Deseos humanos

Caminas por la calle y la mayoría de la publicidad exterior es un guiño a la sensualidad. El cuerpo humano, especialmente el femenino, se ha convertido en mercancía de consumo. No únicamente en este sentido. El cuerpo tiene valor de carne tasado por la báscula del culto a la delgadez o a la musculatura perfecta, en herramienta capaz de proporcionar placer en Internet, en páginas de infidelidad —ahora tan de actualidad—, en la televisión o dondequiera que la sensualidad se haga presente. Hay una gran cantidad de jóvenes cuyos sueños pasan por esculpir un cuerpazo de atleta y formar un alma de semental. Y las redes sociales se convierten en el escaparate para dar realce a nuestra aparente belleza.
Se ha de entender que la sexualidad nada tiene de negativa utilizada como un bien pues es la manifestación corporal del amor.
Hay una jaculatoria que nos invita a la reflexión. Va dirigida a la Virgen: ¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!
Sí, es necesario que nuestra sociedad comprenda que el cuerpo humano es algo muy preciado. Cuando los deseos se conservan dentro de los límites que el Señor ha establecido, realzan la vida y la hacen más abundante; pero si no se les disciplina con el autodominio, destruyen nuestro cuerpo y nuestro espíritu.
Al contemplar el cuerpo inmaculado y puro de María, elevado al Cielo en cuerpo y alma, comprendemos que el fin de nuestro cuerpo no es convertirse en un maniquí, ni en un escaparate para la belleza, ni en una fiesta para los sentidos…
Al igual que ocurrió con la Virgen, nuestro cuerpo, que se alimenta en la Eucaristía con el Pan de Vida que es Cristo mismo, es un pequeño sagrario viviente donde mora el Dios hecho hombre. Nuestro cuerpo es también un sencillo templo sagrado en donde Dios habla y el corazón escucha. Sólo por eso está llamado a heredar la gloria a pesar de que por nuestro pecado y nuestra miseria tengamos que padecer la purificación del sepulcro.
Como hijos de la Virgen María, y conquista de Dios encarnado, cada uno de nosotros está llamado a heredar la gloria. Y en ello se incluye la purificación de nuestros actos.
Para ser dignos de estar en presencia de Dios, tenemos que comprender que nuestro cuerpo es sagrado, que se deben autodominar los apetitos de la carne y sostener las leyes de la virtud y la pureza que Dios ha establecido.

¡Señor mío, cuando las tormentas de mis tentaciones sacudan mi corazón y mi alma y amenacen con hundirme, que tu grito las acalle y me fortalezca para que no dude ni caiga! ¡Espíritu Santo a ti acudo también para darme la fortaleza necesaria para no caer en tentación! ¡Cuando el ruido del mundo pretenda imponerme una doctrina que no es la tuya, que presenta situaciones que me son desfavorables, grítame siempre tu verdad, Señor, para que la siga! ¡Grítamela, Señor, en la voz interior de mi conciencia para ser coherente con mi vida cristiana! ¡Que tus palabras, Señor, sean para mi un consuelo, un arma, una anhelo, un desafío, que me me interpelen, se me impongan como tu grito sobre todas las otras voces! ¡Espíritu Santo, dame la sabiduría para seguirlas! ¡Señor, que, como tú, sepa elevar mi grito de súplica y de confianza al Padre Celestial, aún desde la cruz en la que tal vez en algún momento tenga que estar clavado! ¡Espíritu Santo, dame todos los dones necesarios para transitar por esta vida! ¡Y cuando las tentaciones llamen a mi puerta, Señor, llámame como hiciste con Lázaro para infundirme Vida nueva!

Del compositor Géry de Ghersem (1573-1630) nos deleitamos hoy de su Missa Ave Virgo Sanctissima:

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