¡Hágase, hágase, hágase!

Último sábado de octubre. María de nuevo en nuestro corazón. Propongo asomarnos al corazón de María, admirar su belleza interior y auscultar sus pulsaciones espirituales. Admirar esa delicadeza con la que todo lo hacía. ¡Si todos mis actos estuviesen impregnados de la delicadeza de la Virgen todo sería más alegre y fácil a mi alrededor!
Todo se resume en una palabra que en labios de nuestra Madre suena bellísima: Hágase. Y yo clamo, siguiendo la enseñanza de la Sierva del Señor: ¡Padre mío, hágase! ¡Hágase, Señor, tu voluntad y no la mía! ¡Hágase, Padre, que yo me abandono a Ti! ¡Hágase, Señor, para que mi corazón se llene de calma, serenidad, elegancia, pureza, dignidad y amor!
Y quiero aprender de Ti, María, para que ante los muchos acontecimientos adversos de mi vida no me agite ni me resista sino que me entregue. Que aprenda a aceptar. Que aprenda a darme a los demás con delicadeza. Como lo hiciste Tu, María, con humildad, servicio y amor.
¡Gracias, María, porque me enseñas que antes de ser Señora nuestra, fuiste Señora de tu Hijo! ¡Hágase! ¡Hágase! ¡Hágase!

08

¡María, Madre del amor hermoso, quiero aprender de la delicadeza de tu dulzura para que aparte de mi la dureza del corazón! ¡Tener tu misma delicadeza para no enfadarme cuando asoman las pruebas! ¡Tener tu delicadeza, María, para abrir la puerta de mi corazón cuando Dios llama para entrar! ¡Delicadeza, María, para atender la llamada de los que acuden a mi en busca de ayuda, amor y consuelo! ¡Que aprenda de Ti, María, la delicadeza con la que Tu trataste a Dios! ¡Quiere aprender de tu delicadeza, María, para embellecer esa fe tantas veces tibia que tengo, para profundizar en mi oración tantas veces monótona, para acudir vivificante y alegre a la Eucaristía y vivirla con amor, para escuchar la Palabra de Dios con el fin de que la finura de sus mensajes me ayuden a transformar mi vida! ¡Quiero tomar pequeños trazos de tu delicadeza, María, para comprometerme de verdad en todo, para darme y servir como lo hiciste tu, para saber respetar y, sobre todo, para amar!

Del compositor inglés Gabriel Jackson propongo disfrutar de su bellísimo Magnificat y Nunc Dimittis compuestas para el servicio litúrgico de la catedral de Canterbury:

Halloween no es una fiesta inocente

No lo olvidemos. Los días 1 y 2 de noviembre los cristianos debemos prestar atención a los difuntos y a honrar la memoria de los santos. La fiesta de Halloween que mañana muchos celebrarán es una fiesta pagana, que aunque en inglés antiguo signifique víspera santa, no deja de ser una fiesta que responde a los ritos otoñales en que la luz del día va menguando y crece la oscuridad en la noche. Con antorchas, luces, velas o linternas se intenta ahuyentar la oscuridad y a los malos espíritus nocturnos. En este día el demonio está desatado porque Halloween es su fiesta mayor. Se frota las manos. Ríe maliciosamente. Su respiración es más jadeante que nunca. Su corazón palpita con la fuerza de su maldad porque sabe que millones de personas en el mundo —unas conscientes y otras de manera inconsciente y en apariencia inofensiva— van a participar en fiestas en las que, en realidad, se desagravia a Dios.
Halloween no es una fiesta inocente porque sus símbolos son símbolos de muerte y de terror. Se celebra el cumpleaños del diablo que millones de seguidores en todo el mundo conmemoran con misas negras, abusos terribles a menores, disfraces irreverentes, máscaras vampíricas, profanaciones eucarísticas… El ambiente que rodea este día es de miedo aunque el demonio sepa presentar lo negativo con la mejor de las apariencias.
Aunque no lo creamos celebrar Halloween implica trabar una amistad con el mundo de las tinieblas, de lo oscuro y de lo maligno. Celebrar Halloween no agrada a Dios. Mañana es el día para desagraviar a su Sagrado Corazón de Jesús, orando si es posible en vigilias de oración. No se trata de no celebrar nada sino de celebrar el día de Todos los Santos, a los que estamos unidos por nuestro camino de fe.

