar a todo el mundo, especialmente a nuestro entorno familiar y social? Es un lamento recurrente. Actuamos, sin conseguirlo, como buscadores de la felicidad ajena tratando de complacer a unos y condescender con otros.
Pretender solventar los problemas ajenos nos coloca ante el papel de salvador de las causas imposibles que nos tiende la trampa del rechazo ajeno. Mientras vivimos convencidos de que es posible complacer a quienes nos rodean acabamos sometidos a la esclavitud de la opinión y el juicio ajenos.
El modo de vida de Jesús es ejemplo de cómo el hombre no debe vivir condicionado por lo que nos llega de fuera. ¡Si ni siquiera Dios consigue contentar a la generalidad de los hombres! ¡Cómo voy a lograrlo yo con mi pequeñez y mi insignificancia! Sabemos que entre los seres humanos es mínima la distancia que transita del aplauso y el elogio al desprecio y el manotazo.
Hay que evitar dejarse obnubilar por los aplausos ajenos, a veces tan interesados, y dejar de mirar las butacas del auditorio buscando la aceptación, las loas y los elogios de este mundo. Quien busca el aplauso de los demás, pone su felicidad en manos ajenas. Hay que arrinconar del corazón la necesidad de más y más aplausos y mirar más al Señor, tratando de gustarle y complacerle sólo a Él. El resto vendrá por añadidura. ¡Qué difícil es esto para un corazón instalado en la soberbia! Pero uno debe saber que Dios nunca aplaude porque Él es el único que merece todos los aplausos. Basta con que toque el corazón; ese es el mejor regalo que se puede recibir de Dios. Dios no elige a personas capacitadas, Él capacita a sus elegidos. Y los aplausos de nuestras acciones deben tenerle a Él como destinatario.

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¡Señor, cómo me gustan los halagos de la gente que hinchan mi orgullo y ensanchan mi corazón soberbio! ¡Y cuanto olvido, Señor, que todo viene de Ti! ¡Perdona, Señor por mi falta de autenticidad cuando busco el aplauso ajeno! ¡Perdón, Señor, por mi falta de testimonio, por mi búsqueda de seguridades, por mi escasa relación contigo! ¡Perdón, Señor, por tanta insensibilidad y rutina, por tantas dudas y desconfianzas, por tantos cansancios y miedos, por tanta cobardía a la hora de vivir como cristiano! ¡Perdón, Señor, por las rebajas a tus promesas, por mi ceguera a lo que me marcas! ¡Perdón, Señor, por la pequeñez y la dureza de mi corazón, por tanto desánimo y desencanto, por tanta tristeza y pesimismo, por tantas impaciencias y prisas cuando no se hace mi voluntad! ¡Aún así, Señor, me pongo a tu disposición para que me capacites! ¡¡Capacítame por tu Espíritu para ser un verdadero discípulo tuyo!

Del compositor checo František Ignác Tůma (1704-1774) le pedimos al Señor su misericordia con este bello Miserere mei Deus (Psalmus 50):

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