Intercedo por tí… pero tú primero

Tal día como hoy fallecía en 1968 el padre Pío de Pietrelcina, el santo franciscano que el Señor escogió para que llevara los estigmas de su Pasión. Decía el padre Pío que hay que rezar, esperar y no preocuparse. Que la preocupación es inútil porque Dios es misericordioso y escucha siempre nuestra oración.
Me ocurre con frecuencia que personas a las que aprecio y tengo en alta estima, que saben que soy cristiano, que amo al Señor, que trato de llevar una mínima vida de oración, que frecuento la Eucaristía… acuden a mí pidiendo que rece por una intención suya. Sucede normalmente cuando se hallan con alguna dificultad, ante una enfermedad, ante un problema laboral o económico, con heridas en el corazón… en definitiva, cuando la oscuridad les impide ver la luz del camino o tienen un vacío en el corazón. Es una situación que, como me ocurre a mí, muchos experimentan.
Sin embargo, esas mismas personas que confían en esta oración de intercesión en la que pedimos, reclamamos, llamamos con insistencia, invocamos e, incluso, clamamos por ellos para que el Señor nos escuche, no viven una vida de fe, ni rezan, ni acuden a la Eucaristía dominical, ni tienen una vida mínimamente sacramental, ni nos acompañan en la oración. Ponen la solución en tu oración. Esperan que seas tú quien rece por ellos tal vez como consecuencia de sentirse indignos de pedir algo a Dios, de su falta de hábito, por no saber cómo orar o, simplemente, por comodidad.
Hay que rezar por ellos siempre, poniendo el corazón. La oración es la más eficaz de las armas que tenemos porque es la llave que abre el corazón de Dios. El grado superior de la oración tiene por signo la súplica ferviente con lágrimas a favor del prójimo. Es como si nuestro progreso en la vida de oración nos fuera concedido para el provecho de nuestros hermanos débiles que no saben rezar. Orad los unos por los otros, para que seáis curados, es una idea recurrente en el Evangelio. Cuando la oración se eleva al nivel del amor divino en comunión con el Espíritu se vuelve entonces poderosa y eficaz, al punto de ser para los demás una fuente de auxilio espiritual, de alivio y de consuelo.
Es una alegría rezar por el que lo necesita. Pero no debe quedarse en eso, hay que hacerle comprender con amor, sencillez y generosidad y con meridiana claridad que vas a rezar por él, que lo vas a hacer de corazón, pero que el Señor te ha hecho ver que él también puede rezar contigo. En esa unidad orante la oración tendrá más fuerza y más valor. Si verdaderamente alguien anhela el favor de Dios, la ayuda amorosa y misericordiosa del Padre, es importante que esté reconciliado con Él, pedirle humildemente que le socorra y, así, unidos en la poderosa fuerza de la oración de intercesión, nuestras súplicas estarán apoyadas en la fuerza de la fe. Y, con toda seguridad, el Señor le conceda mucho más de lo que esa persona desea pedirle.

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Comparto hoy la oración pronunciada por Juan Pablo II en la Misa de canonización del padre Pío celebrada el 16 de Junio de 2002 y que me gusta rezar habitualmente: "Enséñanos también a nosotros, te pedimos, la humildad del corazón para formar parte de los pequeños del Evangelio, a quienes el Padre les ha prometido revelar los misterios de su Reino. Ayúdanos a rezar sin cansarnos nunca, seguros de que Dios conoce lo que necesitamos, antes de que se lo pidamos. Danos una mirada de fe capaz de capaz de reconocer con prontitud en los pobres y en los que sufren el rostro mismo de Jesús. Apóyanos en la hora del combate y de la prueba y, si caemos, haz que experimentemos la alegría del sacramento del perdón. Transmítenos tu tierna devoción a María, Madre de Jesús y nuestra. Acompáñanos en la peregrinación terrena hacia la patria bienaventurada, donde esperamos llegar también nosotros para contemplar para siempre la Gloria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén".

Escuchamos hoy el himno dedicado a san Pío de Pietrelcina:

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