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¡Oh dulcísimo Jesús, cuyo inmenso amor a los hombres no ha recibido en pago, de los ingratos, más que olvido, negligencia y menosprecio! Me postro ante Ti para reparar, con especiales homenajes de honor, la frialdad indigna de los hombres y las injurias con que, en todas partes, hieren tu amantísimo Corazón. ¡Señor perdona todos los sacrilegios eucarísticos! ¡Señor perdona todas las santas comuniones indignamente recibidas! ¡Señor perdona todas las profanaciones al santísimo sacramento del altar! ¡Señor perdona todas las irreverencias en la Iglesia! ¡Señor perdona todas las profanaciones, desprecios y abandono de los sagrarios! ¡Señor perdona todos los que han abandonado la iglesia! ¡Señor perdona todo desprecio de los objetos sagrados! ¡Señor perdona todos los que pasaron a las filas de tus enemigos! ¡Señor perdona todos los pecados del ateísmo! ¡Señor perdona todos los insultos a tu santo nombre! ¡Señor perdona toda la frialdad e indiferencia contra tu amor de redentor ¡Señor perdona todas las irreverencias y calumnias contra el Santo Padre ¡Señor perdona todo desprecio de los obispos y sacerdotes! ¡Señor perdona todo desprecio hacia la santidad de la familia! ¡Señor perdona todo desprecio a la vida humana!

Hoy no hay música sino un clarividente video de un exsatanista que explica los peligros de celebrar Halloween. Merece la pena visualizarlo:

¡Cuánto me cuesta perdonar!

Perdonar es un acto de amor, que exige humildad y generosidad. Perdonar no es fácil, pero tampoco es algo imposible. Perdonar es tratar de olvidar la ofensa, como si ésta nunca hubiese existido. De esta forma perdona Dios, restituyendo a la nada todo el mal que colocamos en sus manos.
La capacidad de perdón que cada uno tiene refleja a la perfección la calidad de su vida cristiana. Si yo perdono poco, poco amo. Si he recibido mucho perdón, es que soy muy amado. Si deseo ser perdonado, también he de querer perdonar. El perdón del cristiano desconoce el rencor, las gratificaciones y los derechos, las compensaciones y las exigencias. No hemos de entender el perdón ni como un acto de solidaridad ni un mero protocolo de convivencia social y de buenas costumbres.
Y aunque el perdón sea algo difícil, hay que tratar siempre de perdonar aunque uno sepa que la razón está de su lado, aunque el otro desconozca nuestro perdón, aunque sea malinterpretado, aunque nadie lo agradezca, aunque implique incomprensión, crítica o persecución y, sobre todo, aunque implique para nosotros lo indecible. Una vez perdonado de corazón nuestro perdón se convertirá en fuente de alegría y, fundamentalmente, de libertad interior. Antes de que nosotros perdonemos ya fuimos perdonados. El mayor perdón lo recibimos, sin merecimiento alguno, sin haberlo pedido antes, en esa Cruz redentora, allí donde se gestó el mayor acto de amor de la historia de la humanidad. Así debe ser también nuestro perdón: el que es capaz de alcanzar el extremo de la cruz y del amor.

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¡Señor, cuánto me cuesta perdonar! ¡Por eso hoy, exclamo, Padre Nuestro, perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden! ¡Señor, cambia mi corazón para que se parezca al Tuyo, rebosante de amor y de perdón! ¡Señor, te pido perdón, por todo aquello que delante de tus ojos no he hecho bien! ¡Perdón, Señor, cuando he obrado mal y he ofendido a los demás, cuando me han herido y he sido incapaz de perdonar! ¡Perdón, Señor, si he herido a alguien con mis hechos o mis palabras! ¡Enséñame, Señor, a perdonar a todo aquel me ha hecho algo con lo que yo no he estado de acuerdo! ¡Espíritu Santo, dame la fuerza para perdonar, dame la gracia de perdonar! ¡Señor, sé que el perdonar es una decisión de mi voluntad, y cuando sienta odio, venganza, ira, Espíritu Santo, dame un corazón generoso y misericordioso para perdonar! ¡En Tu Santísimo Nombre, Señor, quiero perdonar y amar! ¡Señor Jesús, aquí está mi corazón, lávame con Tu Sangre, limpia y sana todas mis heridas, cicatriza mi corazón y sálvame! ¡Señor bendice al que me hirió proque yo lo bendigo en Tu Nombre! ¡Transforma mi corazón, Jesús, pon tu corazón en el mío Señor, para que yo perdone porque así Tu lo quieres, porque es Tu voluntad!

