Parias de la sociedad… pero hijos de Dios

Cada día está allí con su melena rubia y sus ojos verdes de mirada triste. Se llama Malena, es rumana y pide a la puerta de la Iglesia. Cada día está allí con su camisa negra y sus pantalones raídos por el uso. Es Segis, un sesentón marcado por la vida con ojos que delatan sufrimiento y pide a la puerta del supermercado. Cada día está allí, en la esquina de mi despacho, postrado de rodillas. Se llama Camilo y anda pidiendo caridad para él y para sus tres hijos. Cada día está allí, sentado en la escalera que da acceso al banco. Se llama Palmira, no habla la lengua cervantina pero sabe decir “por favor” y “gracias” cuando extiende su mano para pedir limosna.
La pobreza es un drama y no puedes acallarla; es inviable cada día dar una moneda en la entrada de la iglesia, comprar una bolsa de naranjas o dejar una barra de pan al lado del necesitado.
A todos los conozco. Al principio, cuando pasaba junto a ellos, les apartaba la miraba. Pensaba que, tal vez, así, sin contemplar su mirada desaparecería de mi conciencia cristiana su presencia física. Me resultaba difícil mirarles a la cara. Hasta que comprendiendo que en el sufrimiento, en la persona del pobre, en todo ser sufriente necesitado de amor, de dignidad, de dinero, de una mirada, de una palabra amable, de un gesto cariñoso, de una donación desinteresada… está el mismo Cristo que te llama.
Ahora, puntualmente, les ayudo pero cada día, cuando paso junto a ellos, mi mirada se fija en su rostro y les sonrío pidiéndole a Dios que los bendiga, que les llene de gracias y aminore su sufrimiento. Y, si no tengo prisa, rezo una breve oración con y por ellos. Malena, Segis, Camilo y Palmira responden siempre con humilde agradecimiento.
Si hay algo meridianamente claro en las Bienaventuranzas es que Dios es el Dios de los humildes, de los oprimidos, de los pobres, de los que no tienen nada, de los que lloran, de los que están solos, de los que sufren. En Dios no hay apatía por el sufrimiento. Dios sufre más donde el desconsuelo es más grande. Por eso está tan presente en aquellos que no tienen lugar ni en la sociedad ni en el corazón de los hombres.
Cuando pases al lado de alguien que postrado en el suelo pide caridad y limosna o, simplemente, una mirada de consuelo no le apartes la vista. Pídele al Padre que le bendiga. Es la mayor obra de caridad que puedes hacer por el necesitado.

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¡Señor, enséñame a no mirar solo mi yo, a amarme a mí mismo como si fuera el centro del mundo! ¡Enséñame, Señor, a no amar solo a mi familia, o a mis amigos o a aquellos que me quieren y me ayudan! ¡Enséñame, Señor, a amar como amaste Tú a todos los necesitados, a aquellos parias de la sociedad a los que nadie ama! ¡Ayúdame a comprender, Señor, que una mirada de amor hacia ellos es mirarte también a ti! ¡Dame la gracia de comprender, Señor, que aunque repleta de dificultades yo tengo una vida sencilla pero que hay muchos hijos tuyos que son mis hermanos pasan hambre, tienen frío, viven la soledad del desprecio, no tienen donde caerse muertos! ¡Señor, ten piedad de todos ellos! ¡Y que su sufrimiento, Señor, no pase desapercibido a mi corazón complaciente! ¡Señor, hazme sentir la angustia de su sufrimiento como manera de unirme más a ti y librarme del egoísmo de mi corazón de piedra! ¡Ayúdame, Señor, a utilizar tu mirada maravillosa, esa mirada que nos dejaste para mirar el mundo y la realidad de la vida con una mirada evangélica, para ver con tus ojos, sentir con tu corazón compasivo, para actuar llevado por la fuerza de tu Espíritu y hacer posible aquí en la tierra el nuevo mundo que anhelamos en el Cielo!

Ayer te vi, cantamos con Jesús Adrián Romero:

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