Dolor que santifica

Debido a una infección he tenido que visitar varias veces el servicio de urgencias pues el dolor por la extracción de una muela no remitía y la infección iba en aumento afectando a uno de los nervios. Durante una semana las noches han sido eternas pues era imposible dormir por el dolor. El tratamiento del médico no daba resultado y era necesario averiguar dónde radicaba el núcleo de la enfermedad para acotar tan dolorosa infección.
Las horas en urgencias, especialmente de madrugada, donde los nervios están a flor de piel, te permiten comprobar el egoísmo del ser humano. Todo enfermo, por mínimo que sea su dolor, cree que su enfermedad es la más grave y exige toda su atención inmediata. Lo mismo sucede con alguien que vive una desgracia, la suya es la más radical y no hay nadie más desgraciado que él. Pero si uno se sintiera afligido por otras causas no se sentiría mejor. En la prueba, en el dolor, surge el verdadero amor. Basta con abandonarse a la voluntad del Señor con ánimo predispuesto ante cualquier adversidad que el Señor nos quiera enviar. El Señor nos dice que Él siempre quiere lo mejor para nosotros, incluso con un interés superior al nuestro. El, que es la Eterna Sabiduría, es la único que conoce lo que es más conveniente a nuestro interés.
Las cruces enviadas por el Señor, si uno es capaz de servirse de ellas, se sienten más íntimamente al Amor de Dios, penetran de manera más profunda y alcanzan más rápidamente a Dios que las que uno asume por propia iniciativa. ¿De qué sirve quejarse? ¿Qué sentido tiene lamentarse aunque el dolor sea insoportable? ¿Por qué no decir mejor: ¡Padre bondadoso y fiel, ejemplo de amor y de entrega, haz conmigo lo que más me convenga!?
Es fácil decirlo, especialmente cuando el sufrimiento y el dolor se hace imposible de soportar pero la cruz no sería cruz si no produjera dolor. No existe nada más honroso en la existencia humana que la cruz, no hay nada más dichoso y codiciado que sufrir la cruz por amor a Dios y a los demás. La aceptación de la cruz, el sufrimiento entregado por otra persona o por una intención, a cambio de un breve dolor, proporciona una alegre satisfacción.
La cruz provoca verdadero dolor a quien la rechaza, la considera algo detestable y le resulta molesta. Pero cuando se sufre por amor se produce una íntima relación con el Señor, que todo lo llena y todo lo cubre. El dolor también santifica.
Para Dios la Cruz es más noble cuanto mayor sea el Amor con que es acogida y el abandono que implica su compañía, aceptándola con humilde y acogedora paciencia como signo de eterna alabanza a Dios.

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¡Dios mío, te ofrezco mi dolor! ¡Es todo lo que puedo ya ofrecerte! ¡Tú me diste el ejemplo del amor que robaste a la muerte y a mi no me queda más que mi dolor que te lo entrego por mi familia, ese amigo que lo necesita, por mi trabajo, por la paz en el mundo, por ese compañero que esta enfermo, por ese curso de evangelización para que dé sus frutos, por la vocación de ese joven que se está preparando para el sacerdocio, por el examen de mi hija, por ese acuerdo que no acaba de cerrarse y es tan importante para mi negocio, por los frutos del viaje del Santo Padre a Estados Unidos…! ¡Quiero, Señor, ser fiel a la invitación que me haces de unirte a tu dolor para el bien de todos aquellos que como yo sufren sin conocerte! ¡Te ofrezco, Señor, mi dolor, mi sacrificio, mi sufrimiento para que tantos que no te conocen puedan encontrase contigo, puedan conocerte y tengan la bendición de vivir una vida bienaventurada, una vida llena de bendiciones! ¡En el nombre de Jesús te lo ruego, por las llagas de tu pasión y por mi dolor y sufrimiento de este momento! ¡Señor te ofrezco mi dolor pero dame el alivio de tu compañía!

Buscando refugio, cantamos con Jesús Adrián Romero:

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