La canción del perdón en la voz de la hermana Glenda:

El bien de la caridad

Una idea remueve mi corazón de manera constante. Es la señal por la que se me debe reconocer como discípulo de Cristo: amar a los demás siguiendo el mandamiento del amor, ese que muestra que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios.
Eso sólo se puede hacer escrutando sinceramente el corazón, analizando la propia conciencia, siendo consciente de la propia verdad. Y, desde esa realidad, averiguar si Dios anida en mi interior.
Si quiero recibir a un huésped tan egregio e ilustre he de perseverar en mis obras de amor y de misericordia. Si comprendo que Dios es amor y quiero que more en mi interior mi caridad no puede limitarse a un círculo cerrado porque la divinidad de Dios no gusta quedarse confinado en límite alguno.
Cada minuto de mi vida, cada encuentro con alguien, es un momento propicio para ejercitar la caridad porque el amor no entiende de tiempos, ni de horas, ni de minutos. El amor es un concepto de eternidad.
Todos los días se nos ofrece la posibilidad de tener una ofrenda de misericordia. No es la benignidad con el pobre mendigo, es la benignidad con el impedido por la debilidad del corazón, del necesitado de una palabra de consuelo, del que espera un abrazo de compasión, del que requiere una mirada de afecto, del que suplica un gesto de perdón…
Es la misma gracia y misericordia que Dios me concede cada día. ¿Por qué me cuesta tan poco pedir a Dios que me conceda su gracia y me supone un esfuerzo desmedido el ejercicio de la caridad hacia los demás? Lo primero que tendré que hacer es verificar el estado de mi corazón. Y tal vez descubra que el huésped que descanse en Él no sea Dios.

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¡Señor, concédeme que el Espíritu Santo me llene generosamente con sus múltiples dones, especialmente con el don de la caridad! ¡Ayúdame a expresarte siempre mi gratitud y a revelar tu bondad compartiendo lo que soy y lo que tengo, con alegría y sinceridad, como hiciste siempre Tú! ¡Hazme siempre una persona discreta y circunspecta cuando ayude a los demás! ¡Ayúdame, Señor, a aprender a percatarme de las necesidades de la gente que me rodea! ¡Dame la gracia, Señor, de ser generoso de corazón siendo sensible y compasivo y también generoso de manos con acciones de servicio comprometidas y serviciales! ¡Padre, Tú nos das las cosas que necesitamos y compartes con nosotros lo mejor de Ti mismo, tu Hijo Jesús, acepta de mis humildes manos mi vida, ayúdame a compartirla con los demás sin poner ni etiquetas ni códigos de precio a cada uno de mis dones! ¡Ayúdame a ser, Señor, un verdadero discípulo de la caridad!

Del compositor barroco italiano Francesco Geminiani nos deleitamos hoy con el allegro de su festiva Sonata in re minor.

La Palabra que resuena

Los hombres no sólo escuchamos a través del oído. Lo hacemos también a través del cuerpo pues cuando estamos predispuestos a acoger la palabra ésta penetra en nuestro interior. Se amplifica a través de él. El oído no es capaz de seleccionar los sonidos. Lo oye no lo oye. La vista, sin embargo, es mucho más selectiva. El oído es capaz de precisar la sinfonía que suena en la radio, el murmullo del agua, el canto de un pájaro, las palabras amorosas de una madre a su hijo o el silbido del viento. Todo al mismo tiempo. Pero para acoger la Palabra es necesario un tiempo de silencio. Es la única manera de acoger en el corazón la voz verdadera.
Toda escucha necesita como eje fundamental el afecto. Si escuchas desde el corazón, rompes la barrera con el otro y dejas que penetre su palabra. Si es así con los hombres, ¡cómo no será con Dios!
Cuando la Palabra nos roza, nos acaricia e, incluso, nos hiere, se convierte en algo eterno en nuestro interior. La Palabra no se encuentra en el exterior sino que habita en lo más profundo de nuestro corazón. Está allí, recogida, esperando ser escuchada, necesitada de despertarse como una sinfonía hermosa cuya melodía no cansa nunca.
Toda escucha exige también atención, interés, curiosidad, solicitud… El problema es que los hombres no estamos acostumbrados a escuchar porque el mundo tiene infinidad de reclamos más importantes que centran nuestra atención. Y esa melodía hermosa queda profanada e impide que la Palabra resuene.
Dios tiene una única palabra: Jesús. Y un complemento: Amor. A partir de aquí se hace manifiesta la simplicidad del Creador. Y a través de la unión de ambas palabras todo lo demás emerge de forma radical. Basta escuchar en el interior ambas palabras para que todo lo demás vaya germinando en nuestro interior. Pero es imprescindible que en el interior de cada uno haya el mínimo de silencio y mucha atención. La Palabra nos buscará siempre en cada minuto de nuestra vida, pero hay que tener la predisposición a dejarse llenar de esa aparente simplicidad. ¡Y no tratar de manipularla a nuestra conveniencia y nuestro interés!

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¡Señor, en este día quiero estar abierto a escuchar tu Palabra pero a mi alrededor falta el silencio! ¡Ayúdame a aprender a estar callado y a escuchar atento tu voz! ¡Que tu palabra, Señor, ilumine cada día mi vida, que tu palabra me comprometa y me ayude a vivir en tu presencia! ¡Quiero ser tu amigo, Señor, pero me preocupo tan poco de Ti! ¡Tú me visitas cada día, Señor, y me invitas a que abra la puerta de mi corazón! ¡Desde lo profundo de mi ser te espero y exclamo: “Ven Señor Jesús”! ¡Quiero entregarme a Ti, Señor, mi cuerpo, mi alma y mi espíritu; mi familia, mis amigos, mi trabajo, mis finanzas, mis debilidades y mis fortalezas; mi pasado, mi presente y mi futuro! ¡Todo lo que pequeño que soy, Señor, por toda la eternidad! ¡Dame, Señor, un corazón arrepentido de todo lo que he hecho que te ha herido; todos mis pecados, mis iniquidades, mi frialdad de corazón, y mi falta de confianza! ¡Espíritu Santo, te doy la bienvenida en mi vida ahora, te alabo y te amo, y te pido que me hagas dócil a la Palabra, que me ayudes a recibir las cosas que he pedido al Padre por medio de Jesús! ¡Hazme, Señor, completamente consciente de tu presencia y permíteme escuchar siempre Tu voz! ¡Señor Jesús, úngeme con el Espíritu Santo al aprender y obedecer!

Del compositor barroco inglés Richard Jones disfrutamos hoy del tercer movimiento Giga Allegro de su hermosa Sonata No. 5. en Re mayor:

Pero tú, ¿ya sabes cuál es tu problema?

Le formulo esta pregunta a un amigo, que vive en la amargura y en la queja permanente. Le digo, con toda prudencia y con mucho amor: «Tu problema es que estás henchido de ti, pero vacío de Dios». El egocentrismo que suele llevar consigo la susceptibilidad es uno de los grandes males del corazón del hombre. Es el egoísmo colocado en un pedestal.
De los labios de mi amigo siempre surge este pronombre personal que le incapacita para salirse de sí mismo: «Me». «Me interesa…», «me conviene…», «si no me afecta…», «si me beneficia…», «si me favorece…», «si no me tratan como me merezco…», «si no comprenden lo que me pasa», «si no se hacen cargo de que me esfuerzo tanto…», «me», «me», «me»… Individualismo en estado puro. Susceptibilidad en máximo grado. ¡Cuántas veces a lo largo de nuestra vida nuestro propio yo pasa por encima de todo y de todos! ¡Cuántas veces nuestro propio yo nos impide abrirnos a los demás! ¡Cuántas veces somos incapaces de abandonar el «me» para buscar el «tu»!
¡Cuánto cuesta olvidarse de uno mismo y entregarse a los demás! ¡Cuánto cuesta romper la coraza que rodea nuestro corazón, desapegarse del egoísmo que corroe nuestro interior y buscar la necesidad de los demás! ¡Cuánto cuesta aparcar nuestra propia verdad y abajar nuestros propios criterios para enfocar nuestro caminar hacia la verdad del Evangelio! ¡Qué difícil es aparcar el egocentrismo de nuestros «me» y aprender de la humildad del Señor!
El ser egocéntrico lleva como muleta la susceptibilidad porque todo egoísta ahoga en sus penas la desconfianza. El egoísta vive del recelo, del yo, de la limitación de la empatía con los demás. El egocéntrico no es capaz de hacerse cargo del sufrimiento de los demás porque siempre ha de estar en guardia, atento a lo que otros opinan o dicen de él, sin hacerse cargo de su situación. El egocéntrico ve en las actitudes de los demás intenciones con doble sentido, siempre en continua sospecha, siempre envenenando las relaciones de amistad, siempre con un grado de acidez, incapaces de aceptar una crítica o una verdad, incapacitados para confiar en los demás, recelosos de la bondad y la generosidad, etiquetando a todos y a todo, alimentando el desquite, inhabilitados para ver la belleza de los demás, hurgando en las heridas del dolor y justificando siempre su impaciencia y su infelicidad. En definitiva, viendo al mundo con hostilidad porque en realidad son incapaces de soportarse a sí mismos.
Todos tenemos nuestras mezquindades. Se trata de descubrir esos «me» que nos producen dolor para convertirlos en «aquí los tienes; te los entrego Señor». Nadie es perfecto pero basta con cambiar la visión de nuestra vida, ponerla según los criterios del Evangelio, para ser conscientes de nuestra pequeñez y avanzar hacia un cambio de actitud. Hoy, ¿no sé por qué?, tengo mucho trabajo por delante.

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¡Señor, quiero aprender de ti esa enseñanza que nos has dejado en el camino hacia la humildad: olvidarme de mi mismo para curar mi soberbia y mi egoísmo, para sanar esa enfermedad de mi alma que tanto dolor produce, para evitar tener esa mirada ruin de la vida, para evitar juzgar a los demás y mirarme en el espejo de mi indignidad, para olvidarme de que el hombre es respetado por ti cuando se abaja y se olvida de sí y, en su pequeñez, hace grande su entrega a los demás! ¡Señor, quiero caminar haciendo tu voluntad, guardando tus preceptos, buscándote de corazón sin cometer iniquidad ni seguir mi propio interés! ¡Señor, quiero ser consciente de que encontraré el reino allí donde te deje reinar, donde deje que tu justicia, tu amor y tu paz ocupen el lugar de mis torpezas! ¡Ven y quédate en mi, Señor Jesús, en mi vida diaria y toma posesión de mi para que sepa gobernar y perdonar, santificar e iluminar, para que me esfuerce en ordenar todas las cosas para el bien de todos y para renovarme por tu fuerza, tu gracia y tu misericordia! ¡Ven Espíritu Santo, llena mi corazón con el fuego de tu amor!

Del músico italiano Antonio Lotti escuchamos hoy su bellísimo Laudate Dominum, las primeras palabras del Salmo 116 que dice así: Laudate Dominum omnes gentes; Laudate eum, omnes populi; Quoniam confirmata est; Super nos misericordia eius; Et veritas Domini manet in aeternum (¡Alaben al Señor, todas las naciones, glorifíquenlo, todos los pueblos! Porque es inquebrantable su amor por nosotros, y su fidelidad permanece para siempre).

La revolución de una sonrisa

¿Por qué es tan importante sonreír cada día? Porque la revolución del amor se inicia con una sonrisa. Porque detrás de una sonrisa afable, serena, afectuosa, cariñosa y sobrenatural está siempre Dios. Porque sonreír es signo de paz y alegría. ¡Una simple sonrisa… cuanta felicidad transmite! ¿Y por qué no somos capaces de sonreír cada día?
Con un sonrisa reconocemos al que tenemos delante su dignidad como persona: por la mañana, sonreír al conserje de la oficina; al guardia del parking; a la panadera de la panadería de la esquina; a la enfermera del hospital; a tu mujer cuando te ha preparado tu arroz al horno preferido; a los enfermos del Cottolengo; a tu hijo cuando te cuenta orgulloso una cuita del colegio; a tu madre cuando se queda con tu hijo para que puedas ir a una reunión de padres; al compañero de trabajo con el que pasas muchas horas de tu tiempo; al gasolinero que te llena el depósito del vehículo; a la feligresa que pasa la bandeja en Misa; al Señor al mirarlo pendido de la Cruz al entrar en una Iglesia… Pero también, al grosero que se cruza con su coche cuando vas en moto y casi te tira; al pesado del vecino que aparca mal su coche en su plaza del parking; al del vecino que no entiende que para ver una película en la tele no se necesita el Dolby Maxi como si estuviera en un cine público…
Hay días que sonreír se convierte en un acto heroico. Cierto. Porque estás cansado; porque los problemas te superan; porque físicamente estás hecho una piltrafa; porque estás a día veinte y sabes que no llegarás a final de mes; porque psicológicamente no puedes superar tantas presiones; porque el enfado con tu mujer ha sido descomunal; porque ese amigo te ha decepcionado; porque has perdido el móvil… Y, en estas circunstancias, la sonrisa es imposible. Pero es preferible una sonrisa triste a la tristeza de no sonreír nunca.
No hemos de sonreír porque estemos contentos. Es al contrario, porque estamos contentos sonreímos. Y, aunque todo este gris a nuestro alrededor, una sonrisa no cuesta mucho y tiene un valor incalculable. Una sonrisa crea felicidad en el matrimonio, fortalece la familia, promueve la buena relación en el trabajo y es, sin duda, la mejor contraseña de la amistad verdadera. Una sonrisa ofrece alegría al apesadumbrado, luz al que se encuentra en tinieblas, descanso al que está cansado y fortaleza al hundido por el sufrimiento y las preocupaciones. Y, lo más importante, la sonrisa es como la lluvia fina. Penetra y se instala en nuestro rostro por su constancia. Soy el primero que debo aplicarme en esta tarea, por eso me pregunto: ¿Qué dificulta sonreír cuando se tiene a Dios en el corazón?

08

¡Hoy, Señor, me comprometo a estar todo el día contento, con una sonrisa en el rostro para transformar al que me mira! ¡Hoy, Señor, con la ayuda del Espíritu expulsaré de mi corazón todo pensamiento que me incline a la tristeza o el dolor! ¡Hoy me propongo sonreír todo el día, Señor, sin lamentarme de nada y agradeciéndote la alegría y la felicidad que me regalas! ¡Hoy aceptaré con una sonrisa agradecida todo lo que decidas enviarme, Señor! ¡Y cuando algo no me agrade, Señor, lo aceptaré con amor y me mortificaré agradeciendo que eso haya ocurrido! ¡Señor, si acepto las cosas que tu me envías con alegría y con una sonrisa estaré poniendo a prueba mi voluntad para ser feliz! ¡Quiero pedirte, Señor, que no solo mi boca sonría, sino también mis ojos y mi corazón! ¡Espíritu Santo, lléname de tu amor para que mi rostro sea testimonio cotidiano de la alegría que el Señor me brinda cada día! ¡Señor, gracias, por el regalo maravilloso de mi sonrisa que es testimonio de mi alegría cristiana y mi amor por ti y por los demás!

El aria Con l’ali di costanza del Ariodante de Häendel es muy indicada para esta meditación. Sobre todo al escuchar el recitativo:

Oh, felice mio core!
Dopo tanti tormenti
pur giungesti alla sfera dei contenti.

Oh, mi corazón feliz!
Después de muchos tormentos
pero llegó a la esfera de lo feliz.

Temor a la soledad

Tenemos pavor a la soledad; los hombres necesitamos estar rodeados de gente para no perder esa seguridad humana que otros nos proporcionan. Muchas de las soledades que jalonan nuestra vida lo provoca nuestro egoísmo, que nos encierra en nuestro mundo, en nuestra realidad cotidiana y en nuestras cosas; en definitiva, no queremos complicarnos la vida. Pero hay también soledades que son consecuencia del desamor, del no sentirse queridos por nadie o por muy pocos. Dolorosas son las soledades que provoca el pecado de otros, que señalan con el dedo de la culpa a los que quieren vivir con coherencia el Evangelio. La más hermosa de las soledades es la que Dios obsequia a nuestra alma, un regalo cuyo fin es adentrarse por los caminos de la profunda intimidad con Él y la oración.
Pasando las hojas del Evangelio comprendemos el sentido de la soledad humana. Ninguna soledad humana es comparable a la soledad de Cristo en el desierto, en el huerto de los olivos, en la Cruz o en su descenso a los infiernos. La soledad más profunda es la de sentirse abandonado por el Padre. En los momentos de dificultad, cuando los problemas de todo tipo hacen que nuestra alma sufra, todo parece desmoronarse. Es la soledad del alma. No debe darnos miedo esa soledad que, la sintamos o no, va siempre de la mano providente y amorosa del Padre. Con esa soledad es la que hemos de vivir la radicalidad y fidelidad al Evangelio, pero de manera radical y según los criterios del mundo. Cristo abrazó la mayor de las soledades que puede tener el hombre, sólo porque así llenaba de dulce y silenciosa compañía esos huecos vacíos que, a veces, tanto oprimen el alma.
En este cuarto sábado de octubre contemplo una imagen de Nuestra Señora que preside mi escritorio. Y me cuestiono cómo superó ella tantas amargas soledades en su vida, especialmente cuando con su entereza de alma, supo estar ahí, al pie de la Cruz, llenando con su presencia la soledad tremenda en que sufría su Hijo. Lo hizo porque su vida estaba impregnada de Dios, llenando de Cristo cada uno de los vacíos de Su alma. ¡Una gran enseñanza la tuya, Señora!

