Profeta en la familia

Todos conocemos personas que han logrado acercar a la Iglesia a personas alejadas de Dios. Tienen un auténtico celo apostólico. Son capaces de hablar de Dios a quienquiera que se les cruce por el camino. Sin embargo, ese celo apostólico fracasa en cuanto tratan de llevar a Dios a gente de su propia familia, especialmente a los hijos, o de su entorno más cercano. Por mucho que lo intentan, no consiguen interesarles por las cosas de Dios.
Le sucedió también al Señor. Jesús no fue profeta en su tierra. De hecho, el apostolado familiar es siempre el más complejo y difícil de llevar a cabo. En el entorno familiar la palabra no es suficiente. En el entorno social, comunitario, parroquial o profesional uno puede tener una imagen de bondad, de eficacia, de espiritualidad firme y decidida… pero en el seno familiar uno no deja de ser una lapa, un black decker espiritual que martillea siempre con el mismo tema. Y cuando recuerdas con insistencia que uno tiene que confesarse con frecuencia, que no se puede dejar de asistir a Misa los domingos, que hay que bautizar a los hijos o a los nietos, que hay que rezar al levantarse, hacer el examen de conciencia por la noche, hacer algún tipo de voluntariado… la respuesta será siempre la misma. «Ahí tenemos al plasta con la misma historia de siempre». Pero la función esencial de la familia es llevar sus miembros al cielo. Y en el caso de una familia cristiana esta obligación adquiere un relieve fundamental.
Nada es superfluo en este mandamiento de transmitir los valores cristianos en la familia. Pero como el verdadero apostolado familiar no da frutos únicamente con la palabra ni con los gestos para vencer los obstáculos que aparecen en el entrono pues el ambiente que nos rodea nos presenta una vida placentera, cómoda y apática en la que no es necesario descubrir un sentido transcedente de nuestra propia existencia y, por supuesto, de nuestra propia familia, el remedio más eficaz es crear un ejemplo convincente de vida. Es imprescindible rezar mucho, interceder mucho, dar mucho amor y mucho afecto, transmitir ingentes cantidades de cariño, testimoniar con un comportamiento ejemplar, aportar mucha alegría… Se trata de ser sal y luz en el seno de la familia. Demostrar que se puede vivir conforme al proyecto de dios. Con ello conseguimos que el bien se atraiga de manera irresistible. Dios está en el centro de todas las familias. Hay que orar mucho para que todos sean capaces de sentirlo.

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¡Señor, ya sé que los apóstoles no nacen de la noche a la mañana! ¡Qué un apóstol se forja día tras día por medio del testimonio, la acción, la palabra y la oración! ¡Envíame tu Espíritu para convertirme en un verdadero apóstol tuyo! ¡Además de entusiasmo, Señor, necesito también de la formación, la oración y los sacramentos para ser más eficaz en mi actividad apostólica! ¡Ayúdame a no desfallecer en todo esto, Señor! ¡Señor, nadie puede dar lo que no tiene! ¡Por eso quiero llenarme de Ti, Señor, mediante la oración y el contacto frecuente contigo en la Eucaristía! ¡Ayúdame a que no me venza la pereza de cada día! ¡Quiero iluminar, llenarme de Tu luz! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, en esta hermosa tarea de ser lámpara que ilumina a los que me rodean! ¡Te pido por todos los miembros de mi familia que no creen en Ti, que te han abandonado o que dudan de tu Verdad! ¡Llénalos de tu amor y hazte presente en su vida!

Escuchamos hoy el Himno a la familia:

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