Comienza el mes del Rosario

Octubre. El mes que la Iglesia dedica al Santo Rosario. Estos días que tenemos por delante pueden ser más especiales meditando y contemplando el rostro gozoso, luminoso, doloroso y glorioso de Cristo, que completamos con la oración ferviente del Rosario. Lo hermoso de este rezo es que tenemos a María como guía. Es nuestra Madre, modelo de fe, la que nos invita a asimilar el Evangelio en nuestra vida. A poner a Cristo en el centro de nuestra existencia.
Octubre. El mes que cualquiera de nosotros puede convertirse en un apóstol del Rosario. Experimentar en primera persona la profundidad y hermosura de esta oración de acción de gracias tan cristocéntrica, de fe, de reparación y de esperanza, de amor y de contemplación, inseparable de la Sagrada Escritura.
Octubre. El mes que nuestro corazón y nuestras casas pueden convertirse de una manera más especial en una lámpara de fe, caminando hacia Jesús, siempre precedidos por María, brillando en nuestras comunidades.
Me lo dijo un monje cisterciense de Poblet cuando era un adolescente y me impresionó mucho: “Reza cada día con amor el Santo Rosario. Después de la Eucaristía es la oración más poderosa”. Es María la que nos abre las puertas del Cielo. Es ella la que nos empapa el alma y nos va impregnando de los rasgos de su Hijo amado. Cuando las faltas, las caídas y los pecados nos sobrepasen, agarrémonos al Rosario; cuando las preocupaciones nos agobien, agarrémonos al Rosario; cuando a nuestro alrededor todo resulte insoportable, agarrémonos al Rosario; cuando el decaimiento espiritual haga mella en nuestra vida, agarrémonos al Rosario.
El rezo fervoroso del Rosario llega directamente al corazón de nuestra Madre. Cada Avemaría rezada con ese amor suplicante, reparador y esperanzado conmueve el corazón de la Virgen y nuestras súplicas las traslada al Padre.

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¡María, Madre, Señora, dame un alma de niño para entrar a través del Rosario en el misterio de la simplicidad de Dios! ¡Dios te salve, Señora, elegida por Dios para convertirse en Su Madre, mírame con la misma mirada de amor con la que miras a tu Hijo! ¡Quiero, María, desde lo más profundo de mi ser saludarte y alegrarme contigo! ¡Al pronunciar tu nombre, María, quiero llenarme de amor y confianza! ¡Y al igual que Tu, María, quiero creer en la palabra de Dios y tener la pequeñez para darme siempre sin condiciones, y recibir lo que me envíe el Señor con alegría! ¡Ruega por mí, María, y por los míos, vela por nuestras necesidades y protege con particular predilección a todos aquellos que lo necesitan en mi entorno familiar, social o profesional especialmente a los enfermos, a los indefensos, a los que sufren, a los que tienen un corazón herido! ¡Desborda sobre mí, Señora, tu corazón de amor y misericordia! ¡Santa María, esperanza nuestra asiento de la sabiduría, ruega por nosotros!

Las letanías del Rosario con la hermana Glenda para ilustrar esta meditación:

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