¡Señor, tu conoces mis miedos y mis debilidades, te pido que arranques de mi corazón todo miedo a la soledad! ¡Sabes, Señor, que son muchas las ocasiones en que mendigo amor por miedo a la soledad! ¡Ayúdame, Señor, a descubrirte a Ti como la verdadera compañía que necesito para avanzar en mi vida, para no tenerle miedo a nada, para confiar en tu poder maravilloso y disfrutar de todo lo que tienes pensado para mí! ¡Señor, hazme comprender también que en ocasiones es mejor estar aparentemente solo que hacerlo acompañado de personas que me dañan y no me dejan crecer como persona y como cristiano! ¡Señor, hazme comprender que nunca estaré solo porque Tú siempre caminas a mi lado! ¡Que Tú eres mi pastor, y a que a tu lado lo tengo todo aunque no tenga nada! ¡Y cuando la soledad se haga presente en algún momento de mi vida como una cañada oscura, como un camino sin luz, traspasa conmigo estos senderos para que lo haga sin miedo porque tu vara y tu callado me sosiegan! ¡María, Señora del Rosario, dame también tu compañía!

Os deseo un feliz sábado mariano con este Ave María compuesto por uno de los más grandes compositores renacentistas españolas,Tomás Luis de Victoria.

Detalles insignificantes que alegran mi vida

No tengo por costumbre leer en la cama. En cuanto me acuesto se me cierran los ojos y el sueño se hace profundo. Ayer, sin embargo, abrí un ensayo y disfruté largo tiempo de la lectura. ¡Una delicia de libro!
Antes de dormirme siento la necesidad profunda de dar gracias a Dios por tantas gracias: por ese libro que acrecienta mi interés por la lectura; por darme oídos para disfrutar de la música clásica; por tener un techo donde cobijarme; por estos hijos que me ha dejado en custodia y que tanto me quieren; por una mujer que me soporta; por ese pan recién hecho y crujiente que me espera al día siguiente en la panadería de la esquina; por los veinte minutos de desayuno entre risas y agobios por llegar tarde al colegio; por el teléfono que me conecta con tantos amigos; por la Misa diaria que me llena de Dios; por la maravilla de poder asistir cada día a la Eucaristía o de rezar con amigos ante el Santísimo; por la sonrisa de la anciana de mi rellano que siempre tiene una palabra amable cuando nos cruzamos por la mañana; por las oraciones que compartimos en el coche; por la siesta de diez minutos que me permite ser persona a mitad del día y aguantar hasta la madrugada; por el desafío logrado que se convierte en un triunfo a la tenacidad; por esa palabra amable que he escuchado de un colega; por tantos amigos que me acompañan en mi peregrinar en esta vida; por la salud que me permite llegar a muchas cosas; por la sonrisa de los residentes del Cottolengo; por ese arroz al horno exquisito que prepara mi mujer; por la conversación a pie de calle ese amigo que tenía que ser de cinco minutos porque nos esperaban nuestras mujeres y acaba siendo de una hora; por, por, por… Son pequeñas cosas, detalles en apariencia insignificantes, que alegran mi vida.

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¡Gracias, Señor, porque aunque pequeñas me llenan de gratitud hacia Ti pues son un regalo tuyo! ¡Señor, ante Ti hoy dejo todos mis proyectos, mi vida, mis sueños y mi libertad! ¡Estoy, Señor, decidido a amarte y servirte haciendo siempre tu voluntad y no la mía! ¡Recibe, Señor, en tus manos la ofrenda que hoy te hago! ¡Reviste, Espíritu Santo, con tu fortaleza mi pobreza para que no tenga miedo a decirte que sí y no permitas que crea que serte fiel sólo depende de mí pues llevo en vasijas de barro el tesoro de las pequeñas cosas que me regalas sin yo merecerlo! ¡Señor, aquí estoy, Tú me conoces, sabes lo que hay en el fondo de mi corazón; te pido que me transformes, me restaures, me ilumines, que con tu gracia transforma mi alma y limpia mi corazón! ¡Señor, haz que crezca en mi interior esta sed de querer beber que en el agua viva que eres tu! ¡Y, aunque tengo tanto que agradecerte, consuélame Señor cuando venga el dolor! ¡Que no me olvide, Señor, que clavado a un madero fuiste inmolado por Amor! ¡Y cuando con mis obras sólo desee brillar, que la contemplación de tu Cruz me haga ser consciente de hasta donde yo debo llegar! ¡Gracias, Señor, de nuevo porque las pequeñas cosas de mi vida me llenan de gratitud hacia Ti pues son un regalo tuyo!

Hoy comparto una bonita pieza de violín de Pietro Locatelli, compositor italiano que no se había asomado todavía a estas meditaciones:

La fuerza poderosa del Espíritu Santo

Un padre de familia me muestra orgulloso una estampita de la Virgen de Medjugorge. En el reverso ha pegado la oración del Espíritu Santo del cardenal Verdier. Y me explica feliz que ha descubierto la fuerza del Espíritu Santo recientemente: “Cada vez que tengo una reunión importante me encomiendo a Él. No sabes los frutos que da”. “No sólo ante una reunión. Lo deberías hacer en todo”, replico.
“¡Ven, Espíritu Santo! ¡Ven, Espíritu Santo!” ¡Cómo no va a actuar el Espíritu de Dios cuando le invocamos si es la fuerza que nos impulsa a seguir adelante, el que nos mantiene en el camino de la vida, el que impide que nos acomodemos, el que da alas a nuestra esperanza! ¡Cómo rechazar la fuerza del Espíritu Santo si es el alma de la Iglesia! ¡Sin la gracia del Espíritu Santo hasta el Evangelio sería letra muerta! Cuando prescindimos del Espíritu Santo ponemos freno a los frutos de nuestra vida cristiana, pensada para ser apostólica. De la mano del Espíritu Santo todas nuestras obras se vivifican. El Espíritu Santo da savia nueva a nuestra fe, a nuestra vida acomodaticia, a nuestras obras adormecidas. De la mano del Espíritu Santo nuestras infelicidades, indigencias morales y miserias se regeneran; las pústulas sangrantes de nuestros pecados se limpian y sanan; nuestras infidelidades se curan; nuestras desesperanzas se transforman en confianza.
“¡Ven, Espíritu Santo! ¡Ven, Espíritu Santo!”. Invocar al Espíritu de Dios es camino seguro para sentirse revestido de su presencia amorosa.
La esperanza nos salva, lo dejó escrito Benedicto XVI en una de sus Encíclicas. Para vivir necesitamos esperanza. Y para esperar es imprescindible la fuerza del Espíritu Santo. Uno de los grandes peligros en el camino de oración es caer en el desaliento a consecuencia de la reiteración de nuestras faltas, y recaídas, la aparente inutilidad de nuestros propósitos y nuestra falta de confianza en la providencia divina. Es el Espíritu Santo el que nos otorga la fuerza necesaria para levantarse y comenzar de nuevo, para creer cada vez que nos sobreviene la duda. Cuando uno pide la conversión verdadera conmueve el corazón del mismo Dios, quien acude raudo para transmitir su gracia.

07

¡Ven, Espíritu Santo sobre mi vida! ¡Ven Espíritu Santo consolador, que no me canse nunca de invocarte pese a que los problemas me superen, el pecado esté instalado en mi ser, el desánimo haga mella en mi vida, mi fe sea tibia y mis facultades no estén en el mejor momento! ¡Ven Espíritu Santo consolador, que eres la sonrisa de mi alma, la brisa que me da la paz, derrama sobre mí tu gracia divina para que mi vida cristiana esté revestida de amor, paz, caridad y generosidad! ¡Ven Espíritu Santo iluminador, haz de mi un sembrador de esperanza, que sepa transmitirla en mi hogar, en mi entorno profesional, en mi comunidad eclesial y entre todos mis amigos!

Comparto el Veni Sancti Spiritus de John Dunstable