La oración es vida… y freno al demonio

Santa Teresa de Jesús, de quien hoy en la Iglesia celebramos su festividad, y de la que este año conmemoramos el quinientos aniversario de su nacimiento ejemplifica el valor de las virtudes evangélicas como base de la vida cristiana y humana.
Esta santa natural de Ávila nos enseña como la oración es un elemento esencial de la vida del cristiano pues rezar implica tratar de ser amigo de Dios manteniendo a solas el trato con quien implícitamente sabemos que nos ama. La oración es vida. Y crece a media que interiorizando a través de la meditación se llega a una estrecha relación con Cristo. Este trato con el Señor ofende profundamente al demonio.
Santa Teresa nos hace comprender que la mayor victoria del príncipe de las tinieblas es convencer al cristiano que abandone la oración por un sentimiento de pecado. Cuanto más pecador sea uno, más intensa debe ser su oración. Sólo con el encuentro íntimo y constante con Dios es posible vencer el mal que hay en uno. Por eso es imprescindible vivir siempre precavidos para evitar que el demonio utilice sus sibilinas artes para abandonar la oración y cesar en la lectura de la Palabra, que tanto enriquece nuestro crecimiento espiritual.
Cuando uno lee los Evangelios observa como en infinidad de ocasiones el demonio tienta a Jesús —después de su bautismo, el Espíritu llevó a Jesús al desierto para que el diablo lo pusiera a prueba; en el huerto de Getsemaní, antes de la Pasión…—, pero el Señor vence la tentación por medio de la oración. A Cristo le ayudó ese diálogo directo y sincero con el Padre.
En este día podemos seguir el ejemplo de esta santa de intensa vida contemplativa y al mismo tiempo de una gran eficacia activa y aprender de ella a ser testigos incansables de Dios, de acudir a la oración en el deseo de buscar a Dios, de abrirse a Dios, de caminar hacia Dios y de estar en diálogo permanente con Él.
«Nada te turbe, nada te falte. Solo Dios basta», escribía la santa. Tal vez la definición más hermosa de la oración es penetrar en el corazón de Dios y quedarse serenos en silencio en su interior, sin que nada nos turbe. En la intimidad de Dios el demonio no osará acercarse y nosotros nos convertiremos en morada del Dios que tanto nos ama. ¿Por qué, entonces, nos cuesta tanto descansar en el corazón de Dios?

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Nada te turbe, nada te espante; todo se pasa, Dios no se muda. La paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene nada le falta: Sólo Dios basta. Eleva el pensamiento, al cielo sube, por nada te acongojes, nada te turbe. A Jesucristo sigue con pecho grande y, venga lo que venga, nada te espante. ¿Ves la gloria del mundo? Es gloria vana; nada tiene de estable, todo se pasa. Aspira a lo celeste, que siempre dura; fiel y rico en promesas, Dios no se muda. Ámala cual merece bondad inmensa; pero no hay amor fino sin la paciencia. Confianza y fe viva mantenga el alma, que quien cree y espera todo lo alcanza. Del infierno acosado aunque se viere, burlará sus furores quien a Dios tiene. Vénganle desamparos, cruces, desgracias; siendo Dios su tesoro, nada le falta. Id, pues, bienes del mundo; id, dichas vanas; aunque todo lo pierda, sólo Dios basta.

Os dejo con una canción del repertorio carmelita del CD Aires del Carmelo, un bello regalo del conjunto Cor Nou para este año en que celebramos el quinientos aniversario del nacimiento de Santa Teresa:

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