Cuando Dios me decepciona

Visito a un amigo enfermo en el hospital. Cuando entro en la habitación está rodeado de familiares y de unos conocidos. Sé que él no es muy creyente y sus familiares tampoco. Hace unos meses, cuando le ingresaron por primera vez, su mujer me respondió después de decirle que estaba rezando por él: «Te lo agradezco mucho pero esto que le ha pasado a mi marido me ha decepcionado más de Dios. Esta situación ninguna oración la puede remediar». Me sentí profundamente entristecido por su falta de fe pero un grupo de amigos y yo seguimos rezando por él. Principalmente no tanto por su sanación sino por la aceptación de su enfermedad. La suya y la de su entorno. El Señor nos deja bien claro en el Evangelio la fuerza que tiene la oración de petición desde el corazón.
Unos meses más tarde, vuelve a estar ingresado. Y, de nuevo, me acerco al hospital. Los médicos han encontrado la raíz del mal y, tras una operación quirúrgica larga y compleja, han podido solventar parte del sufrimiento de este amigo abonado al dolor. Me pregunto —estoy convencido— si la oración de tantos amigos provocó la mejoría de la enfermedad. En esta ocasión, la mujer me espeta al entrar en la habitación: «Gracias, parece que Dios todo lo puede». Sí, Dios todo lo puede. A los médicos les resultó difícil encontrar la causa del deterioro físico de mi amigo y la decepción de aquel proceso alejó a aquella familia de Dios. Pero el camino de la curación abrió esperanzas de fe. Situados en la peor opción, descubriendo a través de la oración que no es la propia voluntad sino la voluntad de Dios lo que dirige nuestro peregrinar aquel matrimonio se fue agarrando a la Cruz del Señor. Acabaron exclamando que: «se haga tu voluntad». El proceso no fue sencillo pero ellos rezaban como agazapados para ser escuchados por Dios aunque en el fondo de su corazón querían imponer su voluntad que es la curación total.
Las decepciones vitales nos crean una imagen de Dios a nuestra imagen y semejanza. Similar a cómo les sucedió a los discípulos de Emaús que esperaban según sus creencias e ilusiones. En el caso de este matrimonio la decepción era por una cuestión que afectaba a la integridad de sus vidas pero ¿qué ocurre con nuestras decepciones sencillas de cada día? Que Dios nos invita a dar un paso adelante, a reconocerlo de verdad. En Emaús, el Señor se hizo el encontradizo. En otras ocasiones Jesús se hace el encontradizo en el silencio, en esa conversación con alguien que nos anima y hace que arda nuestro corazón. En otras, es su mano que nos ayuda a levantarnos.
Pero de esta historia hay un aprendizaje feliz. Muchas veces la decepción que surge de la aparente «ausencia» de Dios, que nos aleja de Él, en realidad nos acerca con más fortaleza y adhesión, con más verdad, con más autenticidad a este Padre que espera paciente con los brazos abiertos. Decepcionarse de Dios es reconocer que el Dios al que creíamos ausente vive en mí, reposa en mí, descansa en mí. Pero toda decepción de Dios es una causa hermosa para profundizar en su Verdad. Pero para ello nuestras fuerzas no son suficientes. Nunca podremos entender a Dios tras una decepción sin que Él mismo se nos revele en la Palabra, en el gesto de una persona, en la oración de un amigo, en la mirada de un conocido, en el abrazo de un ser querido.
Hay algo que este matrimonio amigo no sabe. Peregrinan en su dolor como los dos discípulos de Emaús sin ser conscientes de que el Señor hace con ellos su particular camino de Emaús.

06

¡Señor, tú eres el Dios de los milagros! ¡Quiero hoy alabarte, bendecirte, darte gracias por todos los favores que me concedes cada día y que mi ceguera me impiden apreciar y valorar! ¡Señor, tú eres el Dios los milagros! ¡Te amo, Señor, y me arrepiento de mis dudas y mis incertidumbres, me arrepiento de todos los pecados cometidos y con los que te crucifico cada día! ¡Ayúdame, con la fuerza del Espíritu Santo, a recomenzar de nuevo! ¡Señor, tú eres el Dios de los milagros! ¡Te presento a todos aquellos que a mi lado no creen en Ti, o desconfían, o no tienen fe, o dudan de tu misericordia! ¡Señor, tú eres el Dios de los milagros! ¡Acudo a Ti como el ciego de nacimiento, el leproso, el cojo, el manco o el mudo del Evangelio para que me cures y me llenes de Ti! ¡Cúrame, Señor de la Verdad, de la enfermedad del pecado que se impregna en mi corazón y me impide tener una verdadera vida cristiana! ¡Señor, tú eres del Dios de los milagros! ¡Quiero seguirte y descubrirte como los discípulos de Emaús! ¡Hazte el encontradizo conmigo! ¡María, Señora del Rosario, me consagro a Tu hijo! ¡Guíame en mi camino hacia el cielo!

Del compositor barroco Johann Friedrich Fasch escuchamos hoy su bello Concierto para guitarra:

2 comentarios en “Cuando Dios me decepciona

  1. “Peregrinan en su dolor como los dos discípulos de Emaús sin ser conscientes de que el Señor hace con ellos su particular camino de Emaús”. Verdaderamente.

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  2. Son palabras muy bonitas pero vacías y sin mucho sentido cuando oras con toda la fé, le pides a dios que por una vez en la vida te ayude en lo que le solicitas, y obtienes por respuesta un silencio total y pierdes a tu compañera, una mujer joven, buena con todos, amorosa, gentil; pierdes todos tus proyectos de vida y te encuentras con las típicas respuestas de siempre: “sólo dios sabe por qué lo hizo” “no estamos preparados para entender a dios” “dios no permite que las cosas malas les pasen a los buenos, los buenos eligen el mal camino, es el libre albedrío” Creo que mi esposa no eligió enfermar y sufrir así, morir tan repentinamente; no puedo entender a un “padre amoroso” que hace estas cosas, un “padre” que niega una ayuda cuando te acercas a él, en fin, la pobre respuesta a la que terminan llegando todos es: Cállate y aguántate y con ello también una enorme decepción de dios.

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