Las trampas del «yo»

Yo, yo, yo… ¡Cuántas veces digo y repito interiormente esta palabra! ¡Qué actitud tan egocéntrica, tan soberbia, tan indolente! ¡Pero así soy yo, así somos los hombres, con el «yo» siempre por delante!
Es la soberbia la que conjuga de manera reiterada ese yo, yo, yo que nos convierte en criaturas yermas de amor, infecundas para servir con el corazón, infructuosas cuando se trata de ponerse al servicio del Señor, áridas en la oración, nulas para la caridad, ineficaces para aprovechar al máximo los frutos de nuestros dones.
Yo, yo, yo… ¿Por qué tendemos a pensar que la vida es para uno mismo? La vida es un regalo de Dios. Y como don encierra un propósito para de cada uno de nosotros. Mi vida —tu vida—, es para Dios. Y desde el amor a Dios para el bien de los demás.
Cuesta enterrar el yo para desempolvar del corazón el talento del mandamiento del amor, quitar las telarañas de nuestros propios deseos y llenar de brillo la razón de nuestra vida.
Lo difícil es vivir una vida con corazón, alma, mente y fuerza para Dios y, actuando como Él, amando a los demás. Hay que entregar lo que uno es y posee para dar los mayores frutos. ¡Pero con el yo, yo, yo como estandarte… yerma resulta cualquier tarea!

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¡Señor, Dios de bondad, deseo vivir para Ti! ¡Buscar desde Tu Palabra la verdad! ¡Espíritu Santo guía mi camino para aplicar la Palabra en mi vida y renunciar a mí mismo y desear la voluntad de Dios por encima de todo! ¡Contra el otro yo soberbio que jalona mi vida, envíame el Don de Temor de Dios, que me libre del orgullo, la vanidad y la presunción! ¡Señor, tú me invitas a perder la vida por tu causa y por el Evangelio! ¡Pero Tú sabes bien, Señor, el miedo que me produce gastar la vida, entregarla sin reservas, por ese egoísmo que me atenaza! ¡Señor, en el fondo soy un cobarde por eso me cuesta trabajar y servir a los demás, hacer un favor al que no lo va a devolver, lanzarse a fracasar, quemar las naves por el prójimo! ¡Me avergüenzo, Señor, pero así es mi vida! ¡Por eso te pido me ayudes, Señor, a distinguir entre el bien y el mal, a separar la verdad de la mentira, a diferenciar la humildad de la soberbia y el pecado de la perfección! ¡Porque, Tú eres mi ley, Señor, te pido que me ayudes a que nada ni nadie distraiga mi atención y pueda, en la medida de mis posibilidades, ser instrumento de tu amor y de tu gracia aparcando para siempre mi yo!

Del compositor Francisco Corselli disfrutamos del Domine deus para soprano de su Missa Concertata